La ira de los familiares de las víctimas de la tragedia ferroviaria de Adamuz ante el anuncio del “funeral laico” que pretendía celebrar el Gobierno en Huelva ha hecho recular a Pedro Sánchez, también conocido como el Pollastrón y El galgo de Paiporta.
Sánchez ha aplazado su evento laico sine die y tampoco acudirá a la misa religiosa que se celebra este jueves en la católica ciudad andaluza, residencia de muchas de las víctimas, ante el temor a ser abucheado como le sucede cada vez que sale a la calle.
Los familiares no quieren ni verle porque entienden que la culpa de las muertes la tienen él y su ministro de Transporte Óscar Puente por las deficiencias que tenía la vía donde se produjo el fatal accidente.
Quienes sí van a acudir a la misa católica pedida por los familiares (no la laica que pretendía Sánchez) serán los reyes Felipe y Letizia.
El obispo de Huelva oficiará la misa funeral a las 18,00 horas de este jueves en el palacio de deportes Carolina Marín, que resulta ser el edificio con más capacidad de aforo de esa capital.
La catedral onubense se queda pequeña para alojar a la masa de personas de todas las creencias y orientaciones políticas y religiosas respetuosas con el sentir mayoritariamente católico que se prevé asistan a la ceremonia religiosa.
Sánchez iba a ir pero le ha llegado el monumental cabreo de los familiares y rehúsa ir para que no le piten. Tiene un miedo cerval a la calle desde los sucesos de Paiporta en que tan gallardamente se comportó. No quiere que se le acerque gente que no haya sido previamente filtrada.
Aunque con peros es de agradecer la asistencia a la misa de la Reina, siempre tan reacia a los actos religiosos católicos. Hasta el punto de que cuando va, forzada, ni siquiera se santigua.
Es destacable que la catástrofe no haya ocurrido en el tiempo que
la Reina se dedica a su merecidísimo disfrute personal veraniego en lugares desconocidos para los españoles, que pagan los gastos.
Con motivo de los incendios con víctimas mortales y cuantiosísimos daños habidos en el estío de 2025, la consorte tardó diez días en dejarse ver en los lugares de la tragedia.
El descanso en paradisíacas playas y mares foráneos de sus agotadoras tareas es sagrado para ella (todo el mundo tiene algo sagrado en su vida).
Por otra parte, Letizia Ortiz se encuentra como pez en el agua en esos engendros horteras que son los homenajes de Estado, vulgarmente denominados “funerales laicos”, y más aún si en ellos algún pariente de una víctima toma la palabra y pone a caldo al PP.
Así ocurrió en el aquelarre político que, con la excusa de homenajear a las víctimas de la DANA, se organizó en Valencia hace pocas semanas y que sirvió para injuriar al ya ex presidente de Valencia Mazón, a quien sistemática y periódicamente voces anónimas, pero estratégicamente
situadas en el recinto, llamaron «asesino, cobarde, rata» y otras lindezas, ante la impasibilidad de los Reyes y otras autoridades asistentes.
Fue muy comentado cómo la Reina se partía las manos aplaudiendo a quien, al hacer uso de la palabra como familiar, aprovechó la oportunidad para acusar sin ambages a Mazón de ser culpable de la muerte por las aguas de sus allegados.
Lo que resulta disculpable en quien es pariente de una víctima no lo es en quien ostenta, siquiera de refilón, la posición constitucional de Reina consorte de España.
Que Letizia Ortiz sea agnóstica, atea, budista o mahometana a nadie importa en este país.
Tampoco que sus ideas resulten muy próximas a las que encarna el gobierno sanchista y las personas más representativas de la llamada izquierda caviar, con las que parece sentirse mucho más cómoda que con quienes profesan ideales conservadores.
Ella sabrá lo que hace, y, sobre todo, lo que traslucen sus actitudes.
Pero que mientras cuida exquisitamente su imagen como representación de lo progre falte al respeto a la religión que mayoritariamente profesa, aunque no practique, la mayoría del pueblo español, empieza a hartar a una parte considerable de este, en especial a miembros de la clase media y media-baja que han venido siendo el bastión de la monarquía.
Desde la proclamación de su esposo como Rey en 2014, la Reina consorte entra en los templos católicos sin persignarse (fue muy comentada su desenvuelta actitud el día de la ofrenda al Apóstol en Santiago de
Compostela en julio de 2022), y tampoco lo hace al comienzo y final de las ceremonias a las que asiste.
Es un detalle de mera educación, de simple cortesía social, santiguarse cuando se entra en un templo católico; como lo es entrar descalzo en una mezquita, aunque no se sea musulmán o cubrirse la cabeza con la kipá y vestir adecuadamente al penetrar en una sinagoga, aunque no se profese la religión judaica.
También es una elemental norma de cortesía social dar la mano a quien nos la ofrece, aunque quien lo haga sea un obispo o sacerdote, y no dejarlo con la mano extendida sin ofrecerle la propia como ha llegado a hacer Leticia Ortiz con el arzobispo castrense.
En fin, que parece que la Reina tiene un especial resquemor a lo católico, que no trata de disimular, como tampoco oculta el sarpullido que le produce todo lo políticamente conservador.
Alguien de su entorno podría recordarle que, dada su posición
institucional, debiera moderar sus impulsos más primarios (y, sin duda, más sinceros) y situarse en posiciones de neutralidad.
Letizia Ortiz no es una persona querida por el pueblo español, al que no es posible engañar con lágrimas de cocodrilo vertidas en momentos luctuosos y lujosos abrigos negros vestidos en tales ocasiones.
Pudo haberse ganado no ya el respeto sino el cariño de los españoles, pero estos han comprobado que se trata de una vedette, que se ha acostumbrado con presteza al lujo y la holganza, distante de las masas y apegada a compiyoguis, delburgos, sabinas y otros personajes que no representan la esencia de un pueblo cada vez más sufriente, explotado y engañado.
Que de vez en cuando, y con su voz campanuda de locutora de provincias de los años sesenta del siglo pasado, Letizia Ortiz diga alguna sandez como eso de que “todos somos responsables de no retirar la mirada ante los escombros de una tragedia” (que bien pudo haber dicho con motivo de la catástrofe de la DANA), no la hace más simpática al pueblo.
Con esa estúpida frase, lo que parece querer lograrse es, aparte de aparecer como una intelectual profunda, blanquear posibles responsabilidades del gobierno, ya que una tragedia es algo distinto de lo que parece ser que va aflorando en Adamuz, donde puede haber responsabilidades políticas e incluso penales, por acción u omisión.
Modere ya la Reina consorte su facundia verbal. Déjese de vedettismos políticos e institucionales. Dé ejemplo de comedimiento, prudencia y, sobre todo, de austeridad.
Cuide la imagen de decencia y probidad de su familia (cuyo ascenso meteórico de nivel de vida es comidilla de los españoles). Compórtese con exquisita neutralidad en lo político, cualquiera que sea su ideología, sin traslucir su simpatía por una u otra opción partidaria.
Y, sobre todo, sea cual sea su posición personal ante el fenómeno religioso, no ofenda gratuitamente las creencias y costumbres mayoritarias de los españoles.
Si voluntariamente decide acudir a una función religiosa, como la que va a tener lugar en Huelva, observe los signos externos que la misma conlleva. Si no está dispuesta a hacerlo, excuse la Reina su asistencia, pues cualquier pretexto, por falso que sea, será mejor entendido que un comportamiento desconsiderado.