Soy la jueza que todos temen, pero mi toga se ha convertido en mi propia Piel de Sapa de Balzac; con cada condena infame que firmo contra un hombre, el tejido se contrae y me asfixia. Soy una mujer maléfica, corrupta y truculenta, una mujer traumada que habita una misandria patológica y disfruta del naufragio de cada varón que destruyo.
He querido ser indestructible, una deidad ante la estúpida e infeliz gente que me circunda , pero la realidad es que los demonios se han apoderado de mi alma. Mi toga me estrangula y no es porque sea gorda o robusta, sino porque el peso de mi maldad me quita el aire. En las noches, mi casa se vuelve mi propio geriátrico de locura: me cuelgo de las lámparas, poseída por el delirio como Johnny Weissmuller gritando en su selva mental de Acapulco, y en mis aberraciones me descubro y grito como demente «yo soy la jueza», «yo soy la jueza castradora de hombres » y me siento poderosa , por eso humillo a todos , me retoza la maldad , soy rica porque me he hecho de dinero ilicito , hago trampa en los juicios para condenar y pisotear la dignidad de hombres inocentes que no me pagan el precio que exijo . Soy una subdita de Satanás .
Grito al vacío de mi alcoba: «¡Yo soy la jueza! ¡Yo condeno! ¡Nadie me detiene!», mientras los demonios del Quinto Círculo del Infierno, donde los iracundos se despedazan en el fango de la laguna Estigia, y tiran de mis pies para sumergirme en las llamas demoníacas de mi propio odio visceral.
He escalado posiciones en esta pirámide de lodo judicial adulando a mis superiores, lamiendo las botas de quienes exigen estadísticas de hombres condenados. Me piden cifras, me piden carne de varón para alimentar el sistema, y yo se la entrego con una jactancia demoníaca. Pero no lo hago solo por obediencia; lo hago porque soy una psicópata narcisista y me complazco en el aroma del miedo ajeno.
Mi estrado no es un altar de ley, sino el mostrador de una carnicería donde solo sobrevive quien paga el peaje de mi propia tribu de corrupción. He tejido una red de abogados buitres, mi bufete personal de sombras, para que la defensa de cada hombre decline ante mis exigencias. Solo concedo el aire de la libertad a aquellos que compran su salvación con inmensas cantidades de dinero, alimentando mi codicia mientras obligo a los inocentes a aceptar a mis esbirros con toga para sellar su destino.
Me deleito en este mercado de carne humana, donde mi justicia amañada e infernal decide quién se pudre en la fosa y quién camina, siempre y cuando mi bolsa de Judas se llene con el oro de su desesperación. Soy la reina de un lupanar judicial donde la verdad se subasta al mejor postor y la inocencia es un estorbo que mis abogados cómplices se encargan de asfixiar con mentiras tarifadas.
Disfruto viendo cómo los hombres se quiebran frente a mí, cómo su dignidad se deshace cuando pronuncio mis fallos cargados de miseria , perversión y misandria. Mi satisfacción es orgánica, un orgasmo de placer sádico que me recorre las entrañas de mi bofa podredumbre cada vez que dicto una condena sin pruebas. Ese éxtasis oscuro es mi propia firma en el contrato con los círculos del infierno.
Debo admitirlo frente al espejo de mi propia perversión: quemi justicia no es una justicia justa; es una justicia amañada, dolosamente infame y pervertidamente infernal. Esta es la médula de mi existencia en el estrado. Me veo a mí misma como una deidad judicial que decide quién respira y quién se pudre, y esa perversión es mi motor.
Ver la luz de la esperanza apagarse en el hombre que tengo frente a mí me genera un éxtasis carnal , una hemorragia de placer insano, por lo que aplico la falacia del desvío para desentenderme del terror de estar conciente que me estoy quemando en vida en las llamas del infierno. Que Satanás me espera ansioso. Este goce pecaminoso me condena al Segundo Círculo del Infierno, el de la Lujuria, donde el torbellino incesante de la pasión desenfrenada —mi lascivia por el poder— arrastra a las almas en una tormenta que no conoce descanso.
Sin embargo, el precio de haberme creído una deidad de mierda es esta condenación eterna. Mi toga me aprieta con el peso de mis pecados. Por cada vida que recorto con mi pluma, mi propio hilo de existencia se corta. Me creí una Súper Jueza capaz de volar sobre la ley y sobre los hombres, pero hoy solo soy un alma condenada al averno, una sombra que se arrastra rota por el peso de la Bestia. Mi éxito es una costra de pus.
