Hay imágenes que valen más que mil discursos y que, puestas en un escaparate internacional, dejan a cualquiera con el ceño fruncido. Lo ocurrido en el desfile de la Fiesta Nacional es una buena muestra: pitos, abucheos y un insulto tras otro dirigidos al presidente del Gobierno, justo delante de la familia real y de las altas instituciones del Estado.
Esa crispación callejera no surge por generación espontánea; es el fruto maduro de una estrategia de agitación constante que el Partido Popular ha normalizado como su principal herramienta de oposición. De hecho, hace tiempo que Isabel Díaz Ayuso se encargaba de calentar el terreno institucional proclamando abiertamente, sin el menor atisbo de prudencia, que España vive bajo una dictadura.
Sinceramente, dudo mucho que la presidenta madrileña conozca el significado real de esa palabra. Porque, a ver, ¿en qué dictadura se le permite a un ciudadano —o a una jauría enardecida— llamarle «hijo de puta», al jefe del Ejecutivo a escasos metros de su cara y con total impunidad? En ninguna.
Pero la exageración, el aspaviento y el insulto constante son el combustible diario de su política. Un estilo que no debería extrañarnos viniendo de alguien que no tiene reparo en despachar a los acampados de Sol tildándolos de «mindundis» y poco menos que terroristas por la sencilla razón de cuestionar los desahucios ejecutados por empresas como Urbagestión.
Esa deriva ultra no es un accidente dialéctico de Ayuso; es el síntoma de un partido devorado por su propia falta de proyecto político. Solo hace falta observar la dinámica interna del PP para entender quién maneja los hilos de verdad. En un mitín reciente, las cámaras captaban a un Alberto Núñez Feijóo visiblemente incómodo, tragando saliva y esquivando los aplausos en los momentos de éxtasis verbal más radical de Ayuso. Unos arrebatos a los que, curiosamente, la presidenta regional recurre con más furia desde que estalló el escándalo de la compra del ático, una polémica que pretendió despachar con un infantil «el presidente vive en La Moncloa y a él no se le dice nada».
Pero no nos engañemos, Ayuso no es un verso suelto dentro de Génova: la que marca el compás en el PP es ella, delegado por completo el timón ideológico de los populares en el ala más bronca de Madrid. Para colmo, cuenta con la bendición del aznarismo y de Esperanza Aguirre. Feijóo no lidera; simplemente asiente y apechuga. Y mientras tanto, el partido carece de una sola propuesta económica, social o territorial solvente que ofrecer a los ciudadanos; reduciendo su alternativa de gobierno a un monotema machacón: Pedro Sánchez es el mal absoluto y hay que demolerlo a cualquier precio, utilizando para ello las instituciones, como si fueran cortijos propios.
Esa demolición incluye, por supuesto, la erosión sistemática de cualquier contrapeso democrático que no se doblegue a los intereses de Génova. Como cuando sostienen que Sánchez hará cualquier cosa con tal de agarrarse a la poltrona, deslizando sospechas sobre la limpieza del voto por correo. Una estrategia calcada al catálogo de Donald Trump.
Pero lo más sangrante es escuchar a Feijóo sumarse a la comparsa soltando aquello de que «no confía en los presidentes de Correos». Oiga, convendría recordarle que él mismo fue presidente de Correos entre 2000 y 2003, bajo el mandato de José María Aznar. ¿Significa eso que por aquel entonces los españoles tampoco debíamos fiarnos de la gestión postal? Que alguien que aspira a gobernar el país juegue con las costuras de las instituciones de esta manera es, como mínimo, preocupante.
Viendo el panorama político de la oposición, el PP parece sacado de una tragicomedia cervantina. Un Don Quijote desvariado y un Sancho Panza resignado—con los debidos respetos a Cervantes—, donde cuesta descifrar quién carga contra molinos imaginarios y quién galopa hacia el abismo arrastrando al resto de las siglas en una espiral donde el insulto tapa cualquier debate serio.
Por cierto, si a la presidenta madrileña le quita el sueño la pureza democrática, no estaría de más refrescarle la memoria: el único partido que carga con la mancha negra de un presunto pucherazo es el suyo. Y para más inri en la misma casa que hoy habita: la Comunidad de Madrid. ¿Ya nadie se acuerda del Tamayazo, aquel turbio episodio de compraventa de diputados tránsfugas con el que Esperanza Aguirre —su mentora espiritual— asaltó el poder para evitar un gobierno de izquierdas? De eso, claro, prefieren correr un tupido velo. O quizá la culpa de todo aquello era de Sánchez, que pasaba por allí.
Mientras tanto, Feijóo sigue sin encontrar el momento adecuado para condenar los insultos tabernarios al presidente del Gobierno en el desfile. Resulta entrañable, por no decir cómico, recordar que hace cuatro días Feijóo prometía solemnemente que, si llega a La Moncloa, «desterrará los insultos y recuperará la buena educación». Igual fue un lapsus freudiano y en realidad se refería a promover La mala educación, como la película de Almodóvar.
Visto el nivel actual de los populares y su adicción al insulto, el espectáculo les está saliendo redondo.