Honoré de Balzac
En la delicada arquitectura del sistema judicial, el respeto a la dignidad humana es la piedra angular que sostiene toda legitimidad. Sin embargo, la actuación de la funcionaria identificada como Bloody Mary representa una grieta profunda y peligrosa. Esta juzgadora ha convertido su tribunal en un espacio de hostigamiento, donde la majestad de la ley es sustituida por la mofa y el escarnio. Bajo una máscara de
autoridad, se esconde una personalidad que utiliza el estrado como un patíbulo psicológico para todo aquel que deba comparecer ante su presencia. El justiciable, que acude al proceso con la esperanza de ser escuchado, se encuentra con un muro de cinismo que invalida cualquier garantía constitucional.
«El que se burla del dolor ajeno desde un sitial de autoridad, no solo traiciona la ley, sino que renuncia a su propia condición humana.»
Léon Bloy
La conducta de Bloody Mary no es un caso de excesivo rigor, sino un despliegue clínico de la tríada oscura. Para que el lector comprenda la magnitud del peligro, es necesario precisar que esta tríada es una combinación de tres rasgos de personalidad malintencionados: el narcisismo, caracterizado por una grandiosidad y necesidad de admiración; el maquiavelismo, que implica la manipulación y explotación de los demás en beneficio propio; y la psicopatía, definida por una alarmante falta de empatía y remordimiento. Cuando estos tres elementos convergen en un juez, el resultado es un sadismo alarmante que no busca la verdad, sino el quebrantamiento de la voluntad ajena.
«El orgullo que se alimenta de la humillación ajena es la prueba más clara de una mente pequeña investida de un poder que no merece.»
Séneca
En su despacho, el síndrome de Dunning-Kruger se hace evidente: una incompetencia jurídica que se disfraza de soberbia extrema para silenciar a los abogados defensores, tanto públicos como privados. Dentro de este ecosistema de abuso, Bloody Mary instrumenta de manera perversa lo que en psicología se conoce como el condicionamiento operante de Skinner. Aplicando un castigo sistemático ante cualquier intento de defensa técnica, la juez moldea la conducta de los abogados mediante el terror procesal. Cada vez que un letrado intenta invocar la ley o presentar una objeción, recibe como respuesta un grito, una burla o una amenaza de sanción. Este condicionamiento sádico busca la extinción de la conducta defensiva: la juez desea una defensa muda, con las manos atadas y el espíritu quebrado. El abogado, coaccionado por el mal carácter y la prepotencia de la juzgadora, termina por optar por el silencio para no empeorar la situación de su defendido, cayendo en la trampa de una indefensión provocada.
«La peor forma de injusticia es la justicia simulada, donde el verdugo ríe mientras la víctima suplica por su derecho.»
Erasmo de Rotterdam
Lo más cínico de este manejo es que, tras haber asfixiado la capacidad de respuesta de los profesionales, Bloody Mary utiliza ese mismo silencio —que ella misma impuso mediante el miedo— como excusa para sentenciar, alegando falsamente que la defensa
«nunca habló» o que «no presentó oposición». Es la consumación de una estafa procesal donde la victimaria culpa a la víctima de su propio mutismo. Es una mujer que, ante el menor cuestionamiento a su ética, recurre al contacto telefónico inmediato con instancias superiores en la capital para imponer su propia narrativa. Este respaldo externo le permite mantenerse en su cargo a pesar de las constantes quejas, sintiéndose intocable mientras continúa su labor de destrucción institucional.
«La tiranía de un juez es mil veces peor que la tiranía de un rey, porque el juez asesina en nombre de la ley que juró proteger.»
Thomas Jefferson
Añadido a esto, el síndrome de Procusto se manifiesta cuando Bloody Mary intenta cercenar cualquier defensa que brille por su lucidez; no soporta la altura intelectual ni la hidalguía de quienes conocen el derecho mejor que ella. Su narcisismo psicopático la impulsa a considerar el tribunal como su propiedad privada, donde el acusado es un objeto de su desprecio y no un sujeto de derechos. El bullying judicial que ejerce es una forma de tortura institucionalizada que deja cicatrices profundas en la psiquis de los procesados y en la moral de los litigantes, quienes deben navegar en un mar de arbitrariedades y burlas soeces. Esta táctica de aniquilación convierte el proceso en una farsa, donde la sentencia ya está escrita por el capricho y no por la prueba.
«No existe mayor tiranía que la que se ejerce al amparo de las leyes y bajo el pretexto de la justicia.»
Montesquieu
La justicia que permite que una psicópata narcisista administre el destino de los hombres es una justicia cómplice. Es imperativo que los órganos de control actúen con la severidad que el caso amerita para devolverle al tribunal la decencia que nunca debió perder. No se puede permitir que la impunidad siga dictando sentencias desde la ignorancia arrogante y la falta de control administrativo. El silencio de las instituciones ante el comportamiento de la reina sangrienta de los tribunales es la mayor de las traiciones al pueblo que clama por equidad.
«La justicia que se ensaña con el inocente para dar ejemplo, no es justicia, es un sacrificio pagano en un altar de leyes.» Doctor Crisanto Gregorio León
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario