Para no ser menos que otros ministros de España, el ministro jubilado de Educación, que había heredado una casa en Veraluz, también tenía su querida, amante o barragana, que todo esto puede decirse sin ofender.
Rosita llevaba así varios años con un lucimiento discreto, aunque todo el mundo solía bisbisear a su paso cuando ella aparecía con su perro blanco por los comercios del pueblo.
Parece ser que al jubilado ministro se le mudaba la color nada más verla. Incluso en una sinfonía de apetitos se atrevió a recitarle de memoria unos versos de Borges: “Tú, que ayer eras toda la hermosura / eres también todo el amor ahora”.
Fue ahora precisamente, cuando le mermaron al jubilado los amigos, el tiempo en que muchos supieron que Rosita cobraba una pagua que su amante le había conseguido al haber cotizado por un trabajo que Rosita nunca cumplió.
A pesar de todo, jamás la sangre llegó al río. Rosita siguió con su perro blanco por las calles y el exministro ensimismado en el delirio azul de los besos.