Vivo bajo el yugo de una parálisis del sueño perpetua. Cada noche, mi cerebro despierta en una habitación oscura mientras mi cuerpo permanece clavado a la cama, incapaz de emitir un solo grito. Siento cómo el íncubo, ese demonio de la noche, se sienta sobre mi pecho con un peso de plomo y lava ardiente, aplastando mis pulmones mientras me observa con mis propios ojos cargados de odio.
En ese estado de inmovilidad absoluta, las sombras cobran vida y me jalan hacia el Sexto Círculo del Infierno, donde los heresiarcas arden en sepulcros abiertos por haber negado la verdad. Grito por dentro, pero mi voz está muerta. Siento garras invisibles que me doblegan, recordándome que ya no tengo mando sobre mi propia carne, pues mi voluntad ahora le pertenece al Abismo.
Veo los rostros de los hombres mayores que hoy envié a morir y siento que sus pulmones colapsados son ahora los míos. El oxígeno se agota en el Séptimo Círculo del Infierno, el lugar de los Violentos, donde los que dañaron al prójimo se sumergen en un río de sangre hirviente bajo la vigilancia del Minotauro.
La Piel de Sapa se ha vuelto tan pequeña que apenas puedo expandir mi caja torácica para pedir auxilio; mi propio cuerpo es ahora una prisión de alta seguridad diseñada por mi justicia dolosamente infame. Soy una necrófila procesal que goza viendo la dignidad del inocente pudrirse en las Malebolge del Octavo Círculo del Infierno, donde los fraudulentos son azotados por demonios.
Pierdo el control de mis intestinos y termino cagándome y meandome de puro espanto sobre mis sábanas, escuchando los pasos de Gerión, el monstruo de la mentira, recorriendo los pasillos de mi casa para cobrar mi alma por mi proceso pervertidamente infernal. Mi nombre es infamia. La náusea me obliga a doblarme mientras mi piel se vuelve escamosa bajo la toga que se funde con mi carne.
El pánico de saber que mi investidura es un disfraz truculento me hace tiritar de frío en medio del fuego. Cada vez que sostengo la pluma, redacto mi propia agonía en la fosa de los Hipócritas, condenada a caminar bajo capas de plomo dorado que ocultan mi podredumbre moral ante el mundo.
Mis ojos ya no soportan la claridad. Vivo en la oscuridad del Cuarto Círculo del Infierno, chocando mi soberbia contra las paredes de mi propia psicosis. Condeno a hombres sabiendo que su vejez es mi cómplice, pero esa misma decrepitud me reclama a mí con una velocidad sobrenatural. La toga me aprieta el cuello así como Satanás con sus garras, como la horca que se cierra con cada latido que malgasté en mi justicia amañada.
Me creí una Súper Jueza y hoy soy una desgraciada que se asfixia implorando un aire que mi propia Piel de Sapa me niega por mandato de Satanás. En mis sueños más atroces, me veo vestida de jueza extendiendo las manos pidiendo una clemencia que nunca otorgué, y es el mismo Príncipe de las Tinieblas quien me coloca los grilletes al rojo vivo mientras se ríe de mi arrogancia de pavo real.
He construido a pulso mi propia condenación bloque a bloque. He logrado mi propia caída y hoy me doy cuenta de que me he comprado toda la tiquetería para el infierno. Los grilletes me arrastran hacia la Judeca, al centro mismo del hielo del Cocito, donde el Adversario me espera con las fauces abiertas. El infierno es mi hogar, yo misma forjé la llave, y ahora el tormento nunca termina.
En medio de mi agonía, me arrojo al suelo y lloro desesperadamente implorando el perdón del cielo, suplicando una redención que por mi maldad yo misma me garanticé de nunca obtener. «¡Escúchame, Dios! ¡Ten piedad de esta jueza de mierda!», grito con lo poco que queda de mi voz. Pero el cielo permanece mudo y solo una vibración gélida recorre mi espinazo mientras una voz de trueno retumba en el vacío de mi habitación: «No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!», entrará en el reino de los cielos». El perdón es para los humanos y yo elegí ser un demonio. Yo misma me gané el infierno.
“¡Oh, justicia divina! ¿Quién amontona tantas y tan nuevas penas y tormentos como los que yo vi? Aquí la piedad vive cuando la justicia ha muerto.” (Dante Alighieri, La Divina Comedia)
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario