“La calumnia es una estafa al honor, un crimen cometido con la lengua que despoja al inocente de su única posesión verdadera —su honra, la dignidad de su nombre ante los hombres—, mientras el culpable se esconde tras el velo de su propia perfidia”. — Baltasar Gracián
Ferdinand, un hombre en la plenitud de su madurez, encarna la figura de un ser cuya grandeza reside en la inquebrantable solidez de su espíritu. Como cuidador de una granja, su pulcritud y devoción al trabajo reflejan una vida dedicada a mantener el predio en óptimas condiciones, siempre pendiente de cada detalle de su labor diaria. No obstante, su mayor triunfo se manifiesta en el calor del hogar: Ferdinand es, por elección y alma, el padre que la vida entregó a dos niñas que lo adoran con la misma intensidad con la que él las protege. Desde que una llegó a sus brazos con apenas tres meses y la otra cuando contaba con tres años, se sella un pacto de amor recíproco. Ellas lo aman con la pureza de una hija hacia su padre biológico, reconociéndolo como su única figura paterna, un pilar de amor donde la gratitud y la entrega constituyen el vínculo más sagrado de sus vidas.
La figura de Maruja irrumpe en este escenario movida por una codicia ciega. Convencida erróneamente de que Ferdinand es el propietario de la granja que él solo cuida con esmero, decide que aquel patrimonio debe ser suyo a cualquier precio. Madre de cinco hijos de distintos padres y protagonista de cinco convivencias fallidas, Maruja habita un presente junto a un sexto hombre, Arturo, a quien engaña con la misma ligereza que caracteriza su desorden moral. Lejos de ser un encuentro fortuito, bajo el pretexto de predicar la fe cristiana, Maruja se introduce constantemente en la granja y, más específicamente, en el cuarto de Ferdinand, actuando como un verdadero súcubo para tentarlo y seducirlo, pues ve en su posesión el refugio y el estatus que anhela. En la intimidad de esos encuentros que ella misma provoca, Maruja le confiesa a Ferdinand su profundo desamor por Arturo y le propone dejar atrás su vida anterior para unirse a él como su mujer, esperando así adueñarse de la granja. Ferdinand, hombre de profundas convicciones cristianas, desestima con elegancia tal ofrecimiento, prefiriendo la soledad de su honestidad al abismo de una unión construida sobre la ruina moral de otra pareja.
El rechazo de Ferdinand enciende en Maruja una furia que solo el despecho engendra. Sin embargo, la infamia alcanza su punto máximo cuando Ferdinand, en un acto de honestidad, le confiesa que la granja no es de su propiedad, sino que él es apenas su guardián. Ante tremenda desilusión por haber estado entregándose a un hombre buscando una posición económica inexistente, el cerebro de Maruja gesta una doble motivación para la maldad: el despecho por sentirse humillada y despreciada, unido a la rabia destructiva de haber desperdiciado su tiempo tras un patrimonio ficticio. Ella decide ejecutar la maniobra del engaño absoluto: la invención de una violación y, con la complicidad de su hija adolescente, urde una farsa basada en el falso testimonio, ignorando que la cronología de los hechos y la inexistencia de flagrancia desmoronan su mentira.
El caso de Ferdinand cae en manos de una juez y una fiscal cuya unión no responde a la ley, sino a la más vil avaricia. Durante el proceso, la magistrada prolonga innecesariamente los tiempos, dilatando cada audiencia con la esperanza de que Ferdinand ofrezca el soborno que tranquilice su insaciable codicia. Ferdinand, hombre de manos limpias y recursos escasos, jamás puede —ni quiere— proponer el pago exigido, sellando así su condena. Es un secreto a voces en los pasillos de los tribunales cómo esta misma juez, en otro proceso, rechazó un ofrecimiento de diez mil euros por la libertad de un procesado; no por rectitud, sino por el miedo paranoico de que fuera una trampa, demostrando que su justicia tiene un precio marcado por la desconfianza y el lucro personal. De hecho, se escuchó en una conversación de pasillo: “Yo no acepté los €10,000 —dijo la juez—, no porque no los necesite, sino porque no me da confianza el enviado”.
Tras un prolongado tiempo de privación de libertad preventiva, la magistrada, quien sufre de trastornos de la personalidad, diversos síndromes y traumas personales no superados, revela una incompetencia emocional que la inhabilita para el cargo. Bajo la expectativa constante de recibir un soborno y de que le lleguen al precio, ignora deliberadamente la inexistencia de evidencias incriminatorias; todas las piezas presentadas resultan sembradas, configurando un evidente fraude procesal. Para ella, el éxito se mide en condenas y el prestigio de su despacho depende de trofeos obtenidos bajo el manto de la «violencia de género». Al no recibir el pago que su avaricia demanda, el fallo cae sobre Ferdinand como un mazo ciego: más de una decena de años de reclusión por un delito que jamás cometió.
Mientras Ferdinand languidece injustamente, el mundo exterior es testigo de una tragedia silente. Leonor, su compañera, sufre una vileza atroz: Caín, valiéndose de la desgracia de su hermano, se enseñorea a su merced en la casa materna y, aprovechando su ausencia, logra expulsarla de la vivienda heredada, condenándola a la precariedad. Sus dos hijas, aquellas que Ferdinand crió con amor de padre, viven ahora entre el llanto, enfrentando días donde la comida es un lujo inalcanzable. Mientras tanto, una tercera hija, fruto del vínculo de Ferdinand, asume una carga sobrehumana de sacrificio para mitigar la penuria de su padre, convirtiéndose en el último lazo con la libertad frente a la indiferencia de un sistema y el despojo de la envidia familiar.
El caso de Ferdinand interpela sobre la fractura del debido proceso. No existe verdadera justicia donde el juez es parte interesada en la contienda o donde la avaricia dicta las sentencias. La moral de esta historia radica en la necesidad de purificar los tribunales de aquellos funcionarios que utilizan el poder del Estado para ejercer una venganza encubierta contra quienes no se arrodillan ante su sed de dinero.
Como bien señala Miguel de Unamuno: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad es la de los sistemas de pensamiento”. Y, en palabras de Sócrates: “Una vida sin examen no merece ser vivida”, un principio que constituye el norte de toda labor judicial, pues el escrutinio riguroso de la verdad es el único camino hacia la rectitud.
El presente texto constituye un ejercicio legítimo de ficción jurídica y narrativa literaria, fundamentado en la contraloría social y en el derecho de los intelectuales a la creación y la crítica, conforme a los postulados de la UNESCO y el amparo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Este relato opera bajo el principio de que quien se apresura a ofrecer explicaciones sin haber sido cuestionado, se incrimina a sí mismo: Excusatio non petita, accusatio manifesta. Toda coincidencia con la realidad no es más que el reflejo de la urgencia de purificar la praxis judicial, ilustrando mediante la hipérbole los vicios que, al no ser examinados, corrompen el debido proceso.
“El juez que condena sin pruebas, movido por el odio o la conveniencia, no es un servidor del derecho, sino un verdugo que ha suplantado la ley por su propio resentimiento”. — Baltasar Gracián
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario