¿Dónde se graduó de juez? (Parte III)

14 de febrero de 2026
8 minutos de lectura

«Hay una generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres.» Proverbios 30:14

Te vamos a ahorcar y te exigimos que compres tu propia soga.-

 «Danos el papel donde imprimiremos la sentencia en la que vamos a condenar a tu defendido». En las inmediaciones de ciertos tribunales, el aire se vuelve pesado, denso, cargado de la más espeluznante bajeza moral de quienes los custodian. Es un ambiente terrorífico donde la justicia se prostituye con una pasmosa alevosía; donde el expediente no se ha leído bajo el principio de inocencia, sino bajo la convicción de culpabilidad, sin ni siquiera haber revisado las actas. ¿Paradójico, verdad? Existe una práctica macabra, propia de los escenarios criminales más oscuros, donde se obliga a quienes van a ser ejecutados a cavar su propia tumba con la pala que los mismos condenados o su familia están obligados a suministrar en una treta macabra del tribunal —de la juez o el juez malvavisco de Ghostbusters—. En este sistema judicial de la gigantesca impunidad de degradación espiritual, al hombre inocente se le aplica como fosa la ley que debería salvarlo, y se le cava el sepulcro con la pala de la falsa esperanza, manipulada por una pléyade de funcionarios con el síndrome Stephen Candie, que actúan bajo la directriz ignominiosa de un juez o una jueza de mirada cómplice, en pérfida colusión, alcahuetería y el celestinaje macabro de quien ostenta la magistratura. Quien juzga no es un espectador ajeno ni alguien que carezca de conciencia por desconocimiento; por el contrario, es él o ella quien dirige la orquesta de la degradación, en un claro ejemplo de la psicopatía narcisista con plena conciencia cognitiva pero sin conciencia moral, sin escrúpulos y sin experimentar culpas, sino en un claro ultraje cotidiano que se desarrolla bajo su mando, imponiendo y permitiendo deliberadamente que la institución se convierta en un matadero de ilusiones donde la ética es el primer cadáver que se arroja al foso sin contemplaciones.

Sepultureros de esperanza

Estos personajes son, en esencia, anatemas de sus propias almas, sepultureros de esperanza; operarios de una fosa común de ilusiones donde entierran la fe del abogado y del justiciable con una frialdad técnica que hiela la sangre. Son aquellos que, conociendo perfectamente la maldad intrínseca de las artimañas infames del juez o de la jueza —una bajeza aprendida, tolerada, aupada y dirigida—, se atreven a «pedir y a pedir, y a pedir» con el verbo imperativo de «se le solicita», y lo hacen con cara seria y una solemnidad fingida, indignamente exigiéndole a la defensa técnica el papel sobre el cual imprimirán la sentencia condenatoria de su cliente. Con una frialdad criminal que aterroriza y congela los huesos, solicitan a la defensa técnica que «done» —una donación impuesta no es una donación— resmas de papel al tribunal, donde perversamente arruinarán la vida de un hombre inocente, generando la desgracia de una familia y la ruina de un ciudadano. Actúan como lúgubres enterradores que, mientras miden con un testigo métrico que nunca respetaron, y que con la mirada dimensionan el ataúd de una justicia injusta (enferma, sucia y macabra), le sonríen al deudo con una sonrisa Duchenne para ganarse su confianza y despojarlo hasta del último aliento. Su labor no es procesal, es fúnebre, depredadora y profundamente perversa: se dedican a sepultar la confianza ciudadana bajo capas de cinismo y constantes pedidos de suministros —material de oficina, almuerzos y dinero—, cavando la condena del inocente con cada resma de papel solicitada en el hoyo profundo donde finalmente arrojarán la sentencia condenatoria ya concebida bajo intereses inconfesables.

La arquitectura del despojo y la responsabilidad del superior

Al desprecio absoluto del debido proceso —que ya es bastante demoníaco, cruel y sin ética— se suma esta arquitectura del despojo, operada a través de una legión de «funcionarios que son inocentes ángeles desprevenidos» con sonrisas fingidas, la cual responde a una responsabilidad objetiva del superior que no puede obviarse bajo ninguna excusa. Si estos tentáculos actúan con tal impunidad y descaro, es porque quien dirige el despacho, en su rol de director de la orquesta, así lo ordena y «se hace el Willy May», pues lo sugiere, lo permite y lo valida; es la degradación absoluta de quien, debiendo ser garante de la norma, se convierte en el autor intelectual de la banda por anuencia y beneficio. Estos funcionarios que así se comportan lo hacen bajo la aceptación espontánea de su esclavitud a la que se refería Maquiavelo en su obra «El Príncipe». El caradurismo alcanza niveles estratosféricos cuando el tribunal demuestra una indiferencia absoluta ante la tragedia humana, donde ocurre un diálogo de almas entre funcionarios —algunos de ellos temerosos de Dios— en el que se dicen uno al otro: «bajo el mando y dirección de esta juez estamos perdiendo el alma y vamos a ir a quemarnos en los círculos del infierno a los que se refería Dante Alighieri». Porque, en ese tribunal, algunos están por necesidad y otros por adulación o negocio.

La depredación de los humildes y la mendicidad judicial

No les importa absolutamente nada si el abogado está trabajando de forma gratuita por una consideración humanitaria hacia su cliente o defendido; no les importa si los familiares de los procesados tienen que vender sus humildes casitas o dejar de comer para satisfacer sus caprichos. Lo único importante para estos seres es que les lleven la resma de papel, el tóner, les brinden la comida y los almuerzos, y les entreguen dinero en calidad de «préstamo» que, como bien saben, nunca volverá a los bolsillos del defensor. Es una depredación sin límites que ignora el sacrificio de quienes ya no tienen nada que entregar más que su propia supervivencia, evidenciando que el saludo del funcionario no es al profesional, sino al caudal de dinero que este representa en cada acto de defensa privada. El juez o la jueza están perfectamente al tanto de quiénes son sus adelantados, aquellos que dan la cara para estas bajezas, y los mantienen bajo su ala protectora mientras el botín siga fluyendo. Nunca se ponen en los zapatos del acusado, siempre en los zapatos de la víctima, sin ni siquiera haber leído la historia de la mujer de Putifar en la Biblia (Génesis 39:14-20). ¡Es que parecen ateos! No saben que la primera vez que una mujer mintió sobre haber sido abusada o agredida sexualmente, esa mentira quedó recogida en las Sagradas Escrituras como una advertencia eterna contra la injusticia.

El teatro de la falsa esperanza y la tiendita del horror

Piden y piden con un desespero frenético, como un barril sin fondo que nunca se sacia, especialmente cuando atinan que la sentencia está por salir; es la última oportunidad de expoliar al abogado y al justiciable antes de que la causa termine. Lo hacen generando en la defensa técnica la falsa ilusión de que, de algún modo, beneficiarán al acusado, cuando en realidad todo es una treta y un teatro macabro para vaciar los bolsillos de los profesionales del derecho. La sala de espera y los alrededores del tribunal parecen más bien «La tiendita del horror» (película de 1986), donde, al igual que aquella planta carnívora que crecía insaciable a medida que se le entregaba la propia sangre del protagonista, estos funcionarios se nutren del sacrificio ajeno. Saben perfectamente, con una frialdad que asusta, que van a condenar al justiciable y quieren exprimir hasta el último centavo antes de ejecutar el hachazo judicial. Piden y piden hoy, del mismo modo que mañana —cuando se hallen sumergidos en el infierno— elevarán su clamor hacia Dios para que los salve de la condenación eterna; pero allí, su ruego será inútil. Porque aquí todos son pedigüeños del despojo, olvidando la sentencia que advierte: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos» (Mateo 7:21). En ese abismo, el silencio de Dios será la única respuesta a sus vidas dedicadas a la rapiña y a la destrucción de inocentes. 

La amistad circunstancial fingida y la depravación espiritual

El cinismo llega a su punto máximo con la amistad circunstancial fingida. Mientras el profesional del derecho les es útil para saciar sus pedidos, los funcionarios despliegan una parafernalia de gestos de cercanía y afecto diseñados meticulosamente para el engaño. Es una depravación espiritual de una bajeza infernal: fingen una estima que no sienten para asegurar el suministro de los «artículos de oficina», la comida y las prebendas personales. Como bien advertía C.S. Lewis: «La amistad que se basa únicamente en la utilidad no es amistad, sino una forma de comercio que termina en el momento en que se agota el beneficio».

Sin embargo, en el instante en que el abogado deja de ser el defensor, o cuando se designa a otro u otros, la máscara cae y se revela la verdadera naturaleza de esa cercanía. Se desentienden con una frialdad absoluta de quien antes lisonjeaban, demostrando que su único interés era el despojo patrimonial del humilde. Al ser una relación puramente circunstancial, el ser humano deja de serlo para convertirse en un objeto de consumo; una vez extraída la última gota de provecho, el funcionario lo arroja al olvido con la misma indiferencia con la que se descarta un papel arrugado.

La lección de la historia y el final de la soberbia

La historia está plagada de tiranos de estrado que creyeron que su reinado sería eterno. Quien hoy maltrata al defensor y pide el pico y la pala para cavar la tumba de su defendido en papel comprado por la defensa, ignora la lección fundamental de la Antigua Roma. Durante las marchas triunfales, cuando un general desfilaba victorioso con el «pecho henchido» y el rostro pintado de rojo emulando a Júpiter, detrás de él se colocaba un esclavo cuya única función era sostener una corona de laurel sobre su cabeza y susurrarle al oído: «Respice post te! Hominem te esse memento» (¡Mira tras de ti! Recuerda que eres solo un hombre) o, más sencillamente, «Memento mori» (Recuerda que eres mortal). Era la advertencia necesaria de que la gloria es efímera y que, por muy alto que se esté, el destino final es la tierra; una verdad que hoy golpea la puerta de esos jueces que se creen semidioses.

No deben ser menos cautos ante la suerte de Perilo de Atenas, el artífice que, buscando el favor del tirano Falaris de Agrigento, le llevó un toro de bronce diseñado para quemar vivas a las personas. El tirano, acaso horrorizado por la bajeza de quien creó tal crueldad, le ordenó entrar para mostrar cómo funcionaban los conductos que convertían los gritos en bramidos. Al entrar Perilo, Falaris encendió el fuego, convirtiendo al inventor en la primera víctima de su propia obra de tortura. Del mismo modo, el juez que hoy construye una arquitectura de despojo y fabrica jaulas procesales, está fundiendo el bronce de la infamia donde mañana arderá su propio nombre. La toga no es un blindaje eterno contra la verdad; aquellos que renunciaron a ser armiños para revolcarse en el fango, terminarán ahogados en su propia inmundicia, probando el mismo veneno que con tanto esmero prepararon para los inocentes.

«La amistad de estos personajes es como la sombra: solo aparece mientras brilla el sol de la conveniencia; en cuanto se nubla el interés, se desvanecen en la oscuridad de su propia bajeza.» Doctor Crisanto Gregorio León.

Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario [email protected]


Nota técnica El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

¿Dónde se graduó de juez? (Parte IV)

"La justicia es una de esas palabras que, como la libertad o la democracia, sirven a veces para ocultar las…

¿Dónde se graduó de juez? (Parte I): La renuncia a ser armiño

"La toga no confiere sabiduría; a menudo solo sirve para ocultar la desnudez de un intelecto que jamás comprendió el…
La justicia cotidiana

¿Dónde se graduó de juez? (Parte II): La proyección de la indigencia intelectual

"No hay nada más terrible que la ignorancia activa."…

La seguridad ciudadana en el umbral del caos

"Cuando el Estado abdica de su función de proteger al ciudadano, la libertad se convierte en una palabra vacía y…