El último capricho de don Serafín Acosta, alcalde franquista de Veraluz durante muchos años, era ver impresa su esquela de defunción en el periódico local, que no pasaba de diez páginas y que sobrevivía, precisamente, gracias a las esquelas. Con la natural discreción envió un sobre con los datos necesarios para que no hubiese erratas en la composición tipográfica y doscientas pesetas, el precio establecido según tamaño de un cuarto de página.
El texto decía así: “Llamado por el Señor a su Santo Reino, ha dejado esta vida don Serafín Acosta, después de haber recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica de Su Santidad. Su desconsolada esposa, doña Basilia Bermúdez. Sus hijos, Antonio y Leonor, ruegan una oración por su alma. El duelo se recibe y se despide en la iglesia”.
Nadie podía creer la noticia que se publicó, sin que nadie la revisara, al día siguiente. Don Serafín, cuyas bromas eran bien conocidas, quiso vengarse de su ”desconsolada esposa” que, meses antes, se había ido a vivir con el director del periódico que publicó, sin saberlo, la burla del desconsuelo.
Pedro Villarejo