«Me convertí en un preso enfermo terminal caminando entre muros de hormigón: a nadie le preocuparon mis fiebres, sudores… Tenía un cáncer y me dieron aspirina»

29 de mayo de 2026
7 minutos de lectura
Cárcel
Cárcel de Soto del Real, Madrid / Fuente: Europa Press - Archivo

Capítulo tercero del diario carcelario que está elaborando para ‘Fuentes Informadas’ el interno Juan Antonio Flores, padre de tres hijos, quien se halla fugado de la cárcel por el escandaloso maltrato sanitario que le ha dispensado Prisiones

En este tercer capítulo del diario carcelario del interno Juan Antonio Flores que Fuentes Informadas viene aflorando, Flores se retuerce de rabia contando cómo empezó a enfermar gravemente en la cárcel de Soto, tras haber entrado sano y deportistas, y cómo nadie dentro le hizo el menor caso cuando una gravísima enfermedad empezó a hacer mella en su cuerpo.

A nadie le preocuparon sus sudores fríos, sus fiebres, su pierna sumamente hinchada, y cómo perdía visión y audición día a día y casi no se tenía en pie.

Tras un mes casi sin aliento, cada día más enfermo, sin saber el motivo, sin la debida atención médica, solo le daban aspirinas, Flores perdió la conciencia, y se despertó en el Hospital Gregorio Marañón, tras haber estado siete días en coma. Entre la vida y la muerte.

En solo un mes, un tumor había ascendido desde la rodilla de una de sus piernas hasta el muslo y casi la cadera. Los médicos del Marañón le pusieron una prótesis de fémur, pues se lo había comido la infección tumorosa que durante un mes creció con rapidez. Además, la más peligrosa de las diabetes, la 1, se había apoderado de él y se lo comía por dentro. Y solo le mandaron aspirinas.

Juan Antonio Flores, hoy de de 44 años, estaba en ese momento en la prisión de Soto del Real, adonde ingresó con una pena de 9 años por un delito económico. Así recuerda aquellos días previos al ingreso urgente en el Hospital Gregorio Marañón. Sobrevivió de milagro.

Este es el CAPÍTULO 3

«Hay un momento exacto en prisión donde uno deja de esperar ayuda. No ocurre de golpe. No hay una escena dramática.

Simplemente un día entiendes que, si caes, la mayoría seguirá caminando por encima de ti. Y yo empecé a entenderlo en el Centro Penitenciario Madrid V, Soto del Real, mucho antes de acabar conectado a máquinas sabitarias.

Porque dentro de prisión los rumores viajan más rápido que cualquier funcionario. Más rápido que los médicos. Más rápido incluso que el miedo. Recuerdo perfectamente aquellas conversaciones en voz baja en el patio. Los corrillos. Las medias sonrisas. Las frases lanzadas como quien comparte un secreto prohibido.

Recursos milagrosos. Contactos. Favores. Resoluciones imposibles que aparecían de repente. Internos que entraban hundidos y desaparecían del módulo poco después sin que nadie entendiera demasiado.

Yo escuchaba todo aquello con distancia. Porque todavía conservaba algo que dentro es peligrosísimo mantener: ingenuidad.

Aún creía en las normas. En los procedimientos. En la lógica.

Qué equivocado estaba.

Porque prisión tiene sus propias reglas no escritas. Y allí dentro, en teoría, hay muchas cosas que no deberías hacer si quieres sobrevivir tranquilo.

No debes preguntar demasiado. No debes denunciar demasiado. No debes escribir demasiado.

Y no deberías generar ruido, tener periodistas cerca. No deberías tener abogados entrando y saliendo constantemente.

Eso es lo que se supone que debes aprender rápido. Pero a mí me daba igual. Y ese fue probablemente mi verdadero problema. Porque yo seguía escribiendo. Seguía denunciando. Seguía preguntando. Seguía removiendo cosas que muchos preferían mantener enterradas.

Nunca aprendí a agachar la cabeza.

Y cuando un interno empieza a convertirse en alguien incómodo, deja de ser tratado como una persona para convertirse en otra cosa: una molestia.

