El evangelio de ayer domingo nos señalaba en la anchura de su tapiz el significado y trascendencia de las otras muertes. Inevitable es que la duda tiemble cuando los años no dejan prosperar a los entusiasmos porque del inmediato horizonte ya no se pasa. El dolor de morirse comienza a sangrar cuando el tiempo ya no es capaz de cerrar las hemorragias. Pero apenas si nos fijamos en las muertes silenciosas que nos han sucedido dejando que entraran en el espíritu los cuchillos de la indiferencia.
Muere cada día la fe en aquellos que nos mienten y en quienes creímos como ideólogos de convivencia. En los periódicos de hoy se multiplican las esquelas de muchos a los que buscamos para aprender y sólo nos dejaron ceniza en los bolsillos vacíos.
De todo lo que nos pasa hemos aprendido, al menos, no poner el corazón en nadie que se nos pueda morir por sus estafas, antes de verlo amortajado. El rostro agusanado de la emperatriz Isabel motivó que el duque de Gandía se hiciese jesuita porque, todo aquello que se expone a las circunstancias, es susceptible de corromperse. Mirad si no el trasiego que tienen ahora nuestros jueces, sin saber a qué personaje acudir primero, para llegar a tiempo.