Joyas de pasar. Joyas para pasar y joyas pasadas

31 de mayo de 2026
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Nuevos episodios nacionales contados de la mejor manera

(Nota al principio: En la inigualable obra de don Antonio Machado Juan de Mairena,  el maestro pide a uno de sus alumnos que ponga en lenguaje poético “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Seguramente el chico quedaría perplejo, balbuciente antes la solicitud requerida. Y respondió con cierto titubeo: “Las cosas que pasan en la calle”… El lenguaje poético es la sencillez tamizada por alguien que ve los sucedidos con ojos pacíficos, pedagógicos, con ironía a veces, y siempre con una gota de miel esperanzada.)

(Aunque, como dice San Pablo, en el mucho hablar no faltará pecado, tampoco estará ausente en el mucho escribir. Escribir es opinar… con respeto.)

(Me dispongo en Fuentes Informadas a trasladar en parrafadas lo relevante que sucede, o ha sucedido , con ganas de aprender más que de enseñar. Vuestros comentarios iluminarán el camino.)

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Joyas de pasar

Podríamos decir que las joyas son las únicas estrellas que lucen en las cloacas del tiempo en que vivimos. Ellas son la belleza que queda como la mejor referencia frente a la desolación del barro.

La que fue reina de España casi un cuarto de siglo, doña Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, amaba con pasión las joyas para suplir en parte el amor deshilachado de su esposo, tan amigo de consuelos extramatrimoniales, tan dispuesto a colocar alfileres en pechos diferentes. La reina tuvo la feliz idea de separar del joyero las alhajas más suntuosas, de más alta majestad, como tiaras y pulseras de diamantes o diademas recibidas y custodiadas en el archivo real, de las otras más personales, más de ponerse a diario, aunque fueran igualmente valiosas, como el collar de esmeraldas que pignoró a su pesar para mantener su Casa y posición en el exilio.

Las primeras, como la tiara que recibió de su esposo el día de su boda, los maravillosas pulseras de Cartier y el collar de brillantes, al que se añadía uno nuevo con el nacimiento de cada hijo, fueron las principales “de pasar”, permanentes en la Corona para lucimiento sólo de las reinas de España. Las demás, libremente pueden ser testamentadas u ofrecidas, según preferencia de sus legítimas dueñas.

Es un modo de decir que las reinas pasan y el resplandor se queda. Que morirse es dar un salto para colarse en  un jardín, en palabras del poeta Montiel, y que en ese jardín los collares de luz no se llevan al cuello, sino que permanecen colgados en la vida dejada.

El expresidente socialista, locuaz en el tener tan poco, creyó que las piedras preciosas ocultadas no se estremecían en lo oscuro.

Joyas para pasar

Como las infantas no sabían coser, la madrugada de aquel 13 de abril de 1931, doña Victoria Eugenia mandó a las pocas damas que aún le servían que cosiera en los bajos de sus vestidos las muchas joyas que seguramente habría de necesitar para sobrevivir fuera de España.

El rey se había ido antes desde Cartagena dejando a su esposa y a sus hijos en un Hispano-Suiza  camino de El Escorial, casi de noche para evitar los soliviantos de un pueblo enardecido.

Para pasar los inviernos del exilio, muchas monarquías despechadas hicieron lo mismo en previsión de mantener algo sus categorías acostumbradas. Así procedieron los Romanov, aunque de nada les sirvió. Y, como de Persia, no se pudieron llevar el Trono del Pavo Real, incrustado de piedras valiosísimas, el Sha y la emperatriz trasladaron todo lo posible en el avión que les sacó de su País , minutos antes de que Jomeini los colgara.

El expresidente socialista guardaba en su caja fuerte el joyerío por si fuese necesario paliar la desolación. Tales collares y brazaletes, en caso de necesidad, pueden subastarse en Sotheby`s, como las alhajas de la duquesa de Windsor, y así pasar el invierno de la soledad que posiblemente le espera. Porque no parece entendible ver a sus hijas el día de mañana prendadas por esas colgaduras.

Joyas pasadas

Al escribir en “Las cosas de la guerra que contaba mi madre” en Fuente Informadas, no incluí la solución familiar de algunas joyas escondidas.

Mi abuelo materno no era, ni mucho menos, un hombre rico, pero sí le gustaba enjaezarse con altanerías regalando a mi abuela cuantos oros estaban a su alcance. Llegada la guerra civil del 36 arreciaba salir cuanto antes del pueblo porque los camiones de la CNT ya rugían por los pueblos de al lado. Urgía salir con lo puesto.

Preparando el hatillo de la escapada se le ocurrió a mi abuela, con pocas esperanzas de hallarlas a la vuelta, esconder sus joyas (nada que ver con las encontradas en la caja fuerte del expresidente) en el arriate que separaba, en un rincón el patio, la sala de estar de la cocina. El arriate es una finísima cinta de jardín con tierra disponible para cambiar las flores que aguantasen según los ciclos. Mi abuela removió la tierra lo más hondo que pudo y “sembró” allí sus anillos y pulseras, su gargantilla de oro y sus medallas. A los pocos días, ya estaban ocupando la casa “los defensores del pueblo”.

Al regresar el junio del 39, sólo encontraron viva una silla del viejo comedor y un espejo que no quisieron romper por afinar sus bigotes los okupas establecidos. Mi madre cuenta que lloraron nada más entrar ante la impotencia del comienzo. De  pronto, mi abuela se acordó de las joyas escondidas y fue al sitio preciso sin demasiado entusiasmo de recuperarlas. Ahondó de nuevo en la sequedad del jardincillo y… allí estaban sus alfileres, sus medallas de vírgenes y cristos, sus oros detenidos… Gracias a que pudo venderlos, renovó el mobiliario de su hogar, compraron ropa y comidas para empezar con ilusión de nuevo.

…En un arriate de acero y llaves había escondido el expresidente socialista el refinado tesoro de sus caudales. Dirá en su defensa que son las joyas de la abuela mejoradas por rubíes de Birmania, por esmeraldas de Colombia, que en sus viajes protocolares le dieron como una fruslería… Cuando termine la guerra, con las joyas vendidas podrá rehacer su casa, ya que no su dignidad quebrada. Duele pensar en el fracaso de la vida.

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