Al tiempo que algunos de nuestros queridos lectores lean la contraportada de hoy, Andalucía se ha levantado esta mañana de domingo con el carné de identidad en una mano y, en la otra, el sobre verde de la esperanza inconcreta. Eva Cruz escribió ayer en estas mismas páginas que los andaluces se han sentido levemente profanados al recibir, en nombre del partido rojo de la rosa y el puño, una papeleta con el verde más intenso, dispuestos a soñar en la cabalgata de sus propias ilusiones.
La intensidad de los colores es una manera torpe de llamar la atención frente a la vacuidad de los hechos. Cuando se ensoberbece una decisión de candidata a fin de que el pueblo se pueda sentir como doncella rescatada, primeramente se despide a los asesores, aunque luego se consiga para ellos un puesto de consejeros en Iberdrola. Todo esto, después de considerar a Cataluña como la niña de sus ojos y ponerle un piso cada día con una distribución trilera y perversa para las demás Autonomías, consideradas como cenicientas olvidadas, sólo porque, con “los votos de allá”, tenía suficiente el Gobierno para seguir manchando de mentiras el camino.
Y encima la señora no sabe tocar las palmas.
Pedro Villarejo