SACRIFICIOS

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Doña María Coronel fue una sevillana hermosa, que enviudó siendo muy joven de don Juan de la Cerda, mandado asesinar por Pedro I el Cruel que, cuatro años antes, también había matado a su padre.

Desasistida de fortuna, doña María se refugió en el convento de las clarisas hasta donde llegó el rey enloquecido por poseerla. No supo don Pedro en ese instante que a los poderosos más de un capricho se le resiste: entonces, ahora y siempre. Y que hay voluntades que ni con dinero pueden comprarse.

Don Pedro, sin embargo, alcanzó la clausura exigiendo a las monjas que le abrieran. Doña María Coronel, creyéndose perdida, se fue a la cocina del convento y se echó aceite hirviendo en la cara para que, desfigurada, el rey la despreciase…

En el convento de Santa Inés sigue incorrupta doña María con un velo negro sobre la cara… En este caso, la dignidad fue más allá que la hermosura. Y aún más allá que el desatino.

Nunca fui muy partidario de aceptar sacrificios sin antes luchar por ahuyentarlos. No queda otro remedio que soportar los irremediables, pero los sobrevenidos por incapacidad de los que no supieron adoptar decisiones convenientes, duelen infinitamente más que los otros. Hay políticos que, con una mano, enturbian las aguas para que parezcan profundas y, con la otra, nos ofrecen barro como si fuese porcelana. Pretenden engañarnos cuando nos piden:

-Hay que sacrificarse ahora porque la luz es cara… a causa de sus pocas luces (esto último lo callan). Sacrificarse en comer selectivamente a la baja, porque Putin ha provocado un desajuste en la economía global. Ajustarse a la brevedad de los paseos en el coche porque la gasolina es dinero líquido y temeroso.

Terminaremos, como doña María Coronel, poniéndonos el velo, escondiéndonos, para que no nos lleven al catre, obsesionados por la lujuria de poseer lo que somos y lo que tenemos y sentirse señores hasta de las sábanas donde han dormido los sueños.

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