Los griegos aquellos, que tanto sabían, acuñaron una frase que nos sigue protegiendo de tantos fanáticos como enrarecen las convivencias: “Nada en demasía”… porque la demasía es agua inútilmente derramada, aspaviento que refleja sinsabores, torpeza que no encaja en la cordura. Nunca, a mi entender desde los helenos, se debe exagerar sin freno, pero tampoco permanecer impasible ante la delincuencia del que nos roba los afectos.
Escribí el otro día, más que con indignación, con vergüenza de vivir entre conciudadanos que han decidido por propia voluntad ser majaderos, pitando el himno, la bandera y al Jefe del Estado, como si fuera ropa sucia que se echa a lavar en sus criterios de laberintos sin salida.
He vivido muchos años en Argentina, un País también apasionado, y en los múltiples avatares compartidos jamás sus ciudadanos dejaron de llevarse la mano al pecho cuando sonaba en Himno Nacional o dejaron de agitar al viento el blanco y el azul de su bandera. En el altar de todas las iglesias ella luce como identidad que cobija… Pena me da de que la hija sea quien enseñe modales a la Madre Patria.
Pedro Villarejo