La maniobra de Kristeller, en su acepción clínica, ha sido históricamente observada con recelo. Se trata de una fuerza mecánica aplicada sobre el fondo uterino para apresurar el desenlace del parto. Pero existe una maniobra que no se ejerce en el quirófano, sino en el teatro del mundo, a través de la abnegación de un laico comprometido. Samuel Kristeller, el médico alemán que dio nombre a la técnica, quizás no imaginó que su apellido —derivado de la unión de «Christ» y un sufijo de servicio— terminaría siendo el estandarte de una causa que trasciende la medicina para entrar en el ámbito de lo sagrado.
Esta casa hogar, Kristeller, no tiene una sede física, porque su geografía es el alma. No se cimenta en ladrillos, sino en la disposición absoluta de un hombre que, al no tener hijos propios, ha hecho de cuarenta y cinco niños el latido de su existencia. Kristeller no es un edificio; es el corazón, el espíritu y la entrega de quien acude donde sea llamado, allí donde los niños ya no tienen cómo clamar porque el mundo ha cerrado sus oídos. Se le ve recorrer la ciudad, siempre sudado, presuroso y cargado con lo poquito que la caridad le entrega, viajando en un transporte público que no conoce de privilegios. Los niños, al verlo llegar, lo llaman con una devoción que estremece: «¡Padre, Padre Kristeller!». No es un título eclesiástico, es el reconocimiento de una paternidad ganada en el sudor y la urgencia de la misión.
Dentro de este hogar sin nombre ni aspavientos, las «maniobras de supervivencia» no son actos de fuerza, sino una delicada artesanía del espíritu. Los niños son repartidos en hogares de acogida, pero todos ellos son plenamente conscientes de que su verdadera pertenencia está en Kristeller; el Padre Kristeller los visita incansable, dejando en cada casa de acogida el espíritu de su apostolado. El caso de Yasmira es elocuente: de niña cuidada a cuidadora, encontrando en el camino un hombre que le otorga valor, sellando su compromiso ante la sociedad y ante Dios. Yasmira no abandonó el apostolado; al contrario, lo multiplicó. Es una paternidad espiritual pura: un hombre que, entre múltiples tareas y ante la pregunta de cómo el tiempo le alcanza, tiene siempre una respuesta inmutable: «La respuesta es Cristo».
No estamos ante una institución de propaganda, sino ante un refugio que existe en el umbral de lo divino. En un tiempo donde la imagen lo es todo, mantenerse sin publicidad no es una omisión, es un acto de resistencia. Como la mano izquierda que ignora el hacer de la derecha, este hogar preserva la dignidad de los pequeños frente a la mirada depredadora de quienes ven en la miseria una oportunidad para la notoriedad. Kristeller es la respuesta cuando la vida clama justicia; es el apostolado de quien, con un salario paupérrimo y una fe inquebrantable, sostiene el milagro frente a un país que muchas veces parece haber olvidado el rostro de sus niños.
Tú también puedes ser Kristeller, siempre que cultives un corazón dispuesto y entiendas que la caridad no es un evento, sino una forma de caminar por la vida. Aquí no hay trompetas ni cámaras; hay manos que curan, corazones que resisten y un milagro que se repite cada vez que un niño, marcado por el abuso, encuentra en esta entrega el calor necesario para volver a creer en la humanidad. Kristeller está allí donde el dolor se vuelve insoportable, allí donde hace falta una mano que, sin ruido, fuerce el destino hacia la luz de la esperanza. Es, en última instancia, el cumplimiento etimológico del apellido: una tierra de servicio donde la vida, contra todo pronóstico, vuelve a nacer.
«Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre que ve en lo que es secreto te recompensará en público.» (Mateo 6:2-4)
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario