En él se cumplió también el dolor de Jesucristo: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Su abuelo había sido cadí en Córdoba, que era algo así como alcanzar la punta más afilada de la importancia. Pero Averroes llegó más alto que ninguno de su familia y ejerció de juez, médico, filósofo y matemático… comentó a Aristóteles acercándonos la fuente inagotable de su pensamiento y se atrevió a pensar que si algún punto de la sharía, la ley coránica de Alá, entraba en contradicción con el crisol de la filosofía, la ley de Dios, en determinados versículos, nos habría llegado en metáforas interpretativas y no al pie de la letra.
Su anchura intelectual era demasiado para los fanáticos de entonces y Averroes fue desterrado a Cabra y a Lucena. En uno de los suspiros del moro que recorre la geografía andaluza, parece que dijo: Si quieres conocer a alguien, pregúntale cuánto ha sufrido.
En las murallas de Córdoba, con turbante y barbilla en mármol blanco, Averroes sigue juzgando en silencio la tristeza de los seres humanos, muchos de los cuales sufrieron y sufren el destierro de no ser comprendidos.