La cultura, en sus diversas manifestaciones, no debe presentarse ante la sociedad como un simple instrumento contemplativo, sino como el catalizador más potente de la creatividad y la energía generativa del ser humano. Ya sea a través del arte, la invención o la expresión en cualquiera de sus modalidades, la cultura es el eje fundamental que sostiene el bienestar y la riqueza de la vida. En este 2026, el desarrollo social, el fortalecimiento de la educación y el equilibrio territorial dependen directamente de nuestra capacidad para entender que la identidad cultural es el cimiento sobre el cual se construye una convivencia armónica y un futuro próspero para las nuevas generaciones.
Quienes asumen el rol de promotores en este proceso de cambio deben ver en la cultura el instrumento más válido para diagnosticar las potencialidades y las amenazas de nuestras comunidades. Nuestra misión debe ser poner en práctica procesos que favorezcan el desarrollo local en todos los ámbitos: desde la recuperación de los cascos históricos hasta la vanguardia de la creación digital. Los planes de actuación deben ser validados por la propia calle, con argumentos de persuasión contundentes que interesen a todo el tejido social, especialmente a los sectores más vulnerables, elevando su conciencia crítica y preparándolos para su función histórica como ciudadanos activos y responsables.
Justamente, porque la cultura es la herramienta para generar una sociedad cohesionada, es que la unión de hombres y mujeres de diversas generaciones ha dado vida a fundaciones y centros de extensión universitaria que cumplen una labor social imprescindible. Desde estas instituciones, se ha iniciado una actividad constante de creación y participación del arte en la esfera pública. Es un proceso de enseñanza-aprendizaje donde la implicación colectiva de la comunidad es el motor principal. Buscamos incentivar a psicólogos, sociólogos, arquitectos y a toda persona con inquietudes por el entorno, para que descubran lo emocional y los enigmas guardados en la intimidad de nuestra historia compartida.
Entendemos la actividad de extensión cultural no como una definición estática, sino como una voluntad en movimiento que se pone al servicio del desarrollo integral. A pesar de las limitaciones presupuestarias o los desafíos que traiga consigo la gestión de lo público, nuestra determinación debe ser inquebrantable. Al fomentar el arte en las plazas, el teatro en los barrios y la investigación en los ateneos y centros de pensamiento, estamos rescatando el sentido de pertenencia y dotando al ciudadano de las herramientas necesarias para ser dueño de su destino. Solo mediante este despliegue de voluntad cultural, lograremos que el progreso no sea solo material, sino también un renacimiento del espíritu colectivo.
«La cultura es un ornamento en la prosperidad y un refugio en la adversidad.» — Aristóteles.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario