Tras enviudar del último jefe de Correos, a doña Elvira no le quedó más remedio que realquilar una de las habitaciones de su piso, en la calle Real de Veraluz, ya que la pensión no le daba para terminar el mes con la dignidad que requería su posición. De su esposo conservaba un omega dorado, automático, y dos alfileres de corbata, uno de ellos con perla cultivada encima del yugo y de las flechas. Haciendo memoria, esos regalos, a modo de condecoraciones, le llegaron a Basilio después de que se le “olvidara” abrir más de cien sobres con papeletas en las que se elegía al nuevo “enlace sindical”.
La inquilina de doña Elvira resultó ser una maestra soltera y molesta que, en sus muchos ratos libres, siempre escuchaba en el tocadiscos El Reloj, de Lucho Gatica. Y eso, a doña Elvira le recordaba el omega de su esposo, que ya no daba la hora. Pronto la trasladaron a Linares y quedóse la habitación disponible.
Al nuevo jefe de correos, sobrino del gobernador civil, con novia a la espera, le recomendaron los guisos de doña Elvira. Ya venía adoctrinado para “organizar” los votos que llegaran por correo. En el recuento para director de la Azucarera Provincial ganó el que su tío había propuesto, ¡Faltaría más!
Pedro Villarejo
Nadie es más perverso que el sigue órdenes o consignas bajo fraude. La excusa de la lealtad o de la obediencia debida nos define. El superior, con desprecio, nos tasa. Ese es nuestro precio.