Sus actos hablan más alto que sus mentiras

12 de septiembre de 2026
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Miembros de la Cruz Roja reparten comida a los inmigrantes en una playa en Ceuta | EP

Siempre se aborrece y se desconfía de quien ha sido capaz de cometer el repugnante acto de la traición. Quedará estigmatizado para siempre por la única razón de que siempre será capaz de volver a traicionar.

Dan multitud de definiciones sobre esa repulsiva figura en libros, en películas, en canciones y, sobre todo, en la historia de muchos países que cambiaron sus destinos por la vil acción del traidor.

Viven siempre disfrazados para así poder ofrecer un perfil falso a los más próximos sin levantar sospechas. La mentira rige sus vidas y suelen ser vulgarmente nombrados como «encantadores de serpientes».

Existe un refrán clásico que dice: «La traición aplace, mas no el que la hace».

Lo dice bien claro: a quien le pueda convenir agradar o facilitar el resultado de una traición, siempre se le aborrecerá. Existe un desprecio natural hacia esa figura.

Otra frase que expresa todo el pesar de los traicionados: «Lo que hiciste destruyó mi confianza en ti».

Y otra: «Tus actos hablaron más alto que tus mentiras».

Tenemos un cinismo implantado en un país que hace frontera con el nuestro, donde su rey no tiene precisamente «palabra de rey».

Mientras fabrican en ese país el mayor estadio del mundo, su gente se escapa por la situación de miseria, la falta de educación, de sanidad, etc., que padecen.

Sus jóvenes, la mayoría de los que mandaron desde ese triste país, protagonizaron la más grande estampida que jamás hemos vivido.

Ese falso «gran hermano», como se nombraban entre sí los dos máximos mandatarios de los dos países, nos ha querido dar una lección y nos la ha mostrado invadiendo nuestra frontera con una avalancha de incívicos. Esa frontera, casi inexistente al carecer de la máxima vigilancia y seguridad ante un país que ha demostrado ser muy poco fiable.

Y ante esa situación de desamparo que nos muestran las imágenes, está el desprecio por parte del Gobierno de España, ese que no hizo la menor presión para impedirlo. Ahora están padeciendo todos los ciudadanos españoles de Ceuta y Melilla una verdadera invasión, con resultados catastróficos para sus habitantes.

Un Gobierno que permite que sus ciudadanos pasen miedo por la enorme inseguridad que se ha creado.

Mientras, desde sus lugares de vacaciones, su «presidente y sus más afines ministros» dan una fría imagen, mostrando una falta total de cumplimiento de esa obligación que juraron: respetar la soberanía de España.

Dan la impresión de que se ríen de todos los españoles, dando ridículos consejos en las redes, con cualquier absurdo contenido, ante la terrible situación que están viviendo sus propios ciudadanos en esa parte de España, Ceuta y Melilla.

Les han partido sus vidas, su paz, su cotidianidad, al no ofrecerles esa seguridad a la que tienen todo el derecho: ser escuchados y defendidos por haber pagado los impuestos que les corresponden, como españoles que son por ley.

Un presidente que ejerce como tal se merece todo el respeto de sus ciudadanos, pero cuando las mentes se perturban, y más teniendo a su disposición muchos asesores, o mejor «guionistas» para escribir los cuentos que nos cuentan…

No son precisamente los gestores perfectos para que les afeen sus ridículas actuaciones. Da la impresión de que la niebla no les deja ver el fuego que nos invade por toda España.

Para más destrozo moral, tenemos instalado al «topo de vacaciones», con la que está cayendo en España, metido en esa madriguera de La Mareta, que, por cierto, «es prestada». Se jacta de mostrarse con todo su esplendor mediático… ¡Se ama tanto!

Posa con una falta total de empatía, mostrando una miseria moral más abyecta que nunca.

Esta vez nos ha mostrado su verdadera naturaleza… Personas así solo ofrecen lo que su alma destila…

Miedo y falta de seguridad, mientras está creando con sus ilógicas acciones una gran legión de ciudadanos que se sienten vendidos, castigados y defraudados. Eso no es nada bueno para nadie, en esta España invadida por un país vecino.

Ese que, en vez de gastarse lo que no ofrece a sus ciudadanos para vivir mejor, hasta en lo más elemental, como la educación para poder crecer en conocimientos, se le ocurre, para demostrar su poder, crear una obra faraónica como es ese estadio, que lo único que significa es el despotismo de una mente caprichosa y avariciosa, mientras sus ciudadanos se escapan por donde sea…

Mientras, en el otro lado, el de España, nos llega su gente joven, incluso sus niños, esos que deben crecer junto a sus padres.

Llegan sin ningún tipo de educación ni del saber estar, por no haber tenido acceso a nada, y todo por las leyes de ese país.

Mientras, en este lado de la frontera, dejan a su suerte a todos los españoles de Ceuta y Melilla, faltando al cumplimiento de nuestra Carta Magna.

Que se dejen de leer esos libros de los que solo han visto la tapa y la sinopsis para demostrar su impostada cultura, demostrando que presentan tabla rasa. ¿Y estos nos gobiernan?

Lo estamos viviendo y parece una película de terror en pleno siglo XXI.

Marruecos no representa un futuro para su gente y, por eso, hemos sido testigos de la estampida de sus jóvenes.

A Mohamed VI no le importan sus ciudadanos… Ellos le temen y muchos de ellos hablan, valiéndose del anonimato.

Y decididamente no desean regresar a Marruecos, porque no les ha dado nada, ni trabajo a sus padres para poder educarlos y darles cultura a sus hijos.

Han conseguido salir de un país con una corte de mentiras y han mostrado al mundo sus tapadas miserias.

¡Vergüenza le tenía que dar a ese Gobierno!

¿Para qué el gran estadio? Ya nos han mostrado su falta de piedad con sus jóvenes y, aún más, con esos niños desamparados, que son las auténticas víctimas de esta locura.

Devolverlos a sus padres, que es donde deben crecer, y el deber de su país es ampararlos y no «tirarlos por la borda».

Los muertos son las víctimas de un mal Gobierno; son los suyos.

Pero lo que es verdaderamente imperdonable es la inacción de España, abandonando a su suerte a nuestros ciudadanos.

Pero los que viven con mentiras solo son capaces de ofrecernos dolor, inseguridad y miedo.

Que Dios nos coja confesados. ¡Menudo marrón nos ha caído!

¡Por un lado y por el otro! ¡Son auténticos desalmados!

Juegan con las vidas de sus gentes.

No les importamos. Que sigan jugando… hasta que las «costuras» revienten, y lo harán seguro por toda esa inmoralidad de la que hacen gala.

¡Todos los cuentos tienen un final!

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