Tras la magia de los Reyes Magos, muchas familias se sorprenden al observar cambios de humor en sus hijos. Irritabilidad, rabietas, nerviosismo o incluso apatía pueden aparecer justo cuando se supone que todo debería ser felicidad. Este fenómeno, conocido como “resaca emocional”, es más común de lo que parece y, según los expertos, no indica un problema de conducta, sino una dificultad puntual de adaptación emocional.
El psicólogo Jorge Buenavida explica que durante las semanas previas a Reyes los niños viven en un estado constante de anticipación. Cambian rutinas, aumentan los estímulos y la atención se centra casi exclusivamente en los regalos. Cuando ese periodo termina de forma brusca y se vuelve a la normalidad, algunos menores necesitan un tiempo para reajustarse emocionalmente.
Según Buenavida, la infancia es especialmente sensible a la anticipación. “Cuando desaparece de repente, puede aparecer un descenso del estado de ánimo que se manifiesta como menor tolerancia a la frustración”, señala. Si a eso se suma cansancio acumulado, menos horas de sueño o cambios en los horarios, regular las emociones resulta todavía más complicado.
El experto subraya que el problema no suele ser el regalo en sí, sino cómo y cuánto se regala. Recibir muchos juguetes a la vez, pasar rápidamente de uno a otro o jugar sin pausas puede generar sobreexcitación. Esa saturación dificulta que el niño se concentre, elija y disfrute, lo que acaba provocando frustración cuando la novedad desaparece.
Por ello, recomienda menos regalos, pero acompañados de tiempo compartido. “El valor del juguete no está solo en el objeto, sino en la interacción durante el juego”, explica. Anticipar los cambios, acordar tiempos y proponer actividades tranquilas cuando aparecen señales de cansancio ayuda a prevenir conflictos y favorece una experiencia emocional más rica, según Europa Press.
A este enfoque se suma la advertencia de María José García-Rubio, docente de la Universidad Internacional de Valencia, sobre la llamada “anestesia del deseo”. Este fenómeno aparece cuando los niños reciben una sobreexposición a estímulos gratificantes, como regalos constantes, lo que reduce su capacidad de disfrute.
Desde la neurociencia, la experta explica que muchos regalos generan un pico dopaminérgico intenso asociado a la novedad. Sin embargo, cuando esa estimulación es excesiva, el cerebro se adapta y deja de responder con la misma intensidad. El resultado es claro: el deseo pierde su función motivadora y se entra en una búsqueda constante de más estímulos, pero con menos satisfacción real.
La solución no pasa por eliminar los regalos, sino por darles significado. “Menos es más cuando se acompaña de sentido”, afirma García-Rubio. Priorizar experiencias compartidas, como juegos en familia, actividades al aire libre o propuestas culturales, activa redes cerebrales ligadas a la conexión social y la autorregulación emocional, mucho más estables que la gratificación inmediata.
En definitiva, tras Reyes, el mejor regalo no cabe en una caja: es tiempo, presencia y vínculo emocional, claves para un desarrollo sano hoy y en el futuro.