A veces, los grandes escritores son capaces incluso de decir majaderías. Como ésta que dejó Pío Baroja escrita en una mañana de suprema indolencia: “Sueño con una España en que no haya curas ni moscas ni militares”. En ese instante, a don Pío seguramente le había ensombrecido el pensamiento la boina constante.
Curas y moscas son los primeros en llegar a los muertos. Los primeros, para componerles el alma y enderezar el serpenteado camino que a Dios lleva; las segundas, para descomponer la materia orgánica y trasladarla luego a flores y plantas con el propósito de que no acaben los buenos olores de la vida. Y en estos momentos, que hay guerra en todos sitios, se buscan militares como defensa y amparo ante los misiles que pueden venir de cualquier parte, según estemos en la acertada esquina de la historia, que nunca se sabe cuál de ellas se acerca más a la verdad o a la conveniencia.
Don Pío Baroja, que escribió Memorias de la guerra e hizo su tesis doctoral sobre el dolor, habrá aprendido de una vez, ya sin boina desde el cielo, lo necesarios que somos todos, incluidos las moscas y los imbéciles.
La ironía, como conclusión final, es punto que alarga el texto. Algunas manifestaciones, por muy reconocible que sea el autor, no son más que burdos intentos pretenciosos que nada aportan. Genial Pedrouve, que no le ahuyentan los complejos de la tribu, y aún reconociendo el valor de Don Pío, estos también tienen momentos que los hacen tan mediocres como somos el resto.