Sin el conocimiento cabal de la pesada conciencia que carga consigo, el acosador enfila sus baterías contra quienes considera vulnerables, logrando que la sonrisa y la jovialidad se desvanezcan del rostro de la mujer trabajadora. Este sujeto transgrede flagrantemente la moral pública al instrumentalizar el entorno laboral para satisfacer impulsos mezquinos. Son innumerables los correos electrónicos y testimonios de jóvenes profesionales que están aterradas y acorraladas, viviendo bajo la constante zozobra de que «las moscas se paran donde no se pueden matar», un refrán popular que ilustra la asfixiante impotencia frente a situaciones de abuso institucional que se presentan en esta terrenal existencia, donde el sustento diario se ve amenazado por la vileza de quien detenta una posición de poder y la degrada arteramente.
Es indescriptible el escenario anímico de la mujer que, viéndose en la necesidad de asistir a sus labores por el apremio ineludible de obtener un ingreso salarial digno, se encuentra día a día en la disyuntiva lacerante de enfrentar al hostigador corriendo el riesgo inminente de sufrir retaliaciones, o renunciar a su puesto comprometiendo drásticamente su modo de subsistencia. Este dilema evoca la opresión sistemática expuesta en la cinematografía de denuncia, donde la empleada desprovista de respaldo institucional queda a merced de jerarquías perversas que mercantilizan su dignidad. Este personaje discordante en las oficinas se vale de múltiples argucia y subterfugios para someter a sus víctimas, las cuales por prudencia, por miedo o por temor a la incomprensión social, guardan un doloroso silencio que el agresor interpreta erróneamente como consentimiento o debilidad, perpetuando así un ciclo pernicioso de dominación psicológica y acoso sistemático.
Las mujeres se ven coaccionadas cuando no pueden elegir libremente con quién dialogar en los espacios de trabajo, debido a que el tiempo se los permite solo bajo la mirada vigilante de un superior que, valiéndose de su posición y de su indeseada presencia, les impone un tópico de conversación personal e impertinente. Entonces las víctimas se sienten obligadas a calar las acechanzas de estos propasados jerárquicos que confunden la subordinación laboral con la sumisión personal. El abuso de poder en los despachos florece allí donde la complicidad silenciosa de los testigos tolera la asfixia moral y el hostigamiento cotidiano. Por estas innobles tácticas del acosador, la dignidad de la mujer se ve profundamente menoscabada cuando se tiene que aguantar los relatos de los supuestos sueños que tuvo con ella, la manera radiante como la veía y la lucida vestimenta con que dormía, disolviendo toda frontera profesional.
Y se trata también de madres solteras que han decidido echarle voluntad a la vida para salir adelante con sus hijos asumiendo el rol dual de madre y padre, quienes desafortunadamente se encuentran en su cotidianidad con un acosador que no les deja libertad en su desempeño profesional, bajo la ruin convicción de que ella está buscando marido y tiene por tanto que ser suya a como dé lugar. Este personaje utiliza la deplorable estrategia de manejarse con la víctima en su sitio de trabajo como si verdaderamente tuviera un vínculo íntimo con ella, desprestigiando así su honorabilidad y generando en los espectadores la falsa percepción de que alguna relación afectuosa existe entre ellos. La persecución laboral y el hostigamiento destructivo buscan implosionar la resistencia psicológica del individuo para doblegar su voluntad productiva. Frente a esta infamia, la dama, la profesional y la trabajadora experimentan el desgarrador impulso de gritar a viva voz que su dignidad suplica la restauración de la serenidad quebrantada.
Lleno de acuarelas psicológicas distorsionadas, este sujeto está convencido de que es un «súper buen mozo», sin importarle la edad o el aspecto físico que posea, porque tiene la falsa certeza de que esa cualidad seductora se la otorga automáticamente el estatus jerárquico que ocupa en el sitio de trabajo, el cual considera de manera perversa como un campo fértil para materializar sus atropellos impunes. En sintonía con las denuncias sobre la tiranía corporativa y el hostigamiento sistemático, el agresor carece de una verdadera empatía y reduce al otro a un mero objeto de complacencia personal. Acercamientos indeseados y denodados valimientos tienen que ser soportados con indignación silenciosa por aquellas mujeres que solo desean ganarse la vida honradamente, pero estos desalmados hostigadores no las dejan en paz ni respetan su autonomía profesional, convirtiendo el espacio de labor en una celda invisible de coacción permanente.
Ante este panorama desolador de transgresión ética y laboral, la respuesta colectiva e institucional no puede hacerse esperar, pues la justicia contra el mobbing no es una concesión graciosa del poder, sino la condición absoluta de la libertad humana y el orden civilizado. Es imperativo institucionalizar mecanismos eficaces de prevención, denuncia y sanción implacable contra el hostigamiento sexual, blindando jurídicamente a las trabajadoras frente a las retaliaciones de quienes ostentan jerarquías directivas. Ayudémoslas con nuestra mejor artillería jurídica, conceptual y humana, alzar la voz con firmeza inquebrantable para desterrar de las oficinas, empresas y universidades estas prácticas deleznables. Solo mediante la educación en valores éticos intangibles, la aplicación rigurosa de sanciones y el respaldo solidario a las víctimas podremos erradicar definitivamente la sombra del acosador y garantizar un entorno laboral donde prevalezcan la dignidad, el respeto mutuo y la paz.
«El acoso laboral y el hostigamiento sistemático destruyen la paz del trabajador, pero la justicia firme tiene la obligación de demoler los muros de la impunidad corporativa» (Escena de la película Acoso / Disclosure, dirigida por Barry Levinson, protagonizada por Michael Douglas y Demi Moore, 1994).
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario