¡Pero qué cansinos son! Como dicen por estos lares… Yo me confieso imperfecta, pero, como me conozco, jamás he intentado dar lecciones sobre cómo afrontar la vida a las personas de mi entorno, y menos aún con mi propio ejemplo.
Ya cuando te haces mayor tienes que soportar esas lecciones que, como un mantra, te machacan con una continuidad que en muchas ocasiones te exaspera. Pero duro y dale, a macha martillo, te las pretenden inculcar, imponer y hacerte ver que han cambiado los tiempos.
Tú, que en tus mejores años viviste la vida en todo su esplendor y fuiste pionera en las modas creativas de los sesenta y setenta. Más aún estudiando música como carrera primordial, creando nuevos ritmos, incluso estudiando a esos maravillosos clásicos, admirábamos grupos creativos, muchos con conocimientos musicales, como Los Beatles, mis ídolos de entonces y de ahora.
Hoy tenéis de todo; entonces los conservatorios solo existían en las ciudades, pero los dotados por esa vocación los teníamos como prioritarios. Las pelucas de diferentes colores —siempre de pelo natural— eran el mejor recurso para cambiar nuestros estilos; las botas de tacón por encima de la rodilla y las faldas bastante cortas, con cuadros escoceses, eran “totales”.
Pero ¿qué me vais a contar…?
Lo peor es cuando, inquisitivamente, te las muestran sin pudor como dogma vital para mejorar tu propia existencia, sin darse cuenta de que tú lo único que quieres es sobrevivir resurgiendo de tus propias cenizas, cuando ya las urnas se amontonan en el panteón de tu familia, que se va reduciendo.
Estudiando las relaciones de los entornos familiares, te sorprende la incomprensión y más aún si tú subsistes con tus propios conocimientos, logrados por edad, por estudios, por la educación e incluso por tu libre elección de amistades y relaciones.
Suele ocurrir cuando en tu entorno la diferencia de edad entre los hermanos mayores y los pequeños es demasiado evidente. Y lo peor es cuando, por la criba que practica la incansable guadaña, queda un mayor junto al más pequeño.
Siempre surgen esos “Pepitos Grillos” a darte —no consejos—, sino imposiciones hasta la extenuación; no por cariño, aunque así lo pretendan mostrar, sin darse cuenta de que tú ya has cumplido un ciclo demasiado largo para unos, corto para otros y, para algunos muy realistas, estás simplemente esperando el último viaje. ¡Como para que te vengan con lecciones magistrales!
Esto es un toque para quienes se ven en estas situaciones que describo. No pongo en duda en absoluto la buena fe de quienes pretenden “educarnos” en sus nuevas maneras —para nosotros— de afrontar sus conceptos de vida.
Son sus formas de vida las que a muchos nos asombran por la permisividad actual respecto a los propios hijos. Muchos las siguen casi por norma, sin darse cuenta de que están siendo guiados y se dejan engañar por no haber alimentado esas raíces heredadas en sus mentes y sentimientos, y hoy son débiles cerebros que se dejan arrastrar por las modas.
“¡Son otros tiempos!” es una frase destructiva que arrastran muchos adultos y con la que entregan a sus propios hijos al río pernicioso de una corriente que se estancará en un recodo donde, en muchos casos, se formarán arenas movedizas.
Por eso es mejor no imponer a los mayores perfecciones imperfectas que, para muchos, son ejemplo y, para otros, simples formas de afear —por “olor a viejuno”— las formas de vivir de sus mayores. Tienen que saber que cuando nos hacen sentir nuestro propio peso, mal vamos todos.
Que nos dejen vivir con nuestra moral, respetos, empatías, costumbres y la riqueza inmensa de nuestras creencias, esas adquiridas por los que nos precedieron.
Nosotros no pretendemos adoctrinar a quienes intentan que cambiemos nuestros conceptos; simplemente pedimos que, con respeto, nos dejen vivir el tiempo que nos queda.
No necesitamos escudriñar las vidas de los otros. Solo esperamos saborear la vida regalada por quien nos creó. En este caso, con pocas palabras basta.
No es un paseo, es un aprendizaje que un buen día se terminará. Cada uno de nosotros es el mejor bestseller jamás escrito.
Lo tenemos en nuestras manos: leeros a vosotros mismos y veréis vuestra evolución. Espero que os llene de satisfacción, pues, a pesar de vuestros fracasos, fuisteis capaces de creeros los mejores.
¡Vivir ya es un triunfo!