El estudio del comportamiento humano ha demostrado que el cuerpo posee mecanismos de expresión que escapan al control consciente. La denominada sonrisa duchenne no es un simple gesto de cortesía; es una respuesta neurofisiológica involuntaria que involucra la contracción del músculo orbicular, aquel que rodea los ojos y genera las pequeñas arrugas de la sinceridad. Este movimiento es activado por el sistema límbico, la central de las emociones auténticas, y resulta imposible de reproducir artificialmente cuando el individuo se encuentra bajo estrés, miedo o victimización.
En el ámbito del derecho penal y la psicología forense, la presencia de esta sonrisa en el momento exacto de la despedida actúa como un reactivo de verdad. Imaginemos la escena: el umbral de una puerta, el cierre de un encuentro. Es biológicamente contradictorio que una mujer, tras haber sufrido una supuesta agresión, reciba un beso de su señalado agresor con el rostro iluminado por una alegría genuina. La mirada no miente; cuando los párpados se cierran levemente y las mejillas suben en sintonía con un beso recibido con agrado, la narrativa de la violencia se disuelve.
Lo mismo aplica para el entorno inmediato. Cuando una figura acompañante, quien más tarde fungirá como testigo de cargo, participa de ese mismo cuadro de armonía y se despide con una sonrisa duchenne, el cuadro de victimización se quiebra por completo. No hay rigidez, no hay evitación del contacto, no hay rostros sombríos. Lo que la retina percibe es una despedida afectuosa y alegre, prueba fehaciente de que, en ese instante, no existía conflicto ni vulneración alguna. Este escenario nos sitúa ante la figura de la acusación prefabricada, donde se intenta imponer un relato jurídico sobre una realidad física que lo niega.
La ciencia del testimonio sostiene que la memoria de un trauma es incompatible con el bienestar gestual inmediato. La teoría de la exclusión de la prueba debe aplicarse aquí con rigor: un testimonio que nace de una interacción pacífica, de un beso aceptado con una sonrisa verdadera, no puede transformarse por intereses posteriores en la base de una denuncia. La verdad no reside en el papel de una denuncia tardía, sino en la transparencia de esos rostros que, al despedirse, no conocían el miedo, sino la cordialidad.
«El engaño se diseña en la mente, pero la libertad se lee en los ojos de quien sonríe sin esfuerzo.» — Paul Ekman
Doctor Crisanto Gregorio León – Profesor Universitario