Desclasificación del 23- F bienvenida, onfalofilia inútil

25 de febrero de 2026
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Todo demócrata debe saludar la desclasificación de documentos secretos, como los relativos al golpe de estado del 23 de febrero de 1981 decidida por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como una medida profundamente democrática. La ciudadanía tiene derecho a conocer su pasado, máxime cuando ese pasado está teñido por la bruma del ocultamiento estatal premeditado. Durante demasiados años, siglos diríamos, los españoles y españolas estuvimos sometidos a la condición de menores de edad, sin acceso alguno a los grandes trasuntos de nuestra propia existencia, ya que la política estatal los configura, querámoslo o no. Durante demasiado tiempo, España fue una piel de toro toreado por oligarcas, espadones o aristócratas de pelo variado, monarcas incompetentes o sacristanes devenidos en prebostes con ínfulas áulicas. Por ello, desvelar documentalmente cuanto sucedió resulta ser una decisión no solo acertada, sino necesaria por su democraticidad y por cuanto implica mostrar respeto hacia la ciudadanía y su derecho democrático a ser informada.

Bien, en el caso que nos concierne, el del golpe de Estado del 23-F, todo demócrata confía en que la documentación revelada señale quiénes compusieron la trama civil de aquella acción criminal y a mano armada contra una democracia naciente. Además, pueden llegar a quedar claros otros aspectos sórdidos sobre responsabilidades, acciones y omisiones de personajes que salieron indemnes, incluso prestigiados tras aquel plan -o planes- perpetrados por enemigos de España, hipócritamente autoconsiderados como sus “salvadores”.

Con toda la positividad implícita en la revelación de los mencionados documentos, es preciso señalar una extraña y dañina manía, típicamente hispana, de observar la realidad política española desde una perspectiva onfalofílica, palabro éste que en lenguaje a pie de calle singnifica pensar mirándose el ombligo, en clave meramente hispano-española. La decepción generalizada tras las anunciadas revelaciones vendrá cuando descubramos que lo descubierto no explica el alcance geopolítico de lo sucedido y de lo que se pretendía que sucediera por parte de quienes protagonizaron aquel golpe. Con ello quiero referirme a la necesidad de contextualizar lo sucedido entonces, caracterizado por un mundo a la sazón, 1981, convulsionado por la llegada a la Casa Blanca de un actor devenido en presidente, activista sindical anticomunista, Ronald Reagan, coautor, con Margaret Thatcher, Premier británica, del giro reaccionario más profundo y antiobrero asumido por la anglosfera desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Qué curioso que tan solo mediara un mes, un solo mes, desde la llegada de Reagan al poder supremo en los Estados Unidos, el 20 de enero de 1981, hasta la perpetración del golpe en Madrid, el 23 de febrero de aquel mismo año, con el secuestro a punta de metralleta de los congresistas, senadores, periodistas y Gobierno reunidos en el edificio de la Carrera de San Jerónimo. Curioso, ¿verdad?. Curioso asimismo que dese días previos al golpe, la VI Flota de los Estados Unidos tomara posiciones en el Mediterráneo. ¿qué se sabía de todo aquello en la Casa Blanca?

En aquel contexto, singularizado por constituir la última fase de la Guerra Fría, que culminaría en 1990 con la disolución de la Unión Soviética, el Washington encarnado por Reagan no podía tolerar, como había tolerado su antecesor, Jimmy Carter, que España, a través de Adolfo Suárez, remoloneara a la hora de incorporar el país a la OTAN. Bastantes quebraderos de cabeza había acarreado ya la revolución iraní, en su inicial fase laica, que en 1979 le desproveyó de un aliado imprescindible en el mismo bajo vientre de la Unión Soviética, su rival geoestratégico. Tampoco Washington quería arriesgarse a que ese neutralismo objetivo de Adolfo Suárez tomara los derroteros de Portugal, donde militares comunistas y demócratas, habían tomado el poder en 1973 tras su denominada revolución de los claveles, por lo que pudiera suceder.

Tanto Reagan como Suárez sabían que el pueblo español, a derecha e izquierda, albergaba profundos resentimientos contra Estados Unidos. La derecha, por el expolio imperial español a manos de Estados Unidos en la guerra de 1898. Y la izquierda, por el infame abrazo del presidente Dwight Eisenhower a Francisco Franco en la plaza del Callao en 1959, que naturalizó el régimen franquista a ojos de Occidente e implicó 16 años más de dictadura militarizada sobre los hombros de los españoles. Empero, Suárez y Reagan diferían sobre qué hacer. Suárez demoraba esas presiones, que le venían dadas por la Corona como vicaria de aquel designio procedente de Washington, mientras Washington se propuso acelerarlo a tope. ¿Cómo? Creando directamente o indirectamente, las condiciones para que los españoles y españolas cambiaran aquel resentimiento de izquierda y derecha por la afección y el voto favorable a la introducción de España en la OTAN. No obstante, la prisa de Reagan era demasiado exacerbada. Para lo cual, Leopoldo Calvo Sotelo, presidente heredero de Adolfo Suárez, una vez derrocado objetivamente el político abulense por aquel infausto golpe, decidió meter a España en la OTAN por la puerta de atrás en la primavera de 1982, en una de las primeras medidas adoptadas por el nieto del protomártir del golpismo en 1936, José Calvo Sotelo, asesinado en Madrid por guardias de Asalto que acababan de sufrir el asesinato de uno de sus compañeros de armas, el teniente Castillo. Leopoldo Calvo Sotelo hizo tragar a los mismos diputados que habían sido secuestrados a mano armada la integración española en la alianza político-militar regida por Estados Unidos tan solo un año después de haber sufrido el secuestro en sus carnes.

Posteriormente, para “rematar la faena” mediante un referéndum planteado a los españoles con una pregunta abstrusa, una vez interiorizado el pánico generalizado, tras el golpe del 23-F, por la posibilidad, tal era el mensaje del 23-F, de un retorno de los uniformados al poder en España, flagelo nacional desde mediados del siglo XIX, Felipe González Márquez se brindó a “resignificar” la actitud del país ante aquel referéndum que, por cierto, registró un apagón contable de hora y media de duración, en el curso del conteo de los votos. Naturalmente, la integración de España en la entonces Comunidad Económica Europea no se consumó hasta que los españoles no entraron el el redil de la OTAN, porque tales eran los términos del chantaje: si queríes entrar en Euripa, entrad antes en la OTAN. Algo semejante a lo que pasó en Ucrania 40 años después y que ha desencadenado la actual guerra con Rusia.

En fin. Estas son las premisas a tener en cuenta. Difiiclmente entenderemos y conseguiremos explicarnos qué sucedió realmente aquel 23 de febrero si no obtenemos documentos, en Washington, Berlín, incluso en Moscú, que contextualicen lo acontecido en España en aquellos parámetros de Guerra Fría. Desde luego, la desclasificación es un obligadísimo primer paso, pero ahora llega la tarea de los investigadores de insertar los hechos en sus motivaciones geoestratégicas.

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