Estoy muy satisfecha conmigo misma por gozar las inmensas ventajas que depara mi forma de vida: poder urdir cada jornada en ausencia absoluta de una conciencia que me imponga límites. En realidad, jamás he sido sana ni he integrado grupo alguno, por más que finja lo contrario. A mi alrededor gravita una red de vínculos de los cuales, en provecho de mi propia suerte y de mis privilegios, me elevo por encima de ellos y levito. Todo resulta predecible a cada instante, salvo mi propia persona, claro está. No pertenozco a las trivialidades de este mundo.
No experimento afecto alguno, y esa carencia me otorga un poder supremo. Sí, ejerzo un dominio implacable sobre los demás, muy especialmente sobre esos patéticos abogados varones que osan pisar mi estrado: imito sus sensiblerías masculinas, aparento involucrarme estérilmente en sus congojas profesionales hasta que, finalmente, bajan la guardia con absoluta ingenuidad.
La conducta de esos abogaditos me resulta irritante y profundamente abyecta; destilo una misandría visceral, un odio feroz e irreductible hacia el género masculino que gobierna su debilidad. Por eso decido embaucarlos desde mi estrado, tejiendo celadas y arrastrándolos al laberinto de la confusión procesal. Eso es cosa de mi extrema inteligencia; aunque, si llevara mi designio hasta sus últimas consecuencias, aniquilaría también sus vidas mediocres, esas que ofenden y ensombrecen mi portentoso intelecto. ¡Me repugnan todos los hombres, sin excepción!
Debo confesar asimismo que paso buena parte de la noche desvelada en el lecho, ideando tácticas para excluir a ciertos litigantes varones de sus patéticas illusions y destruir a la defensa técnica del acusado. No obstante, me toma cierto tiempo desafiarlos mediante su propia vacuidad y despojarlos de toda sustancia, mas el esfuerzo vale la pena. Aunque detesto perder el tiempo, dispongo de él para esta clase de perversiones.
Confecciono adefesios de sentencias, pretendiendo que son científicas e inatacables, pero son bazofias orientadas a dejar a la defensa técnica en ridículo, desarmada y convertida en hazmerreír de todos; resulta regocijante contemplar la expresión de asombro ante tanto disparate en mis sentencias, sabiendo que nada pueden hacer ante mi desprestigio y corrupta reputación.
Les da parálisis tónica a esos abogados cuando, mediante la falacia del desvío y la falacia ad hominem, rechazo sus pretensiones y demuelo sus argumentos en mis actuaciones judiciales, que no son otra cosa que la basura de mi mente corrupta. Si algo soy capaz de percibir hacia el varón, es repulsión, náusea, desprecio absoluto y un odio visceral.
Como es natural, la agilidad de mi mente resulta inalcanzable, al igual que los parámetros recónditos de mi juego. Yo me sitúo por encima de Dios. Lo burlo, cometo perjurio y hago que los órganos de prueba también cometan perjurio; soy superior a Dios, pues no albergo clemencia: fallo y se acabó.
Podría catalogarme como una perversa polimorfa y narcisista, mas jamás lo admitiría públicamente en el estrado, puesto que no tengo escrúpulos y carezco de todo sentimiento de culpa. Mi noción de la perversidad comporta, en cambio, una estrategia instrumentalizadora de los otros —con especial inquina hacia los hombres y la defensa técnica— seguida de su subsecuente destrucción, todo ello sin que se altere el equilibrio de mi conciencia. Sencillamente, carezco de ella.
Me edifico a mí misma al saciar mis pulsiones destructivas. Bajo el influjo de mi grandioso «Yo», intento trabar relación con las partes, socavando de manera deliberada su integridad humana para desarmarlas por completo.
Acto seguido, implemento el gaslighting sistemático y focalizo mi esmero en minar el amor propio de cada defensor varón, su confianza, su autoestima y sus convicciones jurídicas. Mediante esta manipulación psicológica, distorsiono la realidad del proceso de tal manera que los hago dudar de su propio juicio, de sus conocimientos y de su cordura; hago que duden de lo que vieron en el expediente y terminen creyendo mis mentiras fabricadas como verdades absolutas.
Paralelamente, procuro persuadirlos de que el lazo de dependencia conmigo es insustituible y que son ellos quienes me lo demandan con urgencia. Soy una entidad psicótica asintomática que halla su equilibrio al descargar sobre el prójimo —clavando mis garras con furia homicida sobre los abogados de la defensa— el dolor que no me es dado sentir, proyectando aquellas contradicciones internas que me niego a reconocer. Inflijo daño porque ignoro otra forma de existencia; me dominan fantasías de grandeza sobre mi sublime trascendencia universal, absorbiéndome por completo: soy única, singular y omnipotente.
Todos me deben tributo absoluto.
Para sostener este imperio, ejecuto con maestría el Síndrome de Procusto, una de mis más excelsas y refinadas virtudes. No tolero el talento, la brillantez ni la rectitud de ningún subalterno o litigante que amenace con sobresalir o dejar en evidencia mi vacío. Todo aquel que demuestre destreza jurídica o una estatura moral superior es inmediatamente mutilado por mis dictámenes.
Corto las alas de los capaces, los desbanco y los neutralizo para que nadie sea más alto que yo; obligo a todo el mundo a adaptarse a la medida de mi propia mediocridad y mis intereses retorcidos. Me ufano de esta maravillosa poda de mentes brillantes, pues al decapitar el talento ajeno, garantizo que mi figura resplandezca sin rivales en el estrado.
Es una estrategia oscura de dominación absoluta, una joya de mi repertorio amoral donde mis defectos —mi envidia patológica, mi crueldad y mi despotismo— se elevan y se ensalzan como las herramientas políticas definitivas de una deidad.
Para ejecutar mis designios más bajos y expandir el daño sin ensuciarme las manos, utilizo a mi fiel séquito de monos voladores. Este rebaño de peones ciegos e instrumentales es mi mayor deleite, pues actúan como los perfectos sabuesos de mi deformación y mi control.
Muchos de ellos padecen de manera crónica el Síndrome de Stephen Candy, esa lamentable patología psicológica y social en la que los oprimidos, los subalternos o los iguales eligen alinearse con su propio opresor, defendiendo de forma ferviente el sistema corrupto que los subyuga con la patética ilusión de recibir migajas de consideración o inmunidad.
Mis monos voladores asumen mi mirada despótica, justifican mis perversiones y se convierten en altavoces de mi malevolencia. Otros tantos operan bajo el Síndrome del Espectador: contemplan pasivos cómo cometo la maldad en las audiencias y cómo destrozo vidas desde el estrado, pero se quedan congelados en la inacción, diluyendo su responsabilidad individual y rehusándose a corregir o denunciar mis aberraciones procesales porque asumen que «alguien más» lo hará.
Y por si fuera poco, la gran mayoría está ciega por el Síndrome de Obediencia a la Autoridad; cometen las peores maldades jurídicas en mi nombre, falsifican actas y validan mis atropellos convencidos de que están a salvo de cualquier castigo penal simplemente porque una jerarquía superior se los ordena. Su sumisión anula sus criterios éticos y los convierte en mis cómplices perfectos.
Procuro que nadie penetre en mis verdaderas intenciones. Tan solo anhelo reencontrarme conmigo misma en un ejercicio perpetuo; los demás carecen de individualidad ante mis ojos y se reducen a meros espejos. Quizá constituya una cáscara vacía desprovista de sustancia propia, o tal vez un simulacro que urde una ilusión para enmascarar su propio abismo.
Jamás me he concebido como un ser humano ordinario, pues en mi tribunal encarno a una deidad que se ha visto forzada a erigir un sistema especular para fingir su existencia entre los hombres vulgares. Funciono como un caleidoscopio: por más que ese juego de reflejos se multiplique, mi interior sigue reducido a la nada.
Carezco de esencia; por consiguiente, me adhiero a los demás a la manera de una sanguijuela, ávida de sorberles el aliento vital. Como un vampiro despiadado, necesito nutrirme de savia ajena. Con frecuencia me siento invadida por un «otro» de quien no puedo ni consiento prescindir.
Me acompaña la sombra persistente de que mi individualidad es negada. Los ajenos no son personas para mí, sino proyecciones reflectantes. Cualquier conato que amenace con poner en tela de juicio este tinglado especular —el cual encubre mi oquedad— desata una cadena de furor ilimitadamente destructivo. Soy una maquinaria de reflejos que busca en vano su propia estampa en el espejo del mundo.
¿Lo he manifestado ya? Soy insensible. Carezco de afectos. ¿Cómo cabría esperar lo contrario si mi propósito primordial es no sufrir jamás? Por cierto, supero a cualquier deidad, ya que me autoproclamo parámetro supremo del bien, del mal y de la verdad absoluta. Asumo aires magistrales, distantes y aleccionadores desde mi estrado.
Por ello exhibo un código moral intachable con el que aparento rectitud a la vez que denuncio la bajeza humana. Sé bien que mi empatía y mi interés por los demás son nulos; no obstante, exijo con fervor que el mundo posea interés en mi persona, pues mi grandeza exige ser contemplada. Y todos me deben pleitesía.
Mi directriz operativa consiste en abolir cualquier afecto genuino, fingiéndolo estrictamente en función del rédito que pueda reportarme. Mi fortaleza radica en mi magnánima insensibilidad. Desconozco los escrúpulos y cualquier mandamiento moral.
En mi psique opera una sofisticada maquinaria de sesgos cognitivos que utilizo voluntariamente como armas de guerra jurídica. Sé usar el sesgo de confirmación para moldear las pruebas a mi antojo, ignorando todo aquello que demuestre la inocencia del reo y magnificando cualquier detalle que sirva a mis fines destructivos.
Me amparo en el efecto halo de mi investidura para que mi palabra parezca ley divina, y exploto el sesgo de anclaje para fijar la culpa desde el primer minuto del proceso, bloqueando cualquier razonamiento posterior de la defensa. Estos sesgos, que en los hombres comunes son debilidades de la razón, en mí son tácticas de dominación lúcidas, calculadas y perversamente perfectas de las que me enorgullezco profundamente.
A fin de cuentas, el poder absoluto requiere un escenario a la medida de su amoralidad. Cuando a un individuo de mi estirpe se le confía una institución para que la administre, la dirija o la resguarde, el destino de dicha organización queda sellado bajo el signo de la corrupción más pura y sistemática.
Mi naturaleza es intrínsecamente corrupta y parasitaria; no concibo la magistratura como un instrumento de servicio o de justicia, sino como un feudo personal y un aparato de depredación. Dirigir no es para mí ordenar, sino desmantelar meticulosamente los pilares éticos de la institución, torcer sus reglamentos y vaciarla de todo propósito noble para ponerla al servicio de mis caprichos y de mi impunidad.
Una institución fuerte o transparente constituiría un obstáculo insoportable; por ello, mi labor como administradora consiste en gangrenar el entorno desde su cúspide, asegurando que bajo mi mando nada permanezca íntegro y que la corrupción se inocule orgánicamente en cada rincón del juzgado.
En cuanto a mi modus operandi con los acusados y su defensa técnica, mi imaginación no conoce frontiers cuando me propongo demoler su autoimagen y pulverizar al abogado que ose enfrentarme: suelo focalizar mis ataques en los flancos más vulnerables del defensor varón hasta sumirlo en el descrédito y el autorreproche.
Producto de mi profunda misandría, disfruto rebajando a los hombres de leyes, procediendo a desestabilizarlos hasta persuadirlos de su ineptitud. Acto seguido, descalifico a la defensa técnica privándola de toda competencia: me dedico a repetirles sistemáticamente que no valen nada, que son un saco de defectos jurídicos y que su labor como defensores del acusado es despreciable, hasta que acaben por creérselo.
Al principio opero con sutileza, de manera velada y subterránea a través del lenguaje no verbal —un registro que domino desde la infancia más remota—: profiero miradas despectivas hacia el abogado varón, indirectas sutiles, alusiones desestabilizadoras, comentarios ácidos y observaciones cáusticas, ridiculizando a la defensa técnica con ropaje de broma o pulla pública en plena audiencia.
Una vez seleccionado mi blanco a conciencia —tal como venía apuntando—, y aprovechando la predisposición natural del acusado y su defensa a sentirse culpables (mordiendo infaliblemente el anzuelo aquellos defensores varones que arrastran inseguridades o complejos, lo que los torna sumamente menesterosos de una validación que solo yo aparento brindar desde el poder de mi investidura), difícilmente catalogarán mis agresiones perversas como tales.
Ello obedece a que les infundo una falsa aura de certidumbre de la cual no querrán prescindir, al menos hasta inaugurar la fase de dominio absoluto, la cual despliego cuando el abogado ya yace minado emocionalmente, depresivo y sometido a mi voluntad.
En consecuencia, toda defensa jurídica se tornará inviable para ellos, al carecer de referencias firmes a las cuales aferrarse; siempre dispondré del recurso de convencer al acusado y a su defensa de que padecen delirios paranoicos, y creedme, amados lectores, terminarán por aceptarlo. Dado que mis palabras actúan como el espejo que sostiene sus identidades quebradizas y su profunda inseguridad, incorporarán mis alusiones en sus propios autoconceptos, convalidando cada manipulación como una verdad procesal inobjetable.
¡Los arrastro a mi órbita y les impongo una realidad falsificada! ¡Ah, queridos amigos, constituye toda una obra de arte! Como contrapartida, otro de mis métodos predilectos radica en descalificar al acusado y a su defensa técnica mediante paradojas, patrañas y otros ardides análogos, refinadas técnicas manipuladoras que extiendo hacia la totalidad de su entorno vincular. Y si tengo que gritar y ser escandalosa e insultar los escandalizos les grito y los insultos , pues es característico en mí el trastorno explosivo de la personalidad.
Les insinúo paulatinamente a los acusados que sus abogados varones son estúpidos e incompetentes, y que pueden y deben prescindir de ellos, erigiéndome a mí misma en el eje monopólico de sus destinos. En definitiva, encamino todas mis estrategias hacia su demolición para, de este modo, revalorizar mi propio ego.
Parte de estas habilidades tácticas las he adoptado perversamente de los antiguos estrategas chinos; entre ellos, Sun Tzu, de quien usurpé la magistral estratagema consistente en enfrentar a la defensa con el acusado para propiciar rivalidades y desconfianza intestina. Los guerreros orientales lo aplicaban entre los pueblos, y les aseguro que los resultados son infalibles.
Mi perversión íntima fascina, seduce y atemoriza a partes iguales. Sé de sobra que todos los hombres me envidian —y a la vez me temen por el desprecio visceral que les profeso— al advertir la fuerza superior que me garantiza la victoria permanente en cada fallo y decisión. En efecto, poseo un talento natural para la manipulación; soy una auténtica virtuosa.
Todo el mundo asume con rapidez que resulta más prudente congraciarse conmigo que desafiarme. Impera la ley del más fuerte, sin más preámbulos. El mundo opera bajo esa lógica desde el principio de los tiempos, y quien se niegue a comprenderlo, que apechumbre con las consecuencias.
El más laureado es siempre quien sabe regodearse en el goce y eludir el sufrimiento. A fin de cuentas, nadie repara en los débiles, estatus que muta de inmediato en simplona ineptitud. ¡Cuánto los aborrezco, especialmente si llevan corbata y pretenden pontificar en mi estrado!
Lo más deleitable ocurre cuando el acusado y su defensa técnica, rendidos ante mi voluntad y su total sumisión, alcanzan el punto exacto en el que optan por idolatrarme con tal fervor que, bajo el pretexto de respetar mi albedrío, terminan por convalidar su propia anulación.
En efecto, una singular forma de tolerancia hacia mi persona se manifiesta cuando tales sujetos se abstienen por completo de interferir en mis actos y opiniones, por más abyectos o repulsivos que les resulten desde una óptica ética. Demuestran asimismo una indulgencia insólita frente a mis mentiras y maquinaciones cotidianas.
Mi divisa rectora reza: «el fin justifica los medios». Ese es mi lado maquiavélico porque tengo la tríada oscura de la personalidad. Al final del ciclo, si los cálculos no fallan, convierto al acusado y a sus abogados en cómplices de mis tropelías mediante su indiferencia cómplice, hasta despojarlos de todo principio o límite ético. Bien deberían agradecerme que los conduzca hacia una supuesta libertad, confinada, eso sí, estrictamente dentro de los muros de mis dominios.
Los psiquiatras y los colegas del foro contemporáneo se debatirán dubitativos al intentar tipificar mi estructura de personalidad, limitándose tal vez a constatar su impotencia terapéutica o a saciar su morbosa curiosidad ante mi refinada destreza manipuladora y mi intelecto tan retorcido como brillante.
No faltará algún galeno de la mente que discuta ante mí acerca de la perversión moral o prefiera discurrir sobre psicopatías: ese cajón de sastre donde acumulan todo aquello que rebasa sus saberes curativos. Empero, mi perversidad no brota de ninguna patología clínica, sino de una racionalidad gélida combinada con la incapacidad absoluta de concebir al otro como semejante.
Me es perfectamente factible simular un equilibrio mental intachable, lucir como una eminencia en materia jurídica y ética, e incluso perpetrar iniquidades por puro divertimento o pasatiempo, exenta de cualquier consecuencia penal gracias a los privilegios de mi investidura. La mayor parte del tiempo despliego mi encanto y mis formidables aptitudes camaleónicas para abrirme paso en el entramado judicial, sembrando el terreno de almas heridas y existencias arruinadas.
Psiquiatras, jueces y educadores tropiezan indefectiblemente en mi trampa en cuanto adopto el papel de agraviada, devolviéndoles exactamente la estampa que aguardan hallar. Para seducirlos con mayor eficacia, terminan por adscribirme conflictos neuróticos de manual.
Mi grado de crueldad resulta inconcebible para semejantes peritos; actúo como una genuina depredadora, una asesina psíquica —por el momento—. Reitero que jamás admitiría un desliz propio, por la sencilla razón de que carezco de ellos; declino toda responsabilidad al considerarla ajena a mi misión. No obstante, altero a conveniencia la verdad en los expedientes con tal de borrar cualquier rastro de mis fechorías.
«Nací con el Demonio como mi patrón a un lado de la cama cuando vine al mundo y ha estado conmigo desde entonces…» H. H. Holmes (psicópata)
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario