La justicia paquidérmica de género

9 de febrero de 2026
5 minutos de lectura

«La mentira es una fiera que devora primero a quien la ampara, pero la justicia estrábica es el arma con la que esa fiera aniquila al mundo.»Crisanto Gregorio León

La elefanta negra adúltera

En los confines de una selva que ha extraviado su norte moral, se despliega la historia de una elefanta negra, cuya piel oscura no es más que el ropaje de un alma ensombrecida por la doblez. Esta paquidermo es una hembra promiscua y ninfómana que, experta en el arte del disimulo, ha perfeccionado una fachada de devoción, asistiendo con fingida parsimonia a la iglesia de la espesura, a la iglesia de la selva, para proyectar un fingimiento de elefante cristiana y buscar que la gran manada le otorgue una dignidad y una reputación que no tiene, pues su comportamiento la ha pulverizado. Su rastro vital está marcado por el desenfreno más absoluto; ella había tenido crías con distintos padres elefantes: cinco elefantitos y una última elefantita la siguen, todos de distintos progenitores, testimonio mudo de una existencia de deslealtades que rompe con el código sagrado de cohesión y respeto de su especie. Bajo ese velo de falsa religiosidad, asistiendo a los cultos para que los demás la vean como una «señorita» prudente y sin mácula, pretendía ocultar su naturaleza ninfómana y el hecho de haber pasado por los lechos de media selva, dejando un rastro de desorden sexual que la evidencia física de sus múltiples partos hace imposible de negar.

La traición y el pacto de sangre

Su actual conviviente, el sexto elefante, fue quien en un acto de nobleza excepcional la recogió y la rescató de la intemperie en un momento en que ella ya cargaba con cinco crías ajenas; él le brindó habitación, le dio comida y protección a una prole que no le pertenecía. Sin embargo, este sexto elefante descubrió que ella le había sido infiel, que era adúltera y que le había pagado con la moneda del engaño mientras él le proveía el sustento. El marido, lleno de rabia, de odio y de un rencor profundo al verse traicionado y burlado bajo su propio techo, le impuso un pacto de sangre y un ultimátum aterrador: o ella le decía a los cazadores que entregaba a ese elefante con el que fue infiel mediante la infamia de una acusación falsa, para que lo mataran o lo desaparecieran, o sería ella misma quien enfrentaría la muerte a manos de su protector traicionado. Ella, para salvar su pellejo y sostener su mentira ante la comunidad, decidió sacrificar al inocente.

El fraude judicial y el elefante quemado

En este afán de simulación, la elefanta negra movilizó a los elefantes policías. Mediante denuncias falsas, engaños y el uso perverso de su influencia, logró que arrestaran a un elefante ingenuo, un ejemplar avezado y viejo que le permitió entrar en su región selvática creyendo de buena fe que no le haría daño, pero cayó irremediablemente en las redes de la mentira de esta hembra. Así, lo involucraron en un acto de supuesta violencia de género paquidérmico, solo para darle satisfacción al sexto elefante y salvar su propio pellejo, mientras los diversos clanes de la selva observaban con asombro cómo se tejía la infamia.

Este elefante injustamente encadenado ya conocía el tormento de la vida; en un pasado incendio forestal, sufrió el fuego inclemente de la selva y tenía quemaduras profundas en todo su cuerpo; era un elefante quemado que padecía un gran dolor constante. A su calvario físico se suma ahora la canallada de una colusión perversa entre elefantes policías y elefantes médicos forenses que se prestaron para el juego, ignorando la verdad y creando todo un fraude judicial en la judicatura de los elefantes para encarcelar y ponerle pesadas cadenas en las patas al inocente. La elefanta negra, cuya mirada esquiva, lenguaje corporal y movimientos delatan que está mintiendo ante quienes saben observar el rastro de la verdad, encontró una aliada perfecta en el tribunal: la elefanta blanca con toga.

La elefanta blanca con toga y su resentimiento

La presidencia de la judicatura recayó en esta elefanta blanca con toga, una juez consumida por traumas psicológicos, muchos resabios que curar de ella misma y un resentimiento ancestral contra el género masculino. Bajo su investidura, se esconde un ser amargado que jamás conoció el afecto genuino ni tuvo un elefante que quisiera estar con ella de verdad o que la amara; su carácter pedante, jactancioso, escandaloso, prepotente y vulgar la condenó a una soledad absoluta. Su venganza también es por deseo; en su fuero interno busca un macho que la domine, pero los elefantes machos no se atreven a cubrirla ni a acercársele porque es altiva, impulsiva, soberbia y está llena de resentimiento. Ya entrada en años, se ha vuelto una elefanta vieja y los machos la desechan, pues solo buscan elefantitas más jóvenes y hermosas para aparearse.

Ella arrastra un trauma profundo derivado de un antiguo amor entre elefantes donde, al ser descubierta su personalidad torcida y sus malos hábitos, fue rechazada y abandonada. Desde entonces, al ver que el elefante acusado despreció a la elefanta negra tras descubrir su juego adúltero, la jueza se sintió identificada en el rechazo; se reflejó en la elefanta negra mentirosa y, siendo cómplice en la maldad, se puso de su lado para castigar al elefante macho con todo el peso de su odio. Ella se cobra su frustración existencial con cuanto elefante macho es llevado a juicio, descargando su furia desde el estrado como una compensación patológica a su propia fealdad y soledad.

La red de impunidad y el efecto bumerán

Esta elefanta blanca con toga se siente todopoderosa, intocable e inmune, pues ha tejido una telaraña de protección donde las apelaciones contra sus decisiones injustas carecen de toda esperanza. Cuando los elefantes de los distintos clanes apelan al tribunal superior buscando justicia y la revocación de sus fallos arbitrarios, sus reclamos chocan contra un muro de complicidad absoluta. Las juezas que conforman ese cuerpo colegiado superior fueron colocadas en sus cargos directamente por la mano de la propia elefanta blanca con toga; por esta razón, estas juezas elefantas le rinden pleitesía, le deben el favor de su posición y ratifican sistemáticamente cada una de sus sentencias injustas, garantizando que el fraude judicial se mantenga inalterable ante la indignación de la gran manada.

Ejerciendo su poder con una jactancia temeraria, prepotente y vulgar, la elefanta blanca con toga ignora incluso las advertencias de los cazadores furtivos que la vigilan desde las sombras para eliminarla y darle muerte por sus crímenes y ultrajes. Ella sabe que está haciendo mal, pero lo sigue haciendo por una compulsión de repetición patológica y un estado de negación absoluta. Barrita con dolor fingido entre sus elefantes cómplices para inspirar una lástima hipócrita y que sientan piedad por ella, mientras imparte una justicia injusta para vengarse de los machos que ya no la desean. Pero se aproxima una nueva era matriarcal, con una líder majestuosa, linda, estudiada, sabia y aclamada por toda la región selvática, que busca limpiar la manada de estas almas oscuras. En ese inminente amanecer, la elefanta blanca con toga, que hoy se cree reina, pasará a ser la rea y la acusada. Se le pedirá cuenta por cada fraude y será juzgada por aquellos a quienes agobió con su poder, cumpliéndose finalmente el implacable efecto bumerán ante la inminente estampida de la gran manada de elefantes que aguarda justicia para restaurar el honor de todos los clanes.

Moraleja

«Cuando la toga se tiñe con la hiel del rechazo personal y el mazo se mueve al ritmo de una venganza privada, la ley deja de ser refugio para convertirse en trampa; pues no hay fiera más peligrosa que aquella que, habiendo perdido su propia dignidad, pretende devorar la de los justos para saciar su soledad.»

«En esta selva de cemento o de barro, la justicia es un uniforme que los fuertes usan para ocultar sus cicatrices de odio y los cobardes para disfrazar su miedo a la verdad.» Inspirado en Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros)

Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario

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