Preámbulo.- Hacemos ilación con un pensamiento de Simone de Beauvoir: «El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos». Pero qué otra cosa se puede esperar de una universidad privada y de sus dueños avarientos cuando esta ocupa el ranking subterráneo más allá de 1800 a nivel mundial por su absoluta falta de ética. Aquí les narro apenas uno de los enésimos actos contra la integridad que ejecutan los propietarios de esta universidad de nombre P.P. Goyo, la cual es objeto de múltiples demandas perdidas. Son unos sinvergüenzas que han convertido la academia en un mercado de influencias, donde la «sexcretaria» y demás mascotas serviles actúan como correas de transmisión de una banda de miserables que solo entienden de rapiña y desprecio al docente.
¿A quiénes sobornan para funcionar con tan deplorable campus?, es la pregunta que resuena en cada rincón de ese barranco. No es concebible en ningún país que una institución que se lucra de la educación opere en un montón de escombros sin que la autoridad encargada de supervisarla «pille» el fraude. La respuesta se encuentra en las cloacas de una administración que prefiere mirar hacia otro lado mientras Malimán aceita los engranajes de la impunidad con las divisas que les arrebata a estudiantes y profesores. Esta compra de silencios es lo que permite que una casucha sin habilitación técnica siga otorgando títulos que carecen de respaldo moral. La supervisión estatal parece haber sido cegada por el destello del oro mal habido, permitiendo que el cuchitril sobreviva sobre la base de la ilegalidad institucionalizada.
La pichirrería empresarial de Malimán es tan extrema que prefiere invertir en sobornos y cirugías que en pagar publicidad en medios de comunicación serios. Se atreven a hacerse autobombo en redes sociales, vendiéndose como lo «inigualable» y lo «máximo», cuando en realidad son los mayores embaucadores del sector. Esta estrategia busca eludir el escrutinio público, operando bajo un esquema de pensamiento único donde cualquier crítica es silenciada por el peso de la chequera. La publicidad engañosa es el barniz que oculta una estructura en ruinas, donde se cobra por una excelencia que no existe y se paga con una miseria que ofende. Es el triunfo del mercader sobre el académico, una estafa a cielo abierto que prospera gracias a la complicidad de quienes deberían velar por la calidad educativa.
El asunto se agrava cuando otros profesores marionetas, títeres y mascotas se alían con los dueños narcisistas en contra de sus propios colegas. Adulan al dueño para obtener prebendas mientras, en agavillamiento cobarde, violan los derechos de sus compañeros traicionándolos e inventándoles infamias. Sirven de rastreros genuflexos al amo Malimán como espías e intrigantes ejecutores de órdenes injustas. Sufren estos traidores del síndrome de Estocolmo, pues siendo también explotados, justifican a su explotador. Es una razón ilícita y de analfabetismo espiritual que permite que el fraude se perpetúe. Seguramente el avariento Malimán, con el dinero que roba a los profesores, pagará al barquero al morir para que lo lleve a una orilla donde solo lo esperará el vacío de su propia bajeza.
Es imperativo denunciar el Gedo instalado en esta institución, donde se rumora que incluso se venden títulos en altas sumas de dólares a quienes no tienen que estudiar. Mientras tanto, a los docentes dedicados les retienen los aportes al seguro social pero no los registran, robándoles no solo el presente sino también su seguridad futura. Malimán se las ingenia para apropiarse de las prestaciones sociales de quienes han colocado sus saberes a disposición de su empresa familiar. Esta perversión administrativa es la que financia los lujos de una casta que ve en el trabajador un objeto descartable. La universidad no es más que una fachada para un giro de negocio oscuro donde la ética brilla por su ausencia y la rapiña es la norma de conducta de sus propietarios.
La soberbia de los mercaderes los lleva a creer que su poder es eterno. Se burlan de los profesores que, hastiados, prefieren irse para no controvertir con miserables, viendo en esa retirada una victoria de su modelo de asfixia. Sin embargo, no entienden que cada demanda perdida y cada denuncia pública va minando los cimientos de su imperio de cartón. Malimán puede comprar silencios temporales en algunas oficinas públicas, pero no puede comprar el prestigio ni la verdad que hoy emana de nuestra pluma. La ingeniería de la miseria tiene patas cortas frente a la solidez de una denuncia que se basa en la observación directa de cómo se compran voluntades para mantener abierto un establecimiento que debería estar clausurado por razones de seguridad y decoro académico.
La sexcretaria ejecutora, en su ceguera servil, no percibe que ella es solo un peón en un tablero donde el rey siempre sacrifica a los de menor rango. Al prestarse para el palmeo y el soborno, se convierte en cómplice de un sistema que mañana la desechará con la misma liquidación de miseria que hoy ayuda a imponer. En la universidad Pepe Goyo, la lealtad se paga con desprecio a largo plazo, pues el patrón no conoce de gratitudes, solo de utilidades netas. La traición al gremio docente es una mancha que ninguna de sus cirugías podrá ocultar cuando la justicia divina y la terrenal finalmente coincidan en el mismo punto de reclamo.
La verdad contra el fraude es nuestra única arma frente a este asedio logístico. Seguiremos preguntando quiénes son los funcionarios que validan esta estafa y por qué se permite que una infraestructura en ruinas sea ofertada como el futuro de la juventud. No descansaremos hasta que el peso de la ley caiga sobre quienes han convertido la educación en un vehículo de rapiña personal. La universidad P.P. Goyo debe rendir cuentas por los sobornos y por el engaño sistemático a la sociedad. La luz de nuestra denuncia penetrará en las oficinas oscuras donde se pacta la impunidad, revelando el rostro de los mercaderes que se ocultan detrás de pancartas baratas y redes sociales plagadas de mentiras y autobombo.
La infraestructura de la mentira sobrevive porque el sistema de supervisión ha sido domesticado. Es una burla que una institución que opera en un taller mecánico sea avalada por inspecciones que parecen hacerse por videollamada o con los ojos vendados. El desprecio de Malimán por las normas mínimas de la Lopcymat es la prueba de que se siente intocable. Esta confianza ciega en el soborno es lo que lo lleva a descuidar la seguridad de los alumnos, dejándolos en un recinto que cruje ante el menor movimiento. La ingeniería de la miseria no solo es un método de ahorro, es un sistema de dominación que utiliza la corrupción como cemento para unir sus vigas podridas y sus techos agujereados.
Concluyo advirtiendo que la ingeniería de la miseria está llegando a su límite. Maliman podrá seguir sobornando y estirándose la piel, pero el hedor de la corrupción es ya insoportable. La universidad Pepe Goyo, situada en el sótano del ranking mundial, es el monumento a la avaricia que estamos decididos a demoler con la fuerza de la palabra. Cada profesor humillado es un testigo que se suma a esta causa por la decencia. La majestad de la universidad será rescatada de las manos de estos piratas del saber, devolviendo la luz a un espacio que hoy solo conoce la sombra del fraude y la bajeza de quienes se creen dueños de la verdad porque tienen el bolsillo lleno de divisas ensangrentadas.
“El que acepta un soborno no solo vende su libertad, sino que asesina su propia dignidad en el altar de la codicia ajena”. Cicerón.
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario