Sinopsis
En el presente análisis, exploramos la contrafigura del narcisismo judicial a través de dos hitos históricos que definieron la magistratura femenina. Frente a la «fuente envenenada» de la prevaricación contemporánea, surgen estas figuras como testimonios de una ética inquebrantable:
Débora: la justicia de puertas abiertas
Siglos antes de que el tecnicismo jurídico se convirtiera en un refugio para la arbitrariedad, la historia nos presenta a Débora, la primera mujer en ejercer la función de juzgar. Su «despacho» no era un búnker de impunidad protegido por la inamovilidad, sino la sombra de una palmera entre Ramá y Betel.
La conducta de Débora es el antítesis del Síndrome de Hubris. Mientras que el juez narcisista se siente un dios por encima de los mortales, Débora se sometía al escrutinio público del espacio abierto. Su autoridad no se imponía mediante el terror procesal o la psicopatía funcional, sino a través de una sabiduría que buscaba la restauración del tejido social. Para ella, el justiciable no era un «número de expediente» en la banalidad del mal, sino un ser humano necesitado de arbitraje justo. Su legado nos enseña que la verdadera majestad de la ley no reside en la opacidad del despacho, sino en la transparencia del alma de quien decide sobre la libertad y el patrimonio ajeno.
Ada Kepley: el mazo como escudo
En el siglo XIX, Ada Kepley emergió como la primera mujer en obtener un título de leyes en los Estados Unidos, enfrentando un sistema que le negaba el derecho a ejercer por prejuicios de época. Sin embargo, su respuesta no fue el resentimiento ni la búsqueda de un poder que alimentara un ego herido, sino la entrega al servicio público y la reforma legal.
Kepley transformó la judicatura en un ejercicio de responsabilidad moral. Su conducta estuvo marcada por una lucha frontal contra las patologías sociales, utilizando el derecho como un mecanismo de protección para los más vulnerables. A diferencia de quienes hoy «hilan su propia soga» a través de la prevaricación y el sesgo de Dunning-Kruger, Kepley tejió un manto de legalidad que permitió el avance de la justicia social. Su vida demuestra que ocupar un asiento sagrado en el templo de la ley solo es legítimo cuando se tiene la talla moral para sostener el mazo sin que el pulso tiemble ante la ambición o el capricho personal.
El veredicto de la historia
Al contrastar a estas pioneras con la crisis actual del narcisismo judicial, queda una lección clara: el sistema de justicia no fracasa por falta de códigos, sino por la ausencia de juzgadores íntegros. Débora y Ada Kepley no necesitaron del engaño ni de la «tríada oscura» para ser respetadas; su mazo no golpeaba para destruir vidas, sino para asentar los cimientos de la paz ciudadana.
En un mundo donde la arbitrariedad se disfraza de autonomía, la Palmera de Débora y la firmeza ética de Kepley nos recuerdan que la mayor dignidad no está en el cargo, sino en la capacidad de ser justo cuando se tiene el poder para no serlo.
«El juez que se sirve de la ley para alimentar su ego, termina devorado por la historia; quien sirve a la justicia con humildad, se vuelve eterno en la memoria de los pueblos.» — Doctor Crisanto Gregorio León
Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario
Nota técnica: El presente texto constituye un análisis histórico y doctrinario orientado a resaltar los valores de la ética judicial y la probidad en el ejercicio de la magistratura. Las figuras citadas son referentes universales de la historia del derecho.