Desde que don Antonio Machado llegó a Soria, con poco más de treinta años, y encontró a Leonor, a su Leonor, en aquella pensión de la familia Izquierdo, Soria es una ciudad pura, sagrada, seria entre los comercios del Collado, aguardando que el reloj de la Audiencia dé la una: «¡Soria fría! /La campana de la Audiencia da la una. / Soria, ciudad castellana / ¡tan bella! bajo la luna”.
Mitificada está la ciudad numantina porque, además, allí nació al amor, que no a la vida, aunque acaso la vida sin amor no sea más que el cauce de un río que no lleva agua. Nació al amor, digo, el poeta sevillano que sigue dejando criaturas recién nacidas en los mejores pensamientos. También en Soria vivió Gerardo Diego, que aprendió a caminar de puntillas por las piedras de San Saturio.
Junto al cementerio del Espino, el olmo seco con su verde rama florecida a destiempo, soñada en la esperanza de una vida que no pudo cumplirse.
…Bueno, pues en el ayuntamiento de Soria también hay corrupción socialista. Seis han llevado a la cárcel la Guardia Civil. “Campos de Soria, conmigo vais. Mi corazón os lleva”.