Vivió sin acomodo aunque venía de familia acomodada entre abolengo y olivos. Su almazara llenaba de sabores verdes los eneros de todos los desayunos y ella, sin embargo, untaba el pan con mantequilla. La señorita Inés se levantaba tarde porque nunca tenía prisa y se asomaba pronto al balcón por si descubría un pájaro nuevo posado en los herrajes de la casa de enfrente. La señorita Inés, luego, se sentaba al piano para interpretar a Mahler, su favorito, al enterarse de que su esposa Alma reconoció en otros, y no en él, los mejores sonidos. Desde entonces sintió una infinita pena por el músico. La señorita Inés podría tener cuarenta años y no conoció varón porque, aquellos que estuvieron a punto, los descubrió más interesados que interesantes.
Iba a misa los domingos a las doce, del brazo, junto a su amiga de infancia. Luego tomaban un fino y almendras en el único bar con pretensiones que había en la plaza donde solía ir don Ramón, el cura, a saborear su caña de cerveza.
Aprovechó don Ramón la presencia de la señorita Inés para sugerirle que tocase el órgano de la iglesia mejorando así el sabor de las misas. Algo desafinado está, se lamentó el sacerdote, convencido que el desajuste era capaz la señorita Inés de solventarlo.
Y de ese modo, entre ensayos y afinamientos, la señorita Inés y el cura encontraron otros órganos que tocar (que algo también desafinaban) y dedicaron mucho tiempo a ajustar las teclas de la soledad… Al año, reconocieron su equivocación y la señorita Inés volvió a sus olivos y el señor cura puso música desde el altar con un enganche electrónico que acababa de salir al mercado. Se pidieron perdón y todos supieron comprender.
Otros errores hubo en el trasiego de hierros, vías y materiales de ferrocarril con distintos profesionales y políticos a los que vendieron materiales de segunda al precio de primera. Las consecuencias fueron terribles, pero ellos dijeron que todo había sido revisado según ley, aunque siguen buscando el modo de que haya resultados que los involucren.
Culpas también en el Hospital, donde estuvieron a punto de cercenar a un paciente la pierna equivocada. Y en todos los estamentos civiles, religiosos y militares habían aparecido desviaciones propias de las fragilidades humanas. Lo bueno es siempre saber reconocerlas, pedir perdón y seguir avanzando… No obstante la reparación, irreparable a veces, debe cumplirse lo antes posible y no ad calendas graecas.
Sólo hay una Institución, la de los fiscales, donde nunca aparecen deslices ni extravagancias, errores ni pecados. Tienen tanto mérito que ellos son para mí el paradigma de la sensatez, perfección, limpieza, acierto, exquisitez, refinamiento, excelsitud… Dios no puede ejercer en Fiscalía la tarea de la misericordia porque no ha lugar en ninguno de sus miembros perturbaciones propias de los demás mortales. Ser fiscal es ejercer el recorrido más derecho para llegar prontamente a la santidad. De haberlo sabido antes, no se me hubiese ocurrido dedicarme a otra cosa.
Si alguna vez pidieron doscientos años de prisión para un presunto que luego fue absuelto por el juez, la intención de los fiscales no era otra que sorprenderle con la buena noticia… Son santos, Dios los guarde.
La frescura de lo espontáneo y plausible. Todos conocemos de errores sobre los que no fue necesario enmienda alguna ya que no llegaron a materializarse. La humanidad que en todos cabe. Excelente texto, como todos.