Juan Antonio Flores.
Juan Antonio Flores

Y las molestias se apartan. A veces con expedientes. A veces con traslados. A veces con aislamiento psicológico.

Y otras veces simplemente dejando que el tiempo haga el trabajo sucio mientras alguien se deteriora delante de todos.

Lo más duro de asumir

Eso fue lo más duro de asumir después. Que mi grave deterioro físico no ocurrió en una noche. Fue lento. Escandalosamente lento.

Mi cuerpo se iba apagando delante de funcionarios, internos, entrenadores, compañeros de taller y personal del polideportivo. Y aun así, durante semanas, nadie parecía ver nada. Sentía que me estaba muriendo poco a poco, y nadie hacia nada. Ni los médicos.

Recuerdo terminar entrenamientos completamente mareado. Tener fiebre y seguir trabajando. Sudar frío durante horas. Vomitar. No poder estar en pie algunos días. Y aun así seguí adelante. Sin que nadie se preocupara de mi estado. El médico me dio aspirina para el dolor de la pierna inflamada. Luego se vio que tenía un cáncer.

Dentro aprendes rápido que mostrar debilidad puede convertirte en presa.

La cárcel tiene algo perverso: incluso cuando estás destruido, intentas aparentar fortaleza. Hasta que el cuerpo ya no puede más. Cuarenta y cinco kilos.

A veces todavía cierro los ojos y recuerdo mis propias manos. Los huesos marcados. La cara hundida. Las piernas temblando al subir unas escaleras. Parecía un enfermo terminal caminando entre muros de hormigón.

Y mientras tanto, alrededor seguía funcionando la rutina absurda de prisión.

Los recuentos.

Los horarios.

Los gritos.

Las puertas metálicas.

Las órdenes constantes.

La maquinaria nunca se detiene aunque alguien se esté muriendo dentro. Eso es lo verdaderamente aterrador. Que el sistema aprende a convivir con el sufrimiento hasta volverlo invisible.

Especialmente cuando eres preso. Porque entonces dejas de llamarte por tu nombre. Pasas a ser un número. Un expediente. Un coste.

La septicemia

Y cuando finalmente apareció la septicemia, ya era demasiado tarde para evitar el desastre. Más de dos litros de pus dentro del cuerpo. Todavía hoy algunos médicos me han reconocido después, casi en voz baja, que sobrevivir a aquello fue prácticamente un milagro.

Pero lo peor vino después.

Despertar del coma no fue un alivio. Fue otra condena. Desperté rodeado de policías. Vigilado permanentemente. Con hierros atravesándome la pierna como si fuese un animal peligroso.

Y recuerdo pensar algo que jamás olvidaré: “Si hubiera muerto aquí dentro, probablemente todo habría seguido exactamente igual». La sensación de haber estado a centímetros de desaparecer sin que realmente ocurriera nada.

Sin responsables. Sin consecuencias. Sin explicaciones. Después llegó la diabetes. Y con ella empezó la verdadera destrucción silenciosa.

La gente no entiende lo que significa despertarte cada día sabiendo que tu propio cuerpo se va deteriorando poco a poco. La visión. El oído. El cansancio permanente. El miedo constante a otra complicación.

La prisión terminó el día que crucé la puerta hacia fuera (en la actualidad se halla huido de la prisión por desatención médica). Pero la condena física se quedó conmigo.

Y entonces entendí otra cosa. Que la verdadera guerra ya no estaba dentro de Soto del Real. La verdadera guerra empezaba fuera.

En juzgados. En informes médicos. En despachos. En ruedas de prensa. En escritos interminables.

El sistema rara vez responde con autocrítica. Normalmente responde cerrando filas. Y ahí descubrí algo todavía más duro que la propia prisión:

El inmenso poder del silencio institucional. Ese silencio frío donde nadie reconoce nada, nadie vio nada y nadie recuerda nada. Pero yo sí lo recuerdo. Cada puerta. Cada fiebre. Cada noche pensando que no llegaría vivo a la mañana siguiente.

Por eso escribo.

