Hacemos ilación con un pensamiento de Simone de Beauvoir: «El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos». Pero qué otra cosa se puede esperar de una universidad privada y de sus dueños avarientos cuando esta ocupa el ranking subterráneo más allá de 1800 a nivel mundial. Aquí les narro apenas uno de los enésimos actos contra la ética, la ley y la moral que ejecutan los propietarios de esta universidad de nombre P.P. Goyo, la cual es y ha sido objeto de múltiples demandas en las que todo el tiempo ha perdido. Pero son unos sinvergüenzas avaros, por lo que muchos profesores hastiados solamente se han ido para eludir controvertir con una banda de miserables cuya arma de ruindad es palmar injusta e inmoralmente a los profesores con trayectoria, robándoles su vida y su esfuerzo bajo la cínica mirada de Maliman.
El Campus de la Universidad P.P. Goyo es un barranco, un adefesio estructural al que solo por un uso forzado del lenguaje se le adjetiva como «Campus», pero no porque lo sea realmente. Esta infraestructura física es un asco, una verdadera pocilga que los dueños pretenden maquillar de la misma forma que esconden sus rostros con malas cirugías plásticas, echándole manitos de pinturas baratas compradas en ferreterías de mala muerte a las ruinas de una demolición. El olor de su propia negligencia los delata, como los gatos que intentan esconder sus excretas sin éxito. Mal puede llamarse universidad a esta «cosa» cuando, siendo privada, debería dar mejor imagen; pero los dueños son tan avaros que ni a esa fantasmagoría de empresa le inyectan inversión, prefiriendo desviar el capital hacia lujos personales mientras el techo se desploma sobre la inteligencia.
La realidad interna es dantesca y peligrosa, revelando una desidia que raya en lo criminal. Cuando llueve, escampa primero afuera que en los salones, los cuales se inundan por los huecos de los techos de zinc carcomidos por el óxido que se caen a pedazos sobre la humanidad de quienes intentan enseñar y aprender. Esta situación no es fortuita, sino el resultado de una política de desinversión sistemática donde el mantenimiento es visto como un gasto innecesario. La exposición a estos elementos no solo destruye el material didáctico, sino que atenta contra la salud respiratoria de los presentes, quienes deben convivir con la humedad y el hongo que brota de las paredes desconchadas. Es el retrato fiel de una gerencia que desprecia la dignidad del entorno educativo, convirtiendo el aula en un espacio de supervivencia donde la precariedad es la única lección que se imparte con puntualidad.
La estabilidad física del recinto es una quimera, pues la mayoría de los pisos están bofos, presentando fracturas que sugieren un riesgo inminente de colapso. Caminar por los pasillos de la Pepe Goyo es una actividad de alto riesgo donde el suelo parece ceder bajo el peso de la negligencia patronal. Esta fragilidad estructural es el espejo de la moral de sus dueños, quienes han construido un imperio sobre cimientos de barro y engaño. No existe un plan de ingeniería que respalde la seguridad de los usuarios, solo parches superficiales que ocultan grietas profundas. La posibilidad de que un estudiante o profesor sea tragado por un hundimiento no es una exageración literaria, sino una preocupación constante entre quienes conocen el estado real de esa casucha. El silencio de las autoridades ante este peligro es el sello de una complicidad que permite que el fraude inmobiliario se disfrace de campus universitario.
El mobiliario y los servicios básicos son inexistentes o están en estado de chatarra terminal. Los pupitres están destartalados y rompen las ropas de los alumnos, mientras el sistema de acondicionamiento de aire es una basura de segunda mano que exhala aire caliente y mal olor, convirtiendo los salones en hornos infectos. La supuesta modernidad tecnológica que Maliman pregona se reduce a una veintena de «clones» con monitores culones del siglo pasado, operando con programas plagiados y sin licencias legales. No hay agua potable y las tazas sanitarias del pregrado arden en orín y desechos porque rara vez están disponibles para su uso, obligando a la comunidad a soportar condiciones inhumanas. Es una afrenta que se cobren matrículas en divisas para ofrecer a cambio un ambiente que no cumple con los estándares mínimos de salubridad y respeto al ser humano que paga por su formación.
Un peligro latente se encuentra en la planta superior, una estructura de madera vencida e infectada de termitas que cruje con cada paso. Esta zona está tan debilitada que amenaza con desplomarse sobre la planta baja en cualquier momento, un evento que ya ha causado daños y que Maliman oculta bajo amenazas. Lo que alguna vez fue un taller mecánico sucio ha sido reconvertido, sin la habilitación técnica necesaria, en un recinto donde pretenden impartir educación superior. Es un campus improvisado con cartón piedra y materiales de desecho, donde la vida humana tiene menos valor que el costo de una lata de pintura para tapar las manchas de humedad. Los egresados sienten tal vergüenza de este origen que prefieren omitir el nombre de la institución en sus currículos, reconociendo que fueron víctimas de una estafa que les robó dinero y seguridad personal en nombre de un título de cartón.
La estafa visual se completa con el uso de pancartas gigantes de ínfima calidad que cubren la fachada para ocultar el desastre interior. Maliman utiliza estas redes sociales para proyectar una imagen de altura que se desmorona al primer contacto físico con la realidad del inmueble. Es una oferta engañosa que atrapa a incautos mediante el marketing digital, mientras el edificio real semeja un miserable rancho en una esquina olvidada. El patrón prefiere invertir en estas lonas baratas y en sus propias cirugías estéticas —esas que le dejan los cueros saliéndose por detrás de las orejas— antes que sustituir un ventilador o arreglar una filtración. Toda la ganancia obtenida mediante la ingeniería de la miseria se diluye en vanidades personales y amantes, mientras los pilares de la universidad se pudren bajo la mirada indiferente de una directiva que solo entiende de rapiña económica.
Es imperativo denunciar que en este recinto se pisotea la LOPCYMAT con una impunidad que asusta. No existen condiciones de seguridad, salud ni medio ambiente de trabajo que protejan al docente o al estudiante del entorno hostil. Ofertar carreras teniendo como sede un montón de escombros es un acto delictivo que la inspección del trabajo no debería ignorar por más tiempo. La ubicación de la casucha, en una zona azotada por la inseguridad, convierte a los estudiantes en corderos al matadero, ya que Maliman se niega a pagar custodia efectiva para no disminuir sus márgenes de ganancia. El «Campus» es, en realidad, una zona de guerra contra la dignidad, donde la única ley que impera es la de la avaricia del patrón y su séquito de mascotas serviles que callan ante la evidencia del desastre estructural que habitan a diario.
La insalubridad de los baños y la falta de agua corriente son la firma de la ruindad institucional. Es inconcebible que en una institución que se lucra con la educación, los sanitarios sean focos de infección permanente por falta de mantenimiento básico. Esta carencia de servicios esenciales demuestra que para los dueños, el bienestar del alumnado y del profesorado es un gasto superfluo. La pestilencia que emana de las áreas de pregrado es el aroma de la gestión de Maliman: una mezcla de abandono físico y corrupción moral. Mientras los propietarios disfrutan de lujos en sus residencias privadas, los profesores deben soportar jornadas en salones que no ventilan y donde el aseo es una leyenda urbana. La pichirrería empresarial alcanza aquí su máxima expresión, sacrificando la higiene fundamental en el altar de un enriquecimiento rápido basado en el engaño y el asalto al bolsillo del trabajador.
La obsolescencia tecnológica de la Pepe Goyo es otra faceta del fraude académico que hoy exponemos. Publicitar laboratorios de informática cuando lo que se tiene son reliquias de museos con software pirata es una burla al tsunami digital que cambia el mundo. Maliman engaña al fisco y a los entes de supervisión presentando fachadas que no resisten una auditoría técnica seria. Estos equipos no sirven para la investigación ni para el aprendizaje real; son apenas escenografía para las fotos de redes sociales. La falta de inversión en licencias y en hardware moderno condena a los estudiantes a una formación desactualizada, mientras pagan precios de vanguardia. La ingeniería de la miseria no solo roba el salario, sino que también roba el futuro técnico de una juventud que confía de buena fe en una institución que no es más que un cascarón vacío de contenido y seguridad.
La verdad contra el fraude es nuestra única arma frente a este asedio logístico que pretende normalizar la decadencia. Seguiremos señalando que una universidad que funciona en un taller mecánico convertido en basurero no tiene autoridad moral para otorgar grados académicos. El desprecio de Maliman por la infraestructura es el desprecio por la educación misma, vista solo como un vehículo de expoliación masiva. La robustez de nuestra denuncia reside en la descripción pormenorizada de cada viga podrida y cada techo agujereado, pruebas irrefutables de que la Universidad Pepe Goyo es una estafa inmobiliaria con ropaje universitario. No permitiremos que la propaganda barata oculte el riesgo vital al que se exponen quienes pisan ese barranco, exigiendo que la majestad de la ley actúe antes de que la madera infectada de termitas termine por cobrar una tragedia que hoy es totalmente evitable.
Concluyo esta tercera entrega reafirmando que el Campus es una estafa que clama por una intervención inmediata. La Universidad Pepe Goyo, situada más allá del ranking 1800 por su falta de ética, es el ejemplo de lo que ocurre cuando el lucro desmedido se apodera de la formación del ser humano. Maliman podrá seguir estirándose los cueros de la cara, pero no podrá tapar el hedor de su gestión ni la fragilidad de sus techos de zinc. Nuestra pluma seguirá iluminando cada rincón oscuro de esta casucha, defendiendo la dignidad del profesorado que trabaja entre escombros y el derecho del estudiante a no ser engañado por mercaderes. La ingeniería de la miseria tiene en esta infraestructura su monumento más vergonzoso, pero la verdad es un mazo que terminará por demoler la fachada del fraude para que la justicia brille sobre las ruinas de la avaricia.
“Un edificio que se cae es solo un montón de escombros, pero una institución que engaña bajo el nombre del saber es un sepulcro blanqueado que devora el futuro de sus hijos”. Khalil Gibran.
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario