Santo y seña

27 de julio de 2026
4 minutos de lectura

«La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos.»

— La escafandra y la mariposa (Le scaphandre et le papillon, dirigida por Julian Schnabel, 2007)

«No se puede vivir intentando impresionar a los demás; la verdadera integridad consiste en hacer lo correcto cuando nadie te está mirando.» — El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, dirigida por Gus Van Sant, 1997)

Todos estamos llamados a velar, como buenos padres de familia, por los bienes e insumos de la administración pública. Al igual que nos lamentamos, preocupamos y sufrimos por la pérdida de aquello que nos ha costado trabajo y dedicación, en igual sentido debemos ser celosos guardianes de las pertenencias de la República y de sus instituciones. Recoge el ordenamiento jurídico un aforismo de derecho universal, en razón del cual la buena fe se presume y la mala hay que demostrarla. Sin embargo, a esta concepción legal se contrapone un adagio popular que dice: piensa mal y acertarás. También el pueblo recoge el refrán que dice que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Si hablamos de honestidad en el manejo gerencial de lo privado o de lo público, ciertamente hay gente verticalmente incorruptible, gente que tiene su norte en servirle al país y en dar el todo por el todo para que las cosas salgan de la mejor manera posible y que los recursos de las empresas del Estado y de las empresas del sector privado se utilicen con eficiencia y sentido de gestión corporativa, para provecho de todo el país, en lo que están interesados los destinos de la patria. 

Esta responsabilidad ciudadana exige un compromiso inquebrantable con la vigilancia institucional, superando la indiferencia y asumiendo que el patrimonio colectivo es el reflejo directo de nuestra dignidad moral y cívica.

Sin embargo, de todo hay en la viña del Señor, y la realidad social nos enfrenta cotidianamente a un panorama donde las hipótesis sobre la conducta humana son verdaderamente enésimas. En el complejo tejido de la administración y de las relaciones sociales, no solo habitan almas rectas, sino también lobos disfrazados de corderos que, aprovechando la reconocida probidad, el prestigio y la buena reputación de otros, escudan sus oscuros actos y manejos bajo un presunto halo de absoluta transparencia. Nadie puede imaginar fácilmente que los transgresores de la ley y los malversadores de fondos resuelvan fraguar sus corruptelas precisamente en las narices de todos, utilizando la fachada de la respetabilidad. Es allí donde la inocencia y la buena fe de multitudes terminan siendo penosamente sorprendidas por la argucia, la astucia perversa y la habilidad histriónica de quienes actúan como excelentes personajes públicos pero se revelan como pésimos ciudadanos.

Es prudente rememorar en este análisis aquel pasaje que para algunos pertenece a los evangelios apócrifos y que, por su naturaleza piadosa, no causa daño dogmático sino profunda enseñanza. Este relato recoge una singular vicisitud en la vida de Jesús, cuando la sagrada familia huía del pueblo debido a la despiadada matanza decretada por Herodes. En ese trance, María coloca al niño en una cesta y, justo al salir de los límites de la población, un centurión la detiene y le interroga severamente: ¿Qué llevas en la cesta, mujer?, a lo que la madre de Jesús responde con absoluta sencillez: Un niño, señor. Ante tal respuesta, el centurión le expresa: Puedes pasar, mujer, porque si llevaras ahí al niño no me lo hubieras dichoEsta metáfora tradicional ilustra con precisión cómo la sencillez aparente y la ausencia de aprehensión disimulan las realidades más profundas ante la mirada superficial de la autoridad.

Desde luego que, guardando la infinita distancia que separa el ejemplo terrenal de la celestial grandeza de María, en las estructuras de poder contemporáneas a mucha gente no se le revisan las maletas ni las actuaciones. Esto ocurre bajo la falsa, cómoda y arraigada creencia de que si un individuo opera a la vista de todos, portando credenciales de aparente rectitud, mal puede estar saqueando los recursos públicos o privados confiados a su resguardo. La impunidad moderna se nutre de este sesgo psicológico y administrativo, donde el cargo o el estatus fungen como salvoconductos automáticos que eximen al funcionario del escrutinio riguroso. La confianza institucional ciega se convierte así en el cómplice silencioso del desfalco, permitiendo que la delincuencia de cuello blanco prospere protegida por la propia buena fe de la sociedad a la que parasita.

Para erradicar esta peligrosa brecha entre la norma jurídica y la realidad de la corrupción institucional, es imperativo rescatar el sentido profundo de la auditoría social y el control ético permanente. No basta con la proclamación formal de principios legales si los mecanismos de supervisión y rendición de cuentas flaquean ante el primer atisbo de influencia política o económica. La honestidad gerencial y administrativa no es un atributo estático que se adquiere por nombramiento, sino una práctica cotidiana que debe demostrarse mediante resultados transparentes, auditorías incansables y una fiscalización ciudadana sin concesiones.

  Solo mediante la formación de una conciencia crítica colectiva y el castigo social implacable a la deshonestidad podremos blindar las instituciones frente a las astucias de quienes instrumentalizan el poder en beneficio propio.

En definitiva, la defensa de los bienes de la República constituye el termómetro más fidedigno de la salud moral de una nación y el legado indispensable que debemos legar a las generaciones futuras. Cada ciudadano, desde su trinchera particular, tiene el deber ético de no ceder ante la complicidad del silencio ni dejarse deslumbrar por las falsas apariencias de probidad que enarulan los malos administradores de la cosa pública. La justicia y la transparencia no florecen por generación espontánea, sino por el esfuerzo diario, valiente y coordinado de hombres y mujeres dispuestos a exigir rectitud y eficacia. Recordar el valor de la ley, desconfiar sanamente de las coartadas basadas en el prestigio superficial y velar con celo patriótico por el patrimonio común son los pilares fundamentales sobre los cuales debe erigirse un Estado verdaderamente ético, justo y duradero.

«Lo importante no es lo que miras, sino lo que ves.» — El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, dirigida por Peter Weir, 1989)

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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