Casi el noventa por ciento de los vascos no sabe su idioma, quizá porque el suyo sea un hablar cacofónico y se les quede atragantado ante el esfuerzo de pronunciarlo. Pero muchos sí han aprendido a pitar en su lengua y lo que pudo escucharse en la final de la Copa del Rey es una melodía desafinada surgida de un orfeón de incompetentes ante la batuta de Sabino Arana.
Venir a Sevilla, llena de coplas milenarias , de voces que encadenan el “mi arma” con besos que son palabras, para pitar en vasco o bailar con tan poca gracia el aurresku, es un atrevimiento propio de maleducados o insolentes, aptos sólo para convivir en una selva donde el grito se sustituye por la delicia de la palabra.
Por supuesto que no son todos, pero tanta representación ensortija la cordura de los buenos ciudadanos con estos otros, hijos de la trasgresión y la ikurriña, que se llaman reales y desprecian al rey, que hablan español y pitan en vasco…
No habrá sociólogo que pueda explicarlo. Permitirlo es otra incongruencia.