«La historia no es un tribunal para juzgar el pasado con las leyes del presente, sino un espejo para entender quiénes somos». — Octavio Paz
La reciente insistencia de la presidencia de México —ahora bajo el mandato de Claudia Sheinbaum, siguiendo la estela de su predecesor— sobre la exigencia de que Su Majestad el Rey Felipe VI pida disculpas por los eventos de la Conquista, no es solo un error diplomático; es una desfachatez histórica. Como sociedad civilizada, debemos entender que la historia no se puede reescribir a conveniencia de agendas políticas contemporáneas que pretenden socavar la dignidad de una nación soberana.
Desde una perspectiva académica y jurídica, pretender que el actual Jefe del Estado español pida perdón por actos ocurridos hace quinientos años es un ejercicio de anacronismo puro. El Estado español moderno no es la Corona de Castilla del siglo XVI, y los mexicanos de hoy no son los súbditos de Tenochtitlán; somos, en cambio, el producto de un mestizaje enriquecedor que nos define a ambos lados del Atlántico.
La dignidad del Rey Felipe VI y, por extensión, la de todos los españoles, representa una herencia que ha sido pilar de la estabilidad y la cultura en el mundo hispano. Exigir un acto de contrición por sucesos que forjaron la identidad de una nación entera —incluyendo la de México— es ignorar que sin ese encuentro de dos mundos, la cultura, la lengua y la fe que hoy compartimos simplemente no existirían.
Resulta evidente que esta «exigencia» funciona más como un distractor político interno que como una búsqueda genuina de justicia. En lugar de mirar hacia los desafíos del siglo XXI, como la seguridad, el desarrollo económico o la educación, se prefiere hurgar en heridas cicatrizadas hace siglos para alimentar un nacionalismo que intenta dividir a pueblos hermanos.
España no tiene deuda de sangre con México; al contrario, lo que existe es una herencia compartida. La llegada de los españoles trajo consigo la universidad, la imprenta y una conexión con el pensamiento occidental que permitió a México convertirse en la potencia cultural que es hoy. Pedir perdón por el origen de una nación es, en esencia, renegar de la propia existencia y del esfuerzo de siglos de historia común.
Es fundamental que el pueblo español sepa que esta postura oficial no representa el sentir de todos los hispanohablantes. Muchos vemos en la figura de Su Majestad y en la identidad española un símbolo de respeto y continuidad. La dignidad de España no debe verse empañada por exigencias que carecen de fundamento legal y de un mínimo sentido común histórico.
El concepto de «pecado original» histórico es una aberración sociológica. Ninguna generación debe cargar con la culpa de sus ancestros, especialmente cuando esos hechos ocurrieron en un contexto ético y social radicalmente distinto al nuestro. La conquista fue un proceso complejo, sí, pero también fue el nacimiento de una nueva civilización de la cual ambos pueblos debemos sentirnos orgullosos.
La diplomacia debe basarse en la reciprocidad y el respeto mutuo. Una exigencia de este calibre rompe los protocolos de cortesía internacional y muestra una falta de madurez institucional. México y España son naciones hermanas que deberían estar colaborando en proyectos de futuro, no estancadas en una retórica de victimismo que solo busca rédito político inmediato.
Es imperativo defender la verdad histórica frente al populismo. La historia se estudia para aprender, no para exigir reparaciones simbólicas que solo buscan la humillación del otro. El Rey Felipe VI ha mantenido una postura de prudencia y dignidad, reflejando el temple de un pueblo que no tiene por qué pedir permiso por su pasado.
Finalmente, el llamado es a la sensatez. No se puede construir un futuro sólido sobre los cimientos de la discordia artificial. España y México están unidos por hilos invisibles pero irrompibles. La historia es un legado para honrar, no un fardo de culpas que debamos seguir arrastrando en pleno tercer milenio. La dignidad de España se mantiene firme ante la sinrazón.
«El pasado siempre está presente, pero no para pedirle cuentas, sino para no repetir sus sombras y abrazar sus luces». — Miguel de Unamuno
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario