El mayor número de ideologías que conocemos fracasan, no porque sean objetivamente perversas, sino porque no se saben, ni se pueden, aplicar. Descartes fue de los primeros en darse cuenta sobre la inutilidad de lo bien pensado cuando no tiene desembocadura en la vida práctica. Pensar en las buenas teorías sin contar con las limitaciones y egoísmos de los seres humanos es, como diría Santa Teresa un disparate.
Se filosofa mucho, y puede que hasta con buen intención, sobre la mejoría de los pueblos, el progreso de sus habitantes y lo que se llama ahora “bienestar social”, pero cuando los ideólogos llenan sus arcas, vacían de su pensamiento las ideologías. Se observa y se comprueba, desde el comunismo sórdido e inaplicable, a otras propuestas más suavizantes de ministras que promueven frenos y limitaciones al precio de los alquileres y ellos /as viven en pisos oficiales de quinientos metros cuadrados con terrazas aparte.
Cuando se llega antes que los demás a la buena vida, las propuestas para esos «demás» son ruedas lentas que terminan en el mal ejemplo de los olvidos.
Pedro Villarejo