Para creyentes e incrédulos la experiencia del vivir diario nos deja mullidos en la contemplación del Salmo 143: “Somos una sombra que pasa”. Tal cita es un recordatorio de humildades pendientes y una puesta de corto en el pensamiento largo de las vanidades. Jorge Manrique nos devuelve al sentir razonable cuando, en las coplas a la muerte de su padre, insiste en la sabia serenidad del salmo: “cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte, / tan callando”.
Sólo la atrocidad de morir, que para algunos es deseo según las eutanasias, se repara y bendice en la huella que deja toda vida como el mejor regalo después de haber vivido. También es Manrique quien lo señala: “Y aunque a la vida murió, / nos dejó harto consuelo su memoria”. Porque llevamos al otro mundo, según Machado, aquello que fuimos capaces de dejar, la costosa renuncia de reconocer que nunca fuimos tan importantes como creíamos. Ya se sabe: el cementerio está lleno de imprescindibles.
No es que trate hoy de vestir de luto las palabras, sino más bien de mostrarles el espejo a los que no quieren bajarse del pedestal, creyendo que son inalcanzables.
Pedro Villarejo
Sabía reflexión. Nadie es tan valioso que evite el paso de las horas. Después de la marcha la vida continúa incluso para los más cercanos. Inevitablemente debemos adaptarnos a la ausencia. Aún así, es cierto que algunos que nos dejaron nos acompañan durante el resto de nuestra vida.