Cosas de la guerra que mi madre contaba (I)

26 de abril de 2026
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Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí...

En 1936 se inició en España una guerra que llevaba años larvada ante el desamparo de no acertar “la mano con la herida”. Naturalmente yo esa guerra no la viví, pero si fue tema de conversación en casa, disculpando siempre, comprendiendo y valorando al de enfrente como un hermano equivocado al que se ha de redimir con el mejor recuerdo, nunca con el sobresalto del resentimiento.

Me dispongo a escribir para Fuentes Informadas algunos relatos escuchados de aquella larga herida que sólo debe ser recordada con el perdón del que mira la vida mucho más allá de la vida misma.

Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí.

LUCAS, EL HIJO

Mientras Teresa “la bienandá” lavaba las ropas blancas en el río y secaba luego las sábanas sobre los juncos de la orilla, su hijo Lucas jugaba con las niñas de la casa o iba con ellas a la escuela para desobedecer juntos entre los primeros asombros de la rebeldía.

Lucas fue hijo de un engaño que su madre consintió cuando un comandante de artilleros le prometió casarse con ella al regreso de unas maniobras militares de las que era responsable. Entonces, y ahora, al que quiera desaparecer no se le encuentra y aquella estrella de ocho puntas desplazó sus halagos a nuevas aventuras.

Teresa “La bienandá”, llamada así por una imperceptible secuela de la polio que le hacía caminar con un cierto desdén en la pisada, tuvo a su niño frente al desprecio de su propia familia y ante la acogida de un matrimonio respetable que le abrió las puertas de su hogar y de su cariño para que ”echase una mano” en las diferentes necesidades de la casa, con ajustado sueldo y sitio donde quedarse.

A Teresa, que nunca le gustaba señalar, pasó su vida sin referirle a Lucas quién era su padre (quizá porque ella tampoco tenía datos suficientes) ni a familias amigas ni siquiera a Pedro y Asunción, sus anfitriones, que jamás le preguntaron cosa alguna que Teresa callara.

LA FAMILIA

Después de casi veinte años de matrimonio, en casa de Pedro y Asunción nunca faltaban los besos ni las frutas. Tampoco un andamiaje de ternuras a la vista de todos que en la intimidad de su alcoba se tradujeron en dos hijas más que adolescentes. Lucas era un año mayor que la mayor Lucía y los tres habían crecido como hermanos, compartiendo en la mesa la misma comida, el día de Reyes los regalos de fiesta y todo lo demás en común, sin que apenas se notaran las preferencias.

La reducida historia del hogar que acogió a Teresa, nace cuando en 1918 Pedro Silera, el cabeza de familia, tras una brillante carrera de abogado, optó a Secretaría de Ayuntamientos consiguiendo la plaza correspondiente en Encinares de la Vega. Allí se fue a vivir tras su boda con Asunción y comprar con dinerillos ahorrados una casa amplia en las últimas esquinas del pueblo con vistas al río, que por allí pasaba ancho, musical, estremecido en sentimiento de pájaros que, en las últimas ramas de los sauces, cantaban escondidos.

En algunas tardes del invierno, alrededor de una candela generosa, entre bordados y costuras de las damas que acompañaba Teresa con su bolillero de encajes, al casi cincuentón don Pedro le gustaba recordar las tardes en que sorprendía a la señora Amalia, enhebrando las trenzas de su hija Asunción hasta conseguir dos caracolas doradas que sujetaba con alfileres en la blancura de su nuca… Ya le gustaba a Pedro aquella niña de las trenzas imposibles que logaría desatar el día en que pudiera ofrecerle algo más que arrullos, mucho más que bondades.

LA GUERRA

En julio de 1936, alrededor de la radio escucharon todos juntos el parte de la desolación. Pedro Silera, con 48 años, uno menos su esposa Asunción, Lucía y Queta 19 y 17, Teresa 42 y Lucas, el reservado hijo del comandante fugitivo, 21.

A la noche de ese mismo día el padre de familia reunió a todos sus miembros, incluida Teresa. Lucas, al parecer, llevaba bastantes días, meses quizá, en casa de amigos fuera de Encinares de la Vega. Por su trabajo y conocimientos en el ayuntamiento, el Secretario don Pedro intuía con argumentos un porvenir enredado en desdichas.

Hasta ahora gozaban todos en la casa de una cierta abundancia crecida con el sueldo oficial y una pequeñas rentas de olivos que había heredado Asunción, además del propio naranjal de sueños que le acompañaba siempre para dulcificar su vida y las ajenas.

A principios de septiembre la convivencia en Encinares de la Vega se había hecho insoportable ante venganzas de viejas rencillas y la desconfianza de no salir a la calle temiendo desencuentros que aprovechaban los resentidos. Sin leyes aplicadas, con escopetas de caza extrañamente aparecidas y crueldades de corazones enfermos, cualquier asedio se hacía inevitable.

El 11 de septiembre de 1936 apareció muerto a la puerta de la iglesia, con la sotana llena de sangre, don Fernando Huertas, el cura que repartía consejos y ayudas sin alardes de caridad. Y esa misma tarde, un grupo de indocumentados con armas al hombro, se presentó en casa de Asunción y Pedro, mientras las hijas, una planchaba y la otra cosía, en ausencia de Teresa, que fue al río en busca de las sábanas secas que lavó en la mañana.

Al frente del grupo rebelde y paramilitar Lucas, el hijo del comandante huido, que daba órdenes al tiempo que llenaba de pólvora su fusil de asalto:

-¡Tiren a matar!

Al punto, don Pedro y sus hijas cayeron al suelo desplomados, con los ojos de la incomprensión abiertos: el asombro no dio permiso al dolor. Teresa, llena de silencios inocentes, envolvió los cadáveres con las sábanas limpias que traía y Asunción vistió para siempre su corazón de sombras, como una mujer vencida.

… Tras muchos años pasados, cuando las injusticias se volvieron del revés, un magistrado preguntó a Asunción por la persona de Lucas Santisteban, el hijo de la bienandá, pendiente de juicio:

-“No sé quién puede ser. Nunca lo he visto”, respondió la anciana sin levantar la cabeza, inclinada en llantos.

Pedro Villarejo

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