Todos usamos la emoción como la manera más natural de estremecerse ante los imprevistos. La emoción nos ayuda a que los sufrimientos, por ejemplo, se alejen cuando la ausencia de quienes los provocan son advertidos de que pronto regresarán a nuestras vidas. A veces los sentimientos son una provocación del alma para contrastar la felicidad. Junto a la razón se vuelven indispensables para la navegación de los tiempo. Lo malo es cuando las emociones se imponen a la razón más razonable y es entonces cuando el diálogo ha perdido su turno luminoso.
Vivir solamente emocionado es convertir en irreal la vida y disfrazarla de sueños imposibles, sin más argumento que un pálpito escuchado en duermevelas consentidas.
Únicamente cuando se llega a los extremos de la emoción se puede seguir votando al PSOE, con un 23 por ciento de entregados a ciegas a la causa común de la irreverencia colectiva.
…Combinar las emociones con la razón, de vez en cuando, sería para todos un consuelo. Y para la verdad, una certidumbre de que sigue viva y esperanzada.