Después de la consigna del papa en el Congreso, aplaudida por él y por él mentida en las proposiciones de ley. Tras la santa misa participada en La Sagrada Familia, con sus ministros más devotos de los votos que necesita. Una vez comprobado nuevamente el sostén de los independentistas para que, pase lo que pase, el Gobierno se mantenga en la cúpula de la dignidad apoyada… Con este argumentario, el Presidente está feliz. Le ha faltado hacer profesión de fe, junto a su esposa, en la presencia del cardenal Omeya para que, su viaje de vuelta a la Moncloa, fuese acompañada por salvas de cañonazos triunfadores.
Cuando se proclama, tan convencido como lo hace, de su inocencia ante la disfunción general y, aplaudiéndose a sí mismo, eleva a la torre más alta la espada victoriosa de su eminencia política, no queda otro remedio que seguirle en su noche sin estrellas, animados de que algún día España se caerá del guindo cuando descubra la oscuridad irreversible adonde estamos.
El Presidente del Gobierno, obediente a la consigna del papa, no cesa de alzar la mirada hasta que se encuentre, en lo más alto, su propio rostro satisfecho y bendecido.
Pedro Villarejo