Nunca mis escritos pretenderán otra cosa que animar al pensamiento para que se escuche a sí mismo. La libertad de los hijos de Dios que emana de la Sagrada Escritura, nos permite un vuelo personal desde el Viento del Espíritu que navega en el corazón de la Iglesia.
Cuando se trata de la fe, como sucede en el amor, cualquier ponderación, límites o desarrollos experimentales no deja de ser un atrevimiento, como en mi caso, porque sólo soy un cultivador de asombros cuya tarea es la humildad de seguir buscando los puntos de las íes para colocarlas, al fin, sobre el temblor de las letras. Sin embargo, cada uno opina de lo poco que sabe con el placer del que aprende y del que espera.
DISTINGUIR LAS VOCES DE LOS ECOS
Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz han sido desde el principio el referente más claro de mi vida personal. Un curso entero en el Centro de Espiritualidad de Ávila, dependiente del Teresianum de Roma, Universidad carmelitana especializada en el adentramiento de la mística, con Los más distinguidos profesores de entonces como Federico Ruiz Salvador, Eulogio Pacho, Maximiliano Herráiz, Salvador Ros, Brändle… fueron dejando, en la avidez de mi búsqueda, una clara señal de identidad que los místicos carmelitas habían sellado en el perfil de su vida y sus escritos.
Como es natural, el conocimiento sobre ellos es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido. En Santa Teresa, una frase enjuga la comprensión de la fe: ·Divino y humano junto”. En San Juan de la Cruz, de vuelos más intensos, la preocupación de “dar caza”, y no alcanzarlo nunca, al Jesucristo que hay detrás de la espesura de los velos humanos.
Uno y otro se emocionaban al hablar de Dios hasta el extremo de que un arrobamiento sorpresivo les elevaba a la vista de todos con la consiguiente preocupación de esconder tal preferencia. En ocasiones, cuando esto sucedía junto a la verja de un locutorio conventual, se agarraban a los clavos para detener el ascenso. A toda costa ellos quisieron disimular sus inevitables emociones espirituales, que eran signos preferidos de sus seguidores.
Cuando en la transverberación de Santa Teresa de Jesús ella misma explica la participación que tiene “en el natural” el gozo y el dolor de la flecha enamorada, está desarrollando la importancia del cuerpo en el vendaval de la búsqueda.
Y FINALMENTE ESCUCHAR SÓLO UNA
No obstante, en nuestros dos grandes faros carmelitas se destaca un pudor de emociones, como temiendo que su vida pudiera detenerse ahí, en el pecho que zozobra, y no trascender a los hechos que confirmarían la solidez de lo emocionado.
En Mateo 11,29 el evangelista pone en labios de Jesús una sentencia aclaratoria sobre una generación perversa que no quiere más que signos para creer y sólo se le dará el de Jonás, figura del Mesías en el vientre de la tierra.
A los humanos nos gusta sentir, que sería postura inacabada si no trasciende en frutos la emoción, si no desemboca en la tierra de las responsabilidades. Cuando a Jesucristo le preguntaron sus discípulos adónde vivía, Él contestó: “Venid y lo veréis”, no dijo venid y lo sentiréis. Porque, si bien los ojos se adelantan a la emoción, la consecuencia de los visible va más allá de ese pálpito.
Romerías, apariciones, nuevos movimientos que buscan deleite espiritual y sorpresa, pululan en la Iglesia como aves necesarias para emprender el vuelo hacia Dios en los más adormecidos. Para muchas personas son indispensables tales desafíos. Sin embargo, a los que hemos sido educados en esquemas sanjuanistas, preferimos las enseñanzas de la Subida del Monte Carmelo:
“Para venir a gustarlo todo no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Este laberinto de abandonos en las propuestas, naturalmente, no invalida otras destinadas a las diferentes psicologías y formaciones religiosas, que pueden ser inicios saludables, siempre que se mantenga una vigilancia personal impidiendo que todo se quede ahí, devaluando las permanentes e indispensables actitudes sacramentales y presenciales en una sociedad que requiere de sacrificios y de entregas. La emoción sola se detiene en el egoísmo de un bienestar alado que no confirma la fe en un Jesucristo hacedor de bienes y comprometido con los débiles, dador de su Pan como energía irreemplazable.
Si tantos “emocionados” concluyen en comunidades serias, con preferencia al hacer que al sentir, aplaudiría en parte las peregrinación a lugares donde muchos creyentes van buscando nuevas palabras de la Virgen, sin saber acaso que Ella resumió su discurso en una frase: “Haced lo que Él os diga”. Y bien poco caso que le hemos hecho.
Pedro Villarejo