Todos los misterios que se guardaron en cajas, argumentando que no debieron conocerse por ser secretos de Estado y ahora abren los ojos, son fiables según la conveniencia de quien los devuelve a la luz y la conveniente manipulación que corresponda. Con el amor sucede casi lo mismo: aquel fuego que se vivió ya no es sino ceniza cuando se recuerda.
Los papeles misteriosos guardados en las cajas pueden resultar mentiras encuadernadas que no traducen el pálpito de la circunstancia que los motivó. La verdad también se esfuma entre las manecillas del tiempo. Cualquiera sabe si aquel pretendido golpe de estado del 23-F no pasó de ser un malentendido entre los que ya no soportaban los crímenes de ETA y los que esperaban un tiempo democrático para resolverlo.
El Rey, que acababa de superar el Paso de las Termópilas con la Transición, nunca pudo alentar una dictadura que le costó el trono a su abuelo Alfonso XIII por asumir la del general Primo de Rivera.
Muchos de los papeles guardados han aparecido, pero sufren la afonía del tiempo, el desencanto de lo inútil.
Los que vivimos aquellos días, los sufrimos con la esperanza de dejar de ver el asfalto
en nuestra tierra, empapado con la sangre de nuestros vecinos.
Algunos mandos del ejército, tomaron parte y así lo expresaron en secreto en sus cuarteles y luego lo intentaron hacer efectivo, dándole una visibilidad que hasta el presente día, muchos con buena memoria no olvidaremos nunca.
Los papeles no hacían ninguna falta exponerlos, la verdad está totalmente demostrada por los acontecimientos que han ocurrido desde entonces.
Muchos eramos los que deseabamos el fin de los asesinatos de ETA y sabíamos o mejor teníamos el pálpito que algo iba a pasar, como así fué.
El País Vasco vivía de sobresalto en sobresaltó y con él toda España.