«Hay que saber separar perfectamente el derecho a disentir como abogado, del deber sagrado de proteger la vida y la dignidad del prójimo.» — Doctor Crisanto Gregorio León
En la dinámica de las relaciones humanas y jurídicas, el ejercicio del mando revela facetas profundas del espíritu. Existe un refrán español que sentencia: «En casa de mujer rica, ella manda y ella grita». En el escenario judicial, esa «riqueza» es el poder circunstancial que la ley otorga a quien porta la toga. Como hombres y como juristas, nos concierne la tarea de comprender que la autoridad a veces se ejerce con una vehemencia que desborda la serenidad esperada, pero que no deja de ser un acto de responsabilidad bajo la ley.
Debo ser categórico: me he encontrado en la arena del juicio frente a esta juzgadora y he experimentado la intensidad de su carácter. En ocasiones, el debate ha dejado de ser estrictamente jurídico para tornarse en una confrontación casi personal donde la forma ha oscurecido al fondo, apelando ella en ciertos momentos —no sé si ex profeso— a la falacia ad hominem y a reacciones que se alejan del equilibrio procesal. Pero hay que saberse ubicar; la hidalguía y la ética profesional impiden descender al plano del agravio personal, más aún ante la dignidad que encarna una mujer en la judicatura. Hoy mismo, percibí en la juez una inquietud distinta; y aunque su proceder me generó una natural disconformidad por la distancia entre su trato y la armonía del derecho, jamás hubiera pasado por mi mente que este desajuste emocional en el estrado fuera el reflejo de estar siendo amenazada de muerte. Por eso, mi convicción es inamovible: nada justifica el terror.
«Cada quien será juzgado por sus actos ante el tribunal de Dios; es Él quien decidirá si lo que se hizo fue correcto, pero no corresponde a los hombres planificar la emboscada ni el crimen.» — Doctor Crisanto Gregorio León
Quienes planifican emboscadas psicológicas o físicas contra una mujer en posición de poder parecen desconocer la justicia divina. Ni el sacrificio de Cristo justifica que el hombre tome la vida por su mano mediante el terror. La bajeza de amedrentar a una académica, a una dama que está convencida de que su rigor es el escudo necesario para proteger a su género, es señal de una sociedad herida. Es humano comprender que el temor constante pueda alterar el ánimo, haciendo que quien a veces amanece amorosa en su trato, en otras ocasiones se muestre distante de la mesura; pero esa vulnerabilidad no es licencia para el verdugo, sino un llamado a la civilidad. Ya lo expresé ante el atroz caso de la ucraniana Irina Shcherbak: no hay lugar para la crueldad contra la mujer. En esta juez veo el reflejo de todas las demás mujeres.
Como abogado, defiendo causas cuando estoy convencido de la rectitud de mis argumentos, pero esa defensa se agota en el papel y el verbo, nunca en la oscuridad del crimen. Ella ocupa ese lugar por una razón y, aunque las circunstancias actuales quizá inadvertidamente tensen el hilo del respeto profesional, es inadmisible que a la juez se le atormente. El juicio final pertenece al Creador, no a los artífices del miedo. Mi ética proscribe la violencia: se puede disentir del criterio y señalar el extravío de la justa medida, pero la vida de una mujer es sagrada. La paz de la justicia solo se alcanza cuando el respeto a la vida prevalece sobre la barbarie.
La amenaza contra la magistratura no es un hecho aislado, sino un veneno que se extiende por los pasillos del tribunal. «Ay Doctor, ahí a todos nos amenazan… hasta a nosotros los secretarios», es el lamento que confirma que el asedio es una sombra colectiva. No es solo la juez; es su personal el que se ve obligado a «vivir en constante miedo». Reitero mi firme rechazo a cualquier forma de amedrentamiento contra los funcionarios judiciales. El respeto a la integridad de quienes trabajan en los tribunales es la única base sobre la cual puede sostenerse un Estado de Derecho digno y humano.
«El hecho de que un funcionario pueda ser percibido como difícil o incluso injusto en sus formas, jamás legitima la barbarie de una amenaza de muerte.» — Doctor Crisanto Gregorio León