Sin lugar a dudas, la vida es un ciclo; una repetición de comportamientos y de situaciones que, dentro de su propio contexto, no constituyen sino una evidente manifestación de que la psicología humana responde invariablemente a los mismos estímulos. No obstante todo el empeño del propio hombre en evitar los errores del pasado, siempre e indefectiblemente los sigue cometiendo. Para evadir las responsabilidades, el individuo se las ingenia para endosárselas a otro.
Nadie desea asumir sus máculas ni sus yerros. En toda la historia de la humanidad, podemos observar cómo hombres y mujeres, sin importarles destruir al prójimo, se las ingenian para salir airosos de sus desafueros. Hay a quienes les encanta burlar las leyes, esquivar las reglas de convivencia social y rehuir la sanción de sus monstruosidades. Aprovechándose de privilegios, hacen de este mundo un verdadero tormento para sus congéneres, imponiéndoles sufrimientos por errores que no les pertenecen.
Así, la culpa es repartida entre quienes, inocentemente, a veces son solo espectadores o simples fichas de un juego sucio en el cual se vieron circunstancialmente obligados a participar. En estos tiempos donde todo se vive al revés, donde los valores han sido sustituidos por disvalores y donde la razón es usada como un arma de ilógica confusión para distorsionar la realidad, lo evidentemente incorrecto es utilizado para justificar lo injustificable.
El mundo está eclosionando desde una especie de crisálida para metamorfosearse en una sinrazón, en una proyección de lo pérfido. Muchos individuos están obedeciendo directrices que los deshumanizan, alejándolos cada vez más de su concepción como imagen y semejanza del Creador. Seguramente el propio padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, quedaría abismado por la expansión de este comportamiento. A pesar del grado de evolución mental y los estadios superiores que se presumen en el ser humano del tercer milenio, hay quienes insisten en llevarse todo y a todos por delante, sin respeto al prójimo ni la menor consideración.
Bajo este esquema, según convenga, lo negro es blanco y lo blanco es negro. Algunos desnaturalizan la realidad y se aprovechan de la buena fe ajena simplemente porque el mundo no está listo para ellos; nadie espera un comportamiento al revés y la sociedad queda muda, indefensa y perpleja ante lo aberrante que cobra cancha. Es imperativo que la ilación de nuestros actos recupere el sentido de la ética, evitando que la justicia se convierta en ese sacrificio pagano en un altar de leyes donde se castiga al inocente para simular un orden inexistente.
«Lava sus manos quien teme a la verdad, pero ensucia su alma quien permite la injusticia.» San Agustín
Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario