Hubo un tiempo en que las esperanzas eran rojas y seguir al señor de las cejas picudas suponía un signo de intelectualidad contrastada. El que no arqueaba sus ojos con dedos de reverencia se le consideraba torpe o facha o franquista o imposibilitado para entender el progresismo imparable que el de las cejas traía. Muchos, que interpretamos una maldad oculta en su modo de mirar y en su risita impostada, nos negamos a reconocerlo como punto de referencia personal o político.
Un mal día el señor de la ceja recordó que a su abuelo, el capitán Rodriguez, le habían matado en la guerra los de derechas y puso a España entera a buscar a los asesinos del oficial entrañable. Ideó una Ley de Memoria Histórica, parcializada, perversa y calumniadora para rescatar del olvido el alma de su familia, y la de tantas otras, que no descansarían en paz hasta que a él no llegaran las balas asesinas.
…Ahora, imputando al señor de la ceja por “rescates inverosímiles” y “mordidas improbables”, jueces atrevidos han debido tener en cuenta que el expresidente fue víctima de la guerra civil y mantiene en sus actitudes secuelas de abandono.