España ha logrado algunos avances en materia social, pero los últimos datos oficiales muestran que la pobreza sigue siendo una realidad persistente, especialmente entre los más pequeños. Según la Encuesta de Condiciones de Vida 2025, publicada por el Instituto Nacional de Estadística, el 25,7% de la población continúa en riesgo de pobreza o exclusión social. Aunque se trata del mejor dato desde que se inició la serie histórica, la cifra apenas ha variado en el último año y mantiene una herida abierta: la infancia es el grupo más vulnerable.
Casi el 34% de los menores de 16 años vive en una situación de riesgo, una proporción muy superior a la del resto de grupos de edad. Detrás de este porcentaje hay hogares que llegan con dificultad a fin de mes, familias que renuncian a gastos básicos y niños que crecen con menos oportunidades. La mejora estadística no siempre se traduce en una mejora real en el día a día.
Aunque la tasa AROPE ha descendido ligeramente, la pobreza infantil continúa siendo uno de los grandes desafíos sociales del país. Mientras los mayores de 65 años presentan la tasa más baja de riesgo, los menores concentran el impacto de la precariedad. Esto refleja una desigual distribución del bienestar, donde la protección social no alcanza por igual a todas las edades.
El nivel educativo y la situación laboral marcan enormes diferencias. Las personas con estudios superiores registran tasas de riesgo mucho más bajas, mientras que quienes cuentan con formación básica o se encuentran en paro sufren niveles de exclusión muy elevados. Entre los desempleados, más de la mitad vive en riesgo de pobreza, lo que tiene un efecto directo sobre los hogares con hijos a cargo.
El territorio también importa. Comunidades como Andalucía, Castilla-La Mancha o Murcia presentan las tasas más altas de riesgo de pobreza o exclusión, muy por encima de otras como el País Vasco o Navarra. Estas diferencias evidencian que la pobreza no se distribuye de forma homogénea y que el código postal condiciona las oportunidades desde la infancia.
Más allá de los porcentajes, la encuesta dibuja un retrato claro de las dificultades cotidianas. Más de un tercio de los hogares no puede afrontar gastos imprevistos, y uno de cada tres no se permite salir de vacaciones al menos una semana al año. Aunque mejora ligeramente el número de personas que llegan a fin de mes con mucha dificultad, la sensación de fragilidad económica sigue presente.
Algunas carencias se han reducido, como la imposibilidad de mantener la vivienda a una temperatura adecuada o de acceder a una alimentación básica frecuente. Sin embargo, otras persisten, como la imposibilidad de sustituir muebles deteriorados o disponer de un vehículo. Son señales de una pobreza menos visible, pero igualmente limitante.
Los ingresos medios han aumentado, pero no lo suficiente como para compensar el encarecimiento del coste de la vida. Para muchas familias, cada mes se convierte en un ejercicio de equilibrio. En ese contexto, la infancia vuelve a quedar en el centro del problema.
Los datos muestran una realidad clara: crecer en pobreza sigue siendo una experiencia común para miles de menores en España. Combatir esta situación exige algo más que mejoras estadísticas. Requiere políticas estables, inversión social y una mirada prioritaria hacia quienes menos margen tienen para defenderse: los niños y niñas.