Doce años después de su última incursión en la narrativa, el poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, regresa a las librerías con La mejor edad (Tusquets). Aunque la obra nace con la intención de distanciar al autor de la elegía constante a su esposa fallecida, la sombra y el magisterio de Almudena Grandes impregnan cada página. Durante la presentación, el autor reivindicó su vínculo emocional frente a las críticas: «El machismo intenta que me avergüence de ser el viudo de Almudena porque parece que es el machirulo el que debe tener el protagonismo», sentenció, declarándose profundamente orgulloso de haber compartido tres décadas con una de las figuras clave de las letras españolas.
La novela, que comenzó a gestarse en 2017, pasó por el exigente filtro crítico de Grandes, quien en su momento instó al autor a reescribir pasajes y pulir contradicciones en los personajes. Tras la pérdida de la escritora, García Montero decidió rescatar el manuscrito del cajón respetando su legado intelectual: «He intentado corregir en la medida de mis posibilidades los defectos y las sugerencias que ella me señaló», confesó. El resultado es una historia protagonizada por un juez y el presidiario al que condenó en 1975, un reencuentro que sirve de metáfora para analizar la evolución y las deudas pendientes de la Transición española.
García Montero aprovecha la trama para lanzar una severa crítica al panorama geopolítico actual, advirtiendo sobre lo que denomina la «dictadura de los millonarios». Según el escritor, el mundo asiste a una degradación donde las élites económicas no aceptan límites legales ni éticos para sus negocios. En este contexto, calificó como una «buenísima noticia» el reciente vuelco electoral en Hungría que ha desplazado a Viktor Orbán, señalando que Europa se ha convertido en un obstáculo para quienes se creen con el derecho a «bombardear un país o cometer un genocidio».
El sistema judicial español tampoco escapa a su análisis, plasmando en la novela la idea de que existen «jueces que hacen más política que justicia». El autor citó nombres propios de la actualidad jurídica, como los jueces Peinado o Hurtado, para justificar sus dudas sobre la imparcialidad de ciertos procesos. Frente a este modelo, manifestó sentirse mucho más identificado con la corriente progresista que representó Baltasar Garzón: «Tenemos muchos motivos para dudar de una justicia representada, por ejemplo, por el señor Peinado y por el señor Hurtado», añadió con contundencia.
En la misma línea, el escritor mostró su indignación ante la disparidad de tiempos procesales en casos de corrupción vinculados a la pandemia. Calificó de «repugnante» el aprovechamiento de la crisis sanitaria para el enriquecimiento ilícito y tildó de «inconcebible» que se juzguen unos casos con celeridad mientras otros permanecen estancados. «Qué extraño que Ábalos esté en el juicio y que el novio de Isabel (Díaz) Ayuso siga sin ser juzgado y siga trabajando», denunció, cuestionando el equilibrio de la balanza judicial en los casos que afectan al entorno de la presidenta madrileña.
La mejor edad reflexiona sobre la vejez y la pérdida con una mezcla de resignación y gratitud. El autor huye del resentimiento generacional: «Envejecer es una putada si uno se convierte en un viejo cascarrabias», explicó, defendiendo la necesidad de saber dar un paso al lado. Para García Montero, el título de la novela es, en última instancia, un homenaje al tiempo vivido junto a Grandes: «Esa es la mejor edad. Cuando uno tiene una pérdida, toma conciencia de lo que antes era vida cotidiana y vida diaria».