Porque hay historias que algunos necesitan enterrar para seguir fingiendo que nunca ocurrieron.

[28/5, 20:00] Juan Preso Bueno: Capítulo IV – Los directores: “caciques sin caballo” que siguen apretando

[28/5, 20:01] Juan Preso Bueno: Cuando regresé del hospital a Soto del Real entendí algo todavía más peligroso que la propia enfermedad.

El sistema nunca reconoce el daño. Lo maquilla. Lo esconde. Lo administra.

Después de despertar del coma, después de la septicemia, después de sobrevivir con más de dos litros de pus dentro del cuerpo y quedarme físicamente destruido, regresé a prisión esperando encontrarme exactamente lo mismo que había dejado antes de entrar en el hospital.

Pero no. De repente todo era amabilidad.

Funcionarios preocupados. Sonrisas forzadas. Preguntas constantes sobre mi estado. Conversaciones suaves. Un ambiente artificialmente tranquilo que no se parecía en nada a lo vivido semanas atrás mientras mi cuerpo se apagaba lentamente delante de todos.

Y ahí entendí lo que realmente estaba ocurriendo.

Muchos de los médicos anteriores ya no estaban (los echaron a todos). Determinados responsables habían desaparecido del escenario. Y alrededor de mí empezaba a construirse una especie de teatro cuidadosamente diseñado para transmitir normalidad.

Pero yo ya no era ingenuo. Sabía perfectamente que aquello no era humanidad.

Era miedo. Miedo a mis posibles denuncias. Miedo a que todo aquello terminara fuera de los muros. Porque cuando un interno está a punto de morir bajo custodia, el problema deja de ser únicamente el preso.

Y entonces empezó otra guerra mucho más silenciosa. Más sucia. Más difícil de demostrar. Porque la prisión no siempre destruye de forma visible.

A veces destruye lentamente. Desde dentro. Día a día. Con pequeños castigos invisibles. Con órdenes que nunca aparecen escritas en ningún papel.

Con directores convertidos en auténticos caciques sin caballo, capaces de controlar absolutamente cada aspecto de tu vida a través de subordinados, jefes de servicio y funcionarios que terminan ejecutando dinámicas donde el objetivo deja de ser la reinserción y pasa a ser el desgaste.

Cuando te conviertes en un interno incómodo, eso se nota.

Se nota en todo. En cómo te miran. En cómo te hablan. En cómo retrasan cualquier cosa mínima. En cómo convierten cada día en una prueba psicológica.

Es terrible, pero no hace falta pegar a un preso para destruirlo. Basta con hacer que su existencia sea insoportable.

Y eso fue exactamente lo que sentí después.

Antes de trasladarme de Soto a Navalcarnero me enviaron al módulo 5 de Soto del Real. Dentro de prisión todos entienden el mensaje que hay detrás de determinados movimientos.

Los módulos también son castigos encubiertos.

Las clasificaciones internas. Los cambios. Los destinos. Todo forma parte de un lenguaje silencioso que los internos terminan aprendiendo rápidamente».

1 Comment Responder

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

Una mujer está aislada en Alicante tras compartir vuelo con uno de los fallecidos del crucero por hantavirus

El Ministerio de Salud de Chile informa del aislamiento preventivo de dos ciudadanos chilenos que subieron al barco durante el…
Noelia Castillo

Los médicos confirman la muerte de Noelia al tiempo que surgen serias dudas judiciales que diferencian el suicidio voluntario de la eutanasia

Carta a Noelia: cuando el sistema llega demasiado tarde y la soledad se apodera del alma…
Feijóo y Mañueco

El PP de Mañueco gana con holgura en Castilla y León, el PSOE resiste y sube dos escaños, y Vox, pese a que crece, no alcanza sus expectativas

El Partido Popular afronta estos comicios con el objetivo de revalidar el gobierno de la Junta, mientras que el PSOE…

El Pentágono afirma que Irán «está solo y perdiendo» la guerra y anuncia para hoy el día «más intenso» de bombardeos

La ofensiva estadounidense ha golpeado más de 5.000 objetivos en Irán y los ataques con misiles de Teherán han caído…