Rotos los espejos. Prietas las filas. Naranjo en flor

1 de febrero de 2026
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Con parecidas pretensiones, en las antiguas ferias de pueblo nos ofrecían en espejos similares la caricatura de lo que somos…

Fue seguramente necesario instalar en el Callejón del Gato espejos que deformaran las figuras en las que Valle-Inclán se motivó para el esperpento. La curvatura del cristal ofrecía a los viandantes el conocimiento de que su realidad aún podía desfigurarse más. Y, automáticamente, regresaba la esperanza a su desgracia.

Con parecidas pretensiones, en las antiguas ferias de pueblo nos ofrecían en espejos similares la caricatura de lo que somos. Y, en un brote de tristeza, nos reíamos. Porque, tanto al reír como al llorar, saltan las lágrimas.

A nuestro Ministro de Transportes, Viabilidad y Desastres, en su intervención en la Cámara Alta, le sucedió como a Narciso viéndose en el espejo del agua de un río que pasaba por allí. Y se enamoró de sí mismo desaforadamente, “con ansias en amores inflamadas”. En realidad, el Narciso del mito fue castigado por los dioses al despreciar a la ninfa Eco y ya nunca vivió en paz de tanto como se quería. Cuando superó los límites de lo soportable, Narciso se convirtió en flor para que descansara dormida en los estanques.

El señor Puente no es malo, se trata simplemente de un escorpión anestesiado que nunca pudo vestir de armiño ni su palabra ni sus actitudes. Ahora confirma públicamente que es imposible mejorar su tarea como imposible es resucitar a los muertos de su negligencia. Ha quebrado los espejos y no quiere verse sino en flujo del agua preparada para que desfigure la verdad. O en el espejo de la madrastra de Blancanieves, que aguardaba para su bien otra mentira… Al final, este Narciso de juguete terminará ahogándose en el espejo del agua que le ha engañado. Y dejarán sobre los raíles de su tumba cinco rosas.

PRIETAS LAS FILAS

Mirando a los cuadros de José Antonio y Franco que colgaban victoriosos en el cabecero de la clase, cantábamos “Prietas las filas, recias, marciales nuestras escuadras van”… Se trataba del Himno de Los Flechas que reclamaban unidad solidaria y un cierto desasosiego corajudo. Solía terminar don Pedro, el maestro, con una frase de Primo de Rivera: “Frente a la poesía que destruye, la poesía que promete”. Se murió don Pedro sin saber que la poesía, si lo es, por más que alborote nunca destruye.

Nuestro Gobierno, que rehúye de toda consideración poética (excepto Urtasun, la única flor fresca, viva y olorosa de la Generación del 27), rechaza cualquier romanza falangista por más que muchas vengan de la pluma y del alma de Dionisio Ridruejo. No obstante, oyendo a un ministro se escucha la misma consigna en todos; más que prietas, apretadas las filas en una misma voz desentonada que diluye la fetidez del cansancio. Cada mañana, el Maestro del Gran Oriente u Occidente, los coloca a todos en los jardines de Moncloa, mirando al Pardo, para cantar que, aunque siguen en la faja del deber bien apretados, están dispuestos a exhalar el último oxígeno que les queda. No mucho, la verdad.

NARANJO EN FLOR

Roberto Goyeneche, de bigotito fino y argentinas maneras, cantaba lujosamente desde su voz partida: “Hay que saber sufrir / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento. / Perfume de naranjo en flor, / promesas vanas de un amor / que se escaparán con el viento”.

Vuelve de nuevo la poesía, esta vez del tango, a salvar las verdades de su desnivel incierto. Es tan intenso el perfume del naranjo en flor que frecuentemente nos distrae de cualquier otra reflexión urgente para sobrevivir.

Las dictaduras han procurado siempre que “andemos sin pensamiento”: de ellos depende el abono que perfuma los naranjos y el circo que nos destruye los sueños. España es una sociedad abatida por una multitud de vanas promesas perfumadas “que se han de escapar con el viento”, porque viento fueron sus buñuelos quemados sin aceite.

“Volverá a reír la primavera”. Eso esperamos. En la que, si no hay bondad, al menos que pueda ser sembrada; si no hay plena justicia, que pueda reclamarse; que, aunque no puedan cumplirse todas las promesas, tengamos la certeza de que no son vanas.

Ah, y queremos el azahar de los naranjos a su tiempo y no la rosa provocada, que sólo cabe en un puño y allí se muere, menos mal.

Pedro Villarejo

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