Sinopsis
Estimados lectores, pongo a su disposición este análisis que aborda la crisis de la justicia desde ejes fundamentales que desnudan la precariedad ética del sistema:
Para comprender la magnitud de esta tragedia judicial, es preciso recordar la figura de Helena de Troya, cuya soberbia e indolencia marcaron el inicio de una guerra devastadora. Helena, movida por un narcisismo que anteponía sus caprichos al bienestar de dos naciones, abandonó su deber y su hogar sin importarle que su decisión consumiera en llamas a toda una civilización; su satisfacción personal valía más que la sangre de miles. Bajo esa misma premisa de «aunque arda Troya», operan hoy ciertas funcionarias judiciales: poco les importa que el sistema de justicia se convierta en cenizas o que la paz social se destruya, siempre que ellas logren imponer su voluntad arbitraria y alimentar su ego desmedido.
Estas figuras, que por una recurrencia que desafía la casualidad comparten el denominador común del nombre María Elena o Helena en los anales de la prevaricación, suelen presentar el síndrome de Hubris —una embriaguez de poder que las hace sentirse intocables—. Este cuadro se ve potenciado por el sesgo cognitivo de Dunning-Kruger (postulado por los psicólogos Justin Kruger y David Dunning), donde su soberbia actúa como un velo que oculta una profunda mediocridad ética y técnica; al estar cegadas por su propia incompetencia, son incapaces de reconocer sus limitaciones, lo que las lleva a creer que sus fallos erráticos son cátedra jurídica. Al redactar sus resoluciones, estas juezas no buscan la justicia, sino satisfacer sus propios trastornos de la personalidad, bajo la tríada oscura (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía), manifestando especialmente una peligrosa psicopatía funcional. Esta última les permite mimetizarse perfectamente en la estructura judicial, vistiendo la toga con un encanto superficial y una normalidad aparente que oculta una ausencia total de remordimiento, permitiéndoles destruir vidas desde la jerarquía del cargo sin ser detectadas por los sistemas de control ordinarios.
A este cuadro clínico se suma lo que Hannah Arendt denominó la «banalidad del mal». Arendt explicaba que el mal no siempre es obra de genios malignos, sino de burócratas que renuncian a su capacidad de juicio moral para limitarse a cumplir funciones. Estas funcionarias no necesitan ser monstruos de leyenda para causar un daño catastrófico; les basta con una alarmante incapacidad de pensar en el «otro». Para ellas, el justiciable no es un ser humano con derechos, sino un número de expediente, un obstáculo burocrático o una oportunidad para ejercer dominio. En su escritorio, la destrucción de un patrimonio familiar se ejecuta con la misma frialdad con la que se sella un pasavante, despojando al proceso de toda trascendencia moral.
«La mayor de las injusticias es parecer justo sin serlo, pues el ignorante que se cree sabio no solo se daña a sí mismo, sino que corrompe el orden de la ciudad.» — Platón
La historia penal contemporánea obliga a observar con detenimiento la conducta de quienes, desde el estrado, han traicionado la confianza pública. La evidencia internacional demuestra que no estamos ante meros errores de interpretación técnica, sino ante una estructura de psicopatía subclínica plenamente operativa. Mientras que la psicopatía funcional se refiere a la capacidad de estos individuos para escalar posiciones y mantenerse integrados socialmente, la psicopatía subclínica describe la presencia de rasgos psicopáticos —manipulación, frialdad y sadismo— en personas que no han sido institucionalizadas pero que ejercen un daño devastador en su entorno.
Estas figuras no operan por negligencia, sino bajo un narcisismo maligno que utiliza la sentencia como un arma de destrucción personal, arrebatando el sustento esencial y el patrimonio de familias enteras con la frialdad de quien simplemente firma un trámite burocrático. Aquí es donde la ficción jurídica se convierte en su refugio: disfrazan el crimen de «autonomía judicial» y la prevaricación de «interpretación», creando una realidad paralela en el expediente para ocultar que el mazo ha sido sometido al capricho de su trastorno. Es imperativo denunciar cómo el principio de inamovilidad judicial, concebido originalmente para proteger al juez probo de presiones externas, es hoy secuestrado por estas mentes desviadas para convertirlo en una patente de corso. Bajo este escudo institucional, se sienten deidades intocables, convirtiendo una garantía democrática en un búnker para la impunidad donde sus resoluciones se vuelven incuestionables por el simple hecho de emanar de su jerarquía.
A continuación, se presentan los hechos y sanciones aplicadas a funcionarias judiciales y figuras de poder que documentan esta patología y la corrupción de la majestad de la ley, con sus respectivos hitos cronológicos:
En este escenario, surge el factor espiritual y providencial de la justicia. El narcisista se siente un dios en el estrado, creyendo erróneamente que las leyes del orden universal no se aplican a su conducta desviada. Hoy, esa «Justicia con mayúsculas» parece ignorar sus atropellos, permitiéndole actuar con una impunidad que alimenta su soberbia. Sin embargo, esta es una ignorancia aparente; el destino simplemente está dejando que la jueza termine de «hilar» su propia soga con cada resolución arbitraria.
La impunidad de la que goza hoy es solo el tiempo que la Providencia le otorga para que su propia soberbia sea la prueba irrefutable de su caída. Cuando la justicia queda en manos de una mente bajo el sesgo de Dunning-Kruger y la psicopatía funcional, la ley deja de ser refugio y se convierte en patíbulo. La presencia de estas figuras no solo destruye vidas individuales, sino que aniquila la seguridad jurídica. Sin jueces íntegros, no hay confianza comercial ni paz ciudadana; la arbitrariedad se convierte en el peor repelente de la prosperidad. La prevaricación no es error; es la manifestación clínica de quien ha decidido que su voluntad está por encima del sagrado contrato social.
La historia de estas «Elenas» nos enseña que la mayor forma de deshonestidad no es solo el cobro de un arancel ilícito, sino la usurpación de una dignidad judicial para la cual no se tiene la talla moral ni la capacidad técnica. Quien ocupa un asiento sagrado sin las luces de la virtud, termina convirtiendo el templo de la ley en un mercado de injusticias.
«Aceptar un cargo para el cual no se está capacitado es, en sí mismo, la forma más insidiosa de corrupción.» — Sócrates
Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario
Nota técnica: El presente texto constituye un análisis doctrinario y una narrativa literaria fundamentada en casos históricos y judiciales reales, verificables en los registros públicos internacionales citados. Se exponen situaciones fácticas de prevaricación y vicios procesales con el fin de ilustrar, desde una perspectiva académica y docente, conductas que contravienen la ética judicial. Cualquier parecido de los hechos aquí narrados con alguna realidad judicial diferente en cualquier otra geografía del mundo es pura y absoluta casualidad.