«La libertad no consiste en tener un amo bueno, sino en no tenerlo.» — Cicerón
Entre el qué de la lucha actual y el qué de las luchas del pasado reciente, existe una tensión perpetua entre el discurso retórico y la transformación real de las estructuras institucionales. Como bien advertía el insigne filósofo José Ortega y Gasset, las grandes crisis colectivas surgen cuando las palabras pierden su significado preciso y se convierten en meras consignas vacías que eluden la complejidad de los problemas estructurales. El qué del cambio político y social genuino no consiste jamás en implantar colectivismos dogmáticos, sino en garantizar un mínimo de justicia distributiva compatible con la continuidad institucional y los derechos fundamentales consagrados en las Cartas Magnas democráticas. Cuando los discursos partidistas abandonan la búsqueda de la sensatez técnica para refugiarse en la demagogia estéril, la sociedad entera queda a merced de falsas promesas que postergan indefinidamente el desarrollo económico y el bienestar ciudadano, fracturando la confianza en las instituciones republicanas.
¿Conocen las mayorías nacionales estos planes, programas o propuestas de transformación profunda? La respuesta evidente es que todas ellas transitan permanentemente en el discurso político de las facciones en pugna durante cada contienda electoral. Cuando los líderes populistas apelan sistemáticamente a las emociones populares, su retórica cala hondo en el sentir colectivo no por su rigor analítico, sino por la comodidad de ofrecer soluciones mágicas a problemas complejos. Este mecanismo de persuasión emocional transforma las demandas sociales en consignas repetitivas que eluden la rendición de cuentas y la eficacia en la gestión pública. La distancia insondable entre el enunciado programático y su ejecución práctica revela una constante histórica de engaño institucional donde las expectativas de progreso colectivo terminan subordinadas a la preservación del poder por parte de cúpulas partidistas o corporativas que instrumentalizan las necesidades de los sectores más vulnerables de la población.
¿Cuál es ese contenido preciso que forma el qué actual de las plataformas políticas contemporáneas y de los partidos tradicionales que aspiran a la dirección del Estado? En la práctica institucional, los programas de los partidos tradicionales y de los movimientos reformistas siempre han constituido un catálogo formal de intenciones que raramente se traslada a la realidad del ordenamiento jurídico y económico. Analicemos los ejes fundamentales de estas propuestas: la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos, la justicia distributiva mediante reformas agrarias o fiscales, el desarrollo productivo autónomo, la justa distribución de la riqueza, la educación universal de calidad, la salud pública, la defensa de los recursos naturales y el precio justo para las materias primas. A ello se suma la exaltación del patrimonio histórico y cultural, la solidaridad internacional contra cualquier forma de neocolonialismo y la integración económica regional bajo criterios de complementariedad soberana.
El dilema histórico radica en que la brecha entre el decir retórico y el hacer efectivo se convierte en la mayor fuente de frustración de las expectativas ciudadanas en las democracias modernas. ¿Qué pasaría si las transformaciones pregonadas desde el poder fueran de real y radical índole democrática en lugar de constituir meras fachadas burocráticas orientadas a perpetuar privilegios? El verdadero cambio institucional consiste inexorablemente en dejar de decir lo que no se hace como ejercicio de cinismo político, y pasar a hacer estrictamente lo que se dice como norma de congruencia ética. Realizar esta mutación profunda en la praxis del Estado representa la verdadera revolución moderna. Para lograrlo, la ciudadanía y los sectores independientes tienen la imperiosa responsabilidad de exigir rendición de cuentas, desterrando el engaño sistemático y la demagogia como formas habituales de gobernar las naciones.
En este orden de ideas, la estrategia cívica e institucional para impedir los abusos del poder y la degradación democrática exige una movilización pacífica pero firme de la sociedad organizada en defensa de la Constitución. Subrayo la vigencia de este principio porque no se trata de una confrontación militar o violenta entre regímenes autocráticos y oposiciones fragmentadas, sino de una alternativa democrática basada en el control constitucional y la crítica constructiva a las desviaciones del poder. La defensa del Estado de Derecho requiere la activación de los mecanismos de participación ciudadana previstos en los ordenamientos jurídicos nacionales para frenar la arbitrariedad y restablecer el equilibrio de poderes. Ningún proyecto político puede pretender la exclusión permanente del adversario ni la apropiación patrimonial de las instituciones públicas sin desatar una profunda crisis de legitimidad que tarde o temprano pagará el conjunto de la sociedad.
La superación de las perversiones políticas contemporáneas exige un retorno urgente a la ética cívica, al respeto irrestricto de la legalidad constitucional y al diálogo deliberativo transparente en todos los niveles del Estado. La experiencia histórica global demuestra que los atajos populistas y la polarización ideológica solo conducen al empobrecimiento material y moral de las naciones que los padecen. Solo mediante una educación cívica rigurosa, el fortalecimiento de la separación de poderes y la exigencia de probidad a los servidores públicos podremos consolidar repúblicas estables y justas. El porvenir colectivo de los pueblos depende enteramente de la capacidad ciudadana para trascender el engaño retórico y construir un pacto social basado en la libertad responsable, la equidad distributiva y el imperio indiscutible de la justicia institucionalizada.
«La política es el arte de impedir que las personas se metan en lo que les importa.» — Paul Valéry